Pocos cineastas se han mostrado nunca tan seguros de lo que hacen como Gus Van Sant, un director al que siempre le ha gustado experimentar, se ha movido muy a gusto en el terreno indie americano dónde se inició a finales de los 80 y nunca se ha cerrado las puertas a realizar proyectos más comerciales como El Indomable Will Hunting, Milk o el aberrante remake de Psicosis, ni si quiera dejo que el hecho de ganar la palma de oro en Cannes influyese lo más mínimo dentro de su cine y ha continuado haciendo lo que quiere y como quiere. Ahora nos trae una historia de unos Romeo y Julieta contemporáneos, una película que se podría incluso ver como una actualización del Love Story de Arthur Hiller, la historia de amor a contrarreloj entre dos chavales que se conocen en un funeral, a ella le quedan apenas tres meses de vida, pero como él le dice “En tres meses se pueden hacer muchas cosas”, tres meses especiales y que él también podrá utilizar para resarcirse de no poder haberse despedido de sus padres cuando estos fallecieron.

Es cierto que Van Sant siempre ha estado bastante obsesionado por la adolescencia haciendo de esta una constante durante toda su filmografía (algo que también le ha permitido dar oportunidades a estrellas que luego brillarían en mayor o menor medida, gente como Matt Dillon, River Phoenix, Keanu Reeves, Matt Damon, Michael Pitt o ahora Mia Wasikowska y el debutante Henry Hooper), también la muerte ha sido una de las claves de su cine, sobre todo en su último periodo, ambas están aquí muy presentes, aunque el realizador añade un ingrediente completamente nuevo en su cine como es el de una historia de amor, aunque en cierta formas podríamos decir que ya había experimentado algo parecido a una relación amorosa en Mi Idaho Privado, pero aquella se alejaba más de la forma tradicional (que no repetitiva) que si tenemos en Restless. Van Sant se muestra muy cómodo y hábil a la hora de contar esta historia sin caer en el sentimentalismo barato y sabiendo andar con mucha destreza a través de una pequeña línea trazada entre la comedia y el melodrama, un hecho con el que consigue tener al espectador entregado, emocionarle y no saturarle en ningún momento a base de empalagos.

Tras un arranque que nos puede recordar mucho al cine de Tim Burton por su estética, vestidos y fondo (y obviamente también por la presencia de Wasikowska que en muchos momentos parece seguir viviendo en el país de las maravillas por la alegría que destila), la cinta coge otra tónica, cambia los tonos oscuros por unos tonos pastel que acompañan a la perfección a ese otoño que se acopla a la película como un personaje más de una forma natural sin necesidad de buscar una plasticidad forzada.  Van Sant es muy listo y sabe hacer como el espectador caiga rendido ante los pies de su protagonista a la vez que el propio Enoch, tras eso llega ese romance contra reloj, muy bien guiado encontrando el punto justo entre la naturalidad y momentos tan especiales como el de la fiesta de Halloween. Es cierto que en alguna ocasión el cineasta se deja caer en el tópico, pero sin dejarse llevarse con él.

Son fantásticos sus dos protagonistas, ella ya tiene completamente aceptado que se va a ir, “Tres meses, tres siglos… Somos sólo manchas en el tiempo.” Es un personaje fuerte y alegre, algo que contrata enormemente con la fragilidad de Wasikowska y con los momentos por los que está pasando. Él perdió a sus padres y no se pudo despedir de ellos, algo que le lleva a ir a los funerales de gente que no conoce (como si fuera una de las terapias de grupo de Palahniuk en El Club de la lucha) y lo que es más importante eso la llevará a conocer a Annabel y le dará tres meses para esta vez poder despedirse de ella. Entra también en escena un tercer personaje muy especial, se trata de un kamikaze japonés de la segunda guerra mundial que se aparece a Enoch, sin llegar a dejarnos claro si éste forma parte de su imaginación o es un elemento sobrenatural, pero la verdad es que poco importa, al fin y al cabo encaja a la perfección como una nueva visión sobre la muerte y como conciencia del personaje. Henry Hooper supone una grata sorpresa, no sólo está excepcionalmente bien, si no que además recuerda a su padre (el fallecido Dennis Hopper) en todo momento, algo que a una cinta como ésta le da también otro tipo de lectura, a Wasikowska la hemos visto mucho últimamente y en papeles muy diversos, lejos quedan sus fantásticos tiempos en En Terapia, como siempre la Australiana está pletórica.

Redondeada por una buena banda sonora compuesta por Danny Elfman y que incluye también en unos cuantos temas destacables que se acoplan a la perfección a la imagen como ese “Two of us” de los Beatles con el que arranca la cinta, una buena fotografía y un guión excepcional que destila bastante brillantez, Van Sant compone una gran película más que añadir a su filmografía, una cinta que se queda a medio camino entre las del Van Sant más independiente y el más comercial sin saber muy bien hacia qué lado dejarse caer y haciendo de ello una virtud que da a la cinta una personalidad propia.

3.5_estrellas