Black Mirror empezó siendo un afilado diagnóstico de nuestras sociedades enfermas y ha acabado convertida en síntoma ella misma, autorreferencial y onanista como un status de Facebook. Me temo que su adquisición por Netflix ha tenido bastante que ver en esa metamorfosis. A partir de entonces se hizo una clara apuesta por el espectáculo en detrimento del vitriolo primigenio, entrando así en una decadencia manifestada en toda su crudeza durante el episodio final de la cuarta temporada, aquel Black Museum de infausto recuerdo que, sin pretenderlo, reducía los principales motivos de la serie a una burda caricatura.

Con independencia de los prontos —más bien prematuros— entusiasmos concitados, aunque sin ser tan nefasta como su predecesora, Bandersnatch no logra romper la tendencia a la baja. En primer lugar, porque la aclamada originalidad no lo parece tanto, toda vez que el formato elige tu propia aventura ya se puso en práctica, con éxito ciertamente discutible, en algunos libros y cómics de hace un par de décadas. Se antoja, en cualquier caso, una consecuencia lógica de los tiempos que vivimos, en los que el individualismo capitalista se ha exacerbado hasta rayar en un solipsismo donde, como cantan Lori Meyers, no existe sino mi realidad.

Huelga decir que ambientar la historia en los años ochenta resulta tan novedoso como poner una mesa auxiliar LACK de IKEA —exacto, la de 10 euros— en medio del salón, me pregunto cuándo explotará la burbuja del revival. Igual de previsible que esa trama de la que no hay forma humana de escapar, directamente extraída del Manual de psicoanálisis para principiantes, capítulo Trauma infantil, apartado Mamás ausentes, papás tóxicos y viceversa.

Fionn Whitehead compone un solvente inadaptado, aunque con esa fisonomía suya, digna de figurar en un lugar destacado del Gran libro de las sonrisas británicas, no lo tiene difícil. Lo secunda Will Poulter, otro individuo de rasgos indescifrables, a medio camino entre un hooligan del Chelsea y el cerebrito al que le robaban el bocadillo en el recreo. Además, la atmósfera es todo lo sombría que cabe esperar de la marca Black Mirror y su factura impecable. Eso sí hay que concedérselo. No obstante, dados los lujos que sus responsables pueden permitirse a cuenta de las holguras presupuestarias garantizadas por Netflix, un reparto competente y un diseño de producción atractivo son lo mínimo exigible.

Al final, tras los oropeles de pretendida novedad se esconde el mismo mal que ha aquejado a infinidad de obras desde que el mundo es mundo, sepultadas hoy en el olvido, igual que —me atrevo a aventurar— sucederá con Bandersnatch. Esto es, que no hay una historia de enjundia suficiente. Sin paños calientes, despojada del aparatoso accesorio interactivo —por otra parte, bastante unidireccional, lleno de callejones sin salida, con la consecuente frustración de un eterno retorno al antedicho melodrama de sobremesa—, el argumento es paupérrimo y pespunteado de giros desoladoramente previsibles.

En definitiva, Bandersnatch constituye una decepción, no por esperada menos amarga. Charlie Brooker haría bien en volver la vista atrás y desandar sus pasos descarriados de regreso a unas esencias que, conforme se suceden las temporadas es más obvio, nunca debió abandonar. Ello pasaría —es un ejemplo al vuelo— por recurrir a directores de más talla, o imaginación, probablemente ambas, que David Slade, responsable del capítulo que nos ocupa y de Metalhead (Cabeza de metal, 2017) otro de los prescindibles episodios que integraban la cuarta entrega. De lo contrario  sólo quedará abundar en el muy cuñado Black Mirror: Tú antes molabas. Puede que no se merezca un reproche tan poco elaborado, pero tampoco nosotros que se nos someta a este continuo desengaño.

Crítica escrita por Carlos Ortega