“No habrá paz, dijo mi Dios, para los malvados” así reza el versículo de Isaías del que Urbizu toma el título para su nueva película, que supone su vuelta al cine ocho después de aquellas dos magníficas cintas que eran La caja 507 y La vida Mancha y que supusieron la confirmación de que estábamos ante uno de los directores más interesantes del cine español. Como hizo en aquellas ocasiones, Urbizu se ha vuelto a rodear del mismo equipo, encabezado por el guionista Michel Gaztambide y un José Coronado al que el realizador bilbaíno le tiene cogido el pulso a la perfección y sabe apretarle al máximo las tuercas.

La película arranca de una manera brutal, evocando irremediablemente al inicio de la novela “Corre hombre” de Chester Himes, con una matanza salvaje, en principio, sin motivo alguno. Tras unos quince minutos devastadores y trepidantes que rápidamente hacen conocedor al espectador del hombre sin escrúpulos ante el que está tratando, se produce un ligero e inevitable bajón de nivel, mientras que empiezan a aparecer las primeras piezas del puzle con el que Uribe empieza a jugar, yendo por dos caminos radicalmente distintos y protagonizados por dos grandes antagonistas y que poco a poco se va dibujando de una forma bastante clara haciendo al espectador participe de todo ese juego en el que estamos involucrados, y que no se resuelve hasta el final cuando en un momento fantástico su protagonista suelta un “Rock’n’roll” con sabor a “Eureka”.

En su día, con La Caja 507, Urbizu se adelanto a todo el caso de especulación urbanística que se destapó años después, algo que nos hace incluso aterrarnos por si el director ha vuelto a sacar su bolita y todo lo que cuenta aquí con una precisión enorme, se acabase destapando. Y es que el director nos presenta un auténtico coladero en las investigaciones policiales por culpa de la falta de comunicación entre los distintas agencias, una historia bastante turbia en la que el realizador deja claras reminiscencias a los ataques del once de marzo, aunque lo hace con la elegancia a la que nos tiene habituados y sin dejar que absolutamente nada quede fuera de lugar.

Pero si algo destaca en el gran guión que firman Urbizu y Gaztambide, por encima de esa historia que no deja flecos sueltos y que consigue funcionar como una pieza de relojería, es su personaje protagonista, del cual podemos afirmar sin ningún tipo de duda, que es uno de los personajes más interesantes que ha dado el cine español. Este Santos Trinidad, nombre, que al igual que ocurre con el título de la película, tiene ciertas connotaciones bíblicas, es un auténtico hijo de puta desalmado, pero del que es fácil intuir desde el principio, que no siempre fue así y que hubo algo que le cambio, parco en palabras y contundente en acciones, y con un instinto de depredador desalmado. Un hombre dejado del alma de Dios y el que no tiene ningún interés en las relaciones personales. Urbizu va dibujando el personaje en pequeñas pinceladas, dejando al espectador bien claro todo lo que quiere saber, sin necesidad de ahondar siquiera en su pasado, del cual nos va dando datos esporádicos que componen otro de los muchos puzles de la película, y del que poco a poco llegamos a dilucidar el porqué de sus acciones y como ha ido llegando hasta ahí.

Pero un personaje así necesita un fuerte contrapunto, alguien que vaya tras sus huellas sin llegar a alcanzarle, la parte racional a todo el visceralismo del personaje de Coronado. Todo eso lo encontramos en el personaje de la jueza Chacón, un personaje de gran valía y que quizá cueste más apreciarlo ante la sombra del increíble protagonista, pero ni la película, ni este desalmado protagonista funcionarían igual de no haber un personaje como este detrás, y pese a que sólo se vean las caras una vez durante todo el metraje, puesto que no es necesario hacerlo más y a Urbizu no le gusta abusar de ello, este encuentro supone un colofón brutal para la cinta.

Esta es la tercera ocasión que Urbizu se junta junto a Coronado para realizar una película, primero como el brutal ex-policía Rafael Mazas en La caja 507 y después aquel misterioso tío Pedro en La vida de nadie, como su Santos Trinidad, estos personajes también arrastraban un enigmático pasado del cual se ofrecían pocos datos al espectador, y como Santos Trinidad también resultaban bastante cortos en palabras pero su presencia en pantalla era desgarradora. En esta ocasión además hay que sumarle por parte de Coronado una impresionante transformación física e incluso mental para adentrarse en las entrañas de este cabrón sin concesiones, que parece salido de un western, un trabajo que sin duda es el mejor de toda la carrera del actor de madrileño. Pero Coronado se ve secundado también por una extraordinaria Helena Miquel y un increíble trabajo por parte de todo aquel que aparece en la cinta, se nota que al realizador no le gusta dejar nada al azar, y cada pieza tiene que funcionar a la perfección y exprime al máximo por igual a sus protagonistas que a cualquier secundario que aparece en escena.

Enrique Urbizu se ha tomado su tiempo en preparar este nuevo proyecto, pero demuestra que aquellas dos películas que nos entrego a principio de la pasada década, tras volver de trabajar con Polansky, no eran mera casualidad, sino una merecida confirmación de una exquisita madurez narrativa y una sobriedad terrible a la hora de filmar, dos cosas que aquí vuelve a demostrar en un trabajo bastante redondo en el que no se limita solamente a contar una historia calculada al milímetro, sino que además sabe hacer al espectador participe de su juego. Un thriller redondo, dónde además el director nos deja algún plano fascinante como ese que cierra la película. Cine con mayúsculas, una película realmente fascinante y que además se permite contar con un protagonista que ya forma parte de la historia de nuestro cine.

3.5_estrellas