Cuándo el pasado sábado Frances McDormand entregó la concha de oro a Los Pasos Dobles de Isaki Lacuesta lo hizo bajo un fuerte abucheo y una gran pataleada, aún cuentan que fue más sonoro el abucheo que sonó en la Kursaal cuando se supo el fallo del jurado. Una vez vista la película, la quinta del director catalán, es fácil de entender esa más que justificada reacción, es curioso cómo a veces las decisiones de seis personas son capaces de tirar por tierra todo un festival de cine. Para más inri cuando el realizador subió a recoger el premio, en un alarde de ¿chulería? Se atrevió a soltar una perla dedicada a la crítica y al público, defendiendo su película de los que la tachaban de ininteligible y pidiéndonos que confiásemos en nuestra inteligencia. Pues bien, señor Lacuesta, tengo que decirle que yo confió mucho en mi inteligencia, no tanto en la suya, la cual me desconcierta completamente, no sé si es muy inteligente por hacer esta gran estupidez y convencer a unos pocos de que es un gran genio, o muy idiota por hacer esto y creerse que es una película.

El realizador intenta acercarse a la figura del pintor francés François Augiéras, el cual encontró un bunker en medio del desierto en Mali, y decidió encerrar en él sus pinturas para que el hombre del siglo XXI las encontrase, puesto que la gente de su época no estaban preparados para ello. Además dejo también una especie de juego, como si de un mapa del tesoro se tratase, para que alguien las pudiera encontrar. No es la primera vez que Lacuesta se acerca a una figura extraña y enigmática, ya lo hizo antes con ese fascinante y extraño documental con pinceladas de ficción que fue Cravan vs Cravan, su ópera prima. En esta ocasión opta por la ficción pura y dura, pese a que en ocasiones casi parezca material de documental, y se va por otros derroteros en los que acaba completamente perdido.

Por un lado, el realizador gerundense nos muestra a una expedición que parte para buscar la obra de Augiéras, y por el otro… por el otro váyase usted a saber lo que quiere contar el señor Lacuesta, cómo relatos episódicos nos va contando una historia que no sabemos muy bien a dónde va y ni siquiera una vez terminada la película le encontramos sentido alguno. Por si fuera poco, Lacuesta demuestra un nulo sentido de la narración y hace que esta historia a dos bandas fácilmente se entremezcle sin saber bien que es lo que se está contando.

Como si quisiera representar las pinceladas que compusieron la vida de Augiéras van llegando estos episodios, alguno incluso bastante decente pese a lo apáticos que inevitablemente resultan los personajes, como el protagonizado por los albinos, que demuestra que el señor Lacuesta todavía sabe lo que es el cine, aunque a veces se le olvide, y en cinco minutos sea capaz de mostrar más cine que en el resto de la cinta. Pero también hay otros que realmente llegan a causar vergüenza ajena, como el del hombre salido del agua y sus árboles soldados bailarines, pero lo cierto es que la gran mayoría no causan más que indiferencia. Ah, y por si esto fuera poco, por el medio aparece pintando el Sr. Barceló, ¿recreando la obra del Augiéras? Váyase usted a saber… A lo mejor simplemente a Lacuesta le gusto y dijo pues lo metemos.

Por supuesto tenemos el recurso de una voz en off para que vaya reflexionándonos por el camino, pero realmente la única utilidad es que nos desvela el acertijo que dicen a media peli (Por que menos mal señor Lacuesta, sólo habría faltado que encima nos hubiera dejado sin saber la respuesta) y tiene también sus momentos para hacer que los modernillos del mundo le adoren, como esa que ocurre justo antes de aparecer los créditos iniciales, con un coro en un tejado y un tipo que rompe la cuarta pared ocurriendo todo sin venir demasiado cuento. Ah, tampoco falta una escena realmente desagradable (el degollamiento de un cordero) para que alguno pueda decir que es un tipo osado y que nos hace hasta quitar la mirada de la pantalla. El resultado final es el de una falsa profundidad que queda en evidencia por lo vacio del film.

Isaki Lacuesta había dado ya alguna lección de buen cine, parecía un tipo con talento, pero no sabemos si este se le ha gastado o fue todo fruto de una gran casualidad. Estamos ante una completa estafa, una película que pese a querer acercarse a un personaje bastante interesante, pierde toda razón de ser desde su largo prólogo inicial. Lacuesta parece no saber exactamente lo que quiere contar, o cómo hacerlo, se limita a tirar con algún artificio, y rodar y rodar metros de celuloide para luego montarlos de una forma desastrosa e ineficiente. Que Lacuesta tiene talento no lo dudamos, pero que esta película no hay por dónde cogerla tampoco lo podemos poner en duda. Así que permítame decirle señor Lacuesta, de que yo no dudo ni un poquito de mi inteligencia, pero me siento estafado cuando la dañan con productos tan estúpidos como este.

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