La última ocurrencia de Netflix constituye un ejemplo palmario de los tiempos —líquidos, en el ilustrativo término acuñado por Zygmunt Bauman— que nos han tocado en suerte, me abstendré de valorar si buena o mala. Los brevísimos episodios —en algunos, los créditos duran más que la historia propiamente dicha—, plagados sin embargo de acción, sexo y violencia, y pertrechados de un armazón argumental endeble como poco, responden con fidelidad perruna a las demandas de entretenimiento —en el peor sentido de la palabra— del infantilizado espectador millennial, en general aquejado de crecientes analfabetismo funcional y TDAH (Transtorno por Déficit de Atención e Hiperactividad). La opción animada supone otra prueba de esa prolongación ad infinitum de la adolescencia tan característica de nuestros días. Podrá contraatacarse aduciendo que los dibujos para adultos, así como las historietas —dadas en llamar novelas gráficas, a mi juicio en ejercicio de un injustificado complejo de inferioridad—, no son algo nuevo. No obstante, se haría un flaco favor a Love, Death & Robots comparándola con Los Simpson (The Simpsons, 1989-Actualidad), Akira (ídem, 1988), o las corrosivas viñetas de Robert Crumb.

Establecido lo cual, cabe igualmente subrayar la irregularidad del conjunto, en el que conviven cortos de calidad mediana y muchos otros perfectamente prescindibles. Sin ir más lejos, el primero, La ventaja de Sonnie (Sonnie´s Edge), probablemente sea el peor de todos, pese al derroche técnico que lo adorna. Ubicar tamaño delirio sanguinolento al principio habrá provocado que bastantes usuarios de la plataforma abandonen la serie apenas empezada. Una lástima, porque los dos siguientes, Tres robots (Three Robots) y La testigo (The Witness) sí valen la pena, especialmente este último, cuya trama juega a las paradojas sin quemarse las pestañas. Como curiosidad y sin ánimo de incurrir en chovinismos baratos, los responsables de ambos son españoles: el tándem formado por Víctor Maldonado y Alfredo Torres, y Alberto Mielgo respectivamente. Maldonado y Torres dirigen también las piezas más logradas de la colección, Yogur al poder (When the Yogurt Took Over) e Historias alternativas (Alternate Histories). El humor negro —asimismo presente en El vertedero (The Dump), que firma otro paisano, Javier Recio Gracia— y las reminiscencias caricaturescas de Black Mirror (ídem, 2011-Actualidad) dan el tono que  le hubiera convenido a Love, Death & Robots.

En cuanto al resto, el hiperrealismo todavía sigue lejos de su objetivo, esto es, superar la realidad dejando obsoletos a los intérpretes de carne y hueso, excrecencias plúmbeas, que diría Platón. Antes al contrario, la onerosa imaginería de Más allá del Aquila (Beyond the Aquila Rift), Metamorfosis (Shape-Shifters), Mano amiga (Helping Hand), Afortunados 13 (Lucky 13) y La guerra secreta (Secret War) sigue recordando en exceso a la intro de cualquier videojuego. Encima, el despilfarro de medios no se pone al servicio de la intriga, paupérrima en los cinco casos. Mejor parados salen los capítulos basados en la animación tradicional, aunque tampoco resulten como para tirar cohetes, excepción hecha de la lisérgica y, por ende, no exenta de interés Noche de criaturas marinas (Fish Night). Trajes (Suits) y Zima Blue (ídem) se dejan ver. El primero porque con los exo-esqueletos sucede lo que con el bacon o el avecrem: son tus mejores aliados. El segundo porque conjuga con eficacia el espíritu que cabía inferir del título de la antología y por su desenlace tierno, terrible e inesperado. Punto ciego (Blindspot) parece la fundacional Asalto y robo de un tren (The Great train Robbery, 1903) protagonizada por Los Motorratones de Marte (Biker Mice from Mars, 1993); mientras que La Edad de Hielo (Ice Age) incluye la presencia real y siempre simpática de Topher Grace. Devorador de almas (Soul Sucker) abunda en el recurso a la casquería, pero también a los gatitos, haciéndose merecedora de cierta benevolencia. No así Buena caza (Good Hunting), bochornoso anime steampunk.

En fin, da la sensación de que el reputado David Fincher, co-creador de Love, Death & Robots junto a Tim Miller —director de la iconoclasta Deadpool (ídem, 2016)— y que ya había engalanado la parrilla de Netflix con la excelente Mindhunter (ídem, 2017), aquí ha pinchado en hueso. Hasta el mejor escribano echa un borrón. Podemos quedarnos, al menos, con los mencionados síntomas de buena salud que exhibe la animación patria.

Escrito por Carlos Ortega