A Martin Scorsese parece haberle entrado la morriña, ha echado la vista atrás y ha observado una vida que se acaba y que siempre ha estado rodeada de cine, no sólo de cuando él empezó a crear cine, si no de mucho antes, de cuando él era niño y se enamoraba de las películas que veía en el cine, de cuando empezó a descubrir lo que era el cine y se topo con los primeros cortos de los hermanos Lumière o con la magia de Méliès. Pero va más allá, está claro que Scorsese siempre ha amado el cine, pero también ha amado la literatura, y de ese amor también sobra en La Invención de Hugo, si algo hay en el Hugo es amor, amor a esos héroes que pusieron las primeras piedras en lo que era el cine, amor por la imaginación, la inventiva y los sueños en general, amor por la infancia y por la inocencia, amor por el siglo XX y definitivamente hay mucho amor por la vida. Scorsese quería escribir una carta de amor, pero necesitaba alguien que le sacase su lado más romántico, y el realizador de Taxi Driver encontró la ayuda necesaria en la fantástica novela de Brian Selznick.

Podemos decir que mucho de lo que hay en la película de Martin viene directamente de la novela de Selznick, concebida como una gigantesca película llena de las más bellas ilustraciones, pero sería injusto no negarle a Scorsese la capacidad de no sólo no perder ni un ápice de la belleza de la novela, si no incrementarla, llevarla un paso más allá, hacer una completa oda a la imaginación y a los sueños. Hugo nos traslada a la estación de tren de Paris de los años 20, allí es dónde vive este pequeño muchacho huérfano, escondido por dentro, encargado de darle cuerda a los relojes para que estos sigan con vida. Vida es también lo que trata de darle a un pequeño robot mecánico, la única herencia que le queda de su padre, está convencido de que cuando consiga reconstruirlo el autómata le escribirá un mensaje, las últimas palabras que su padre le manda a Hugo. Scorsese nos sumerge de lleno por los pasadizos de la estación, en todo un laberinto de emociones, el interior de los relojes, los pasillos y escaleras, las pequeñas trampillas, todo forma parte de este gran sueño.

Scorsese me vuelve ingenuo, aunque los personajes estén hablando en inglés me empiezo a creer que esta película está dirigida por un señor francés, ¡estoy seguro!, la magia que desprende este París, esa fabulosa estación de trenes de Montparnasse (la misma que sufrió aquel espectacular accidente en el que un tren atravesó la fachada, recreado también en la película) es algo que solo podía haber captado alguno señor de Francia, porque esta magia es la misma que tenía el barrio de Montmartre en Amélie. Scorsese también me vuelve un niño, y cuando abre un libro y el CINE, así, con letras mayúsculas, aparece ante nuestros ojos, me hace soñar, como sueñan esos niños al descubrirlo, yo lo descubro con ellos, lo disfruto, lo vivo, como si no conociera el cine, como si fuera un tonto que se enamora, y le sale una terrible sonrillisa al ver a Harold Lloyd colgado del reloj en la famosa escena de El Hombre Mosca, incluso me cuesta aguantarme las lágrimas cuando los sueños de Méliès empiezan a flotar por el aire y ahí me encuentro yo, trasladado dentro del cine, viviendo y disfrutando con su magia, soñando, siendo niño otra vez.

Pero no somos los únicos niños presentes, Scorsese es el más niño del todo y se divierte recreando la llegada del tren a la estación, lo disfruta, estoy seguro de que sonrió mucho el día que la rodó, como seguro que también sonrió cuando decidió hacer ese pequeño cameo, sentir que estaba delante de Méliès, puede que Scorsese hasta llorase de la felicidad, no me extrañaría lo más mínimo. Leyendo el libro se dio cuenta de que para acabar de hacer ese cuento también faltaba algo, un personaje especial, de esos de dibujos animados, un villano sí, pero que fuera tierno y divertido, y dio más vida a ese guarda de la estación, divertido, entrañable, que parece recién salido del pincel de Hanna-Barbera encarnado por un Sacha Baron-Cohen divertido y pintoresco siempre acompañado de un doberman que resulta igual de caricaturesco que su amo. Y por si todo eso fuera poco Scorsese sigue inventando, y se inventa una cosa llamada 3D, nos la habían vendido antes, pero no, eso no era 3D, esto es lo que es el 3D, el sumun de la magia, un billete directo hacia los sueños, es una forma maravillosa de hacer cine y hacer soñar. Vale, Scorsese se ha puesto ñoño, pero se ha puesto ñoño para enseñarnos a amar, amar lo que el ama, el cine, y un servidor es un romántico, y no puedo evitar disfrutar, llorar, emocionarme, divertirme, sufrir, inquietarme, y sobre todo enamorarme, enamorarme por completo, porque yo también amo el cine y Scorsese me ha mostrado lo que es el amor por el séptimo arte.

Título Original: Hugo Director: Martin Scorsese Guión: John Logan Música: Howard Shore Fotografía: Robert Richardson Montaje: Thelma Schoonmaker Interpretes: Asa Butterfield, Chloë Grace Moretz, Ben Kingsley, Sacha Baron Cohen, Ray Wisntone, Emily Mortimer, Christopher Lee, Jude Law Distribuidora: Paramount Fecha de Estreno: 24/02/2012