Tras el fallido experimento de Bandersnatch (ídem, 2018), los responsables de Black Mirror parecen intentar un viaje de regreso a las esencias que tan buen resultado arrojaran en las dos primeras entregas. Charlie Brooker vuelve a su zona de confort, de la que nunca debió salir, víctima de la tonta moda actual de meterse en camisas de once varas sólo por el qué dirán. La voluntad de retorno a las buenas costumbres queda patente desde la propia estructura en tres episodios, abandonada con la adquisición de los derechos de la serie por parte de Netflix.

Asimismo, se dejan atrás las veleidades revival que presidían Bandersnatch y apuntadas ya en San Junipero (ídem, 2016), ejemplo palmario de la adulteración —edulcoración— operada por Netflix en el espíritu primigenio, si bien, paradójicamente, entre los capítulos mejor considerados. Las historias se ambientan de nuevo en ese futuro próximo tan característico, tan inminente también, que algunos —la mayoría— de sus distópicos elementos hace tiempo que forman parte de nuestros paisajes cotidianos.

No obstante, pese a las encomiables intenciones, esta quinta temporada se queda a medio camino de todo, como si a Brooker y compañía se les hubieran acabado las ideas. El caso es que no empieza mal. Striking Vipers cumple con creces el objetivo de incomodar al inconsciente colectivo heterosexual llevando un bromance hasta sus últimas consecuencias —eso sí, sólo virtuales—. Esta especie de reverso chocarrero, o con síndrome de Peter Pan, del memorable Tu historia completa (The Entire History of You, 2011) —los dispositivos de realidad virtual empleados en ambos son muy similares—, no desaprovecha la oportunidad de, igual que aquél, disparar un torpedo a la línea de flotación de la vida conyugal. Por su parte, el punto de partida de Añicos (Smithereens) tampoco carece de interés: un conductor de VTC obsesionado con los trabajadores de una omnipresente red social al estilo de Facebook o Instagram. Sin embargo, los excesos melodramáticos dan al traste con las prometedoras premisas, haciendo que este segundo episodio acabe recordando a cualquiera de las efectistas campañas de la DGT contra el uso del móvil durante la conducción.

Rachel, Jack and Ashley Too gozaba igualmente de posibilidades, sobre todo en cuanto azote de una industria musical que lleva varios lustros necesitando un meneo y no precisamente de cadera. Con realizar una interpretación muy competente —habida cuenta de su trayectoria, pocos rasgos del personaje le resultarán ajenos—, Miley Cyrus es víctima de un guión nefasto que la reduce a mera caricatura, y no sólo a ella, sino a todos sus compañeros de reparto —incluida una refrescante Madison Davenport a la que conviene seguir la pista— y al episodio entero, con un enfoque teen y una nutrida colección de tópicos al respecto que a Black Mirror le sientan como un tiro.

Al final, pese a la buena voluntad de su punto de partida, la deriva de esta quinta temporada puede entenderse como una analogía de la de la propia serie desde aquel fundacional y chocante El himno nacional (The National Anthem, 2011).  Y conduce a una sospecha, no por fundada menos desoladora: tal vez la fórmula está agotada, quizá a Charlie Brooker le convenga poner su innegable talento al servicio de otros proyectos. Cabe suponer que se la hará cuesta arriba aceptar que los ejecutivos de Netflix acaben de liquidar lo que queda de su obra, pero más ignominioso se antoja que ello suceda en connivencia con él mismo. Los espectadores no lo merecen, en especial quienes le hemos guardado una fidelidad a prueba de bombas —y bodrios— desde el momento en que quedamos cautivados por el vitriolo original, el de Black Mirror y, antes todavía, el de la bizarra Dead Set: Muerte en directo (Dead Set, 2008).

Crítica escrita por Carlos Ortega