Hay un poder invisible en el universo capaz de unir a todas las cosas y seres, desafiando espacio y tiempo y no, no estoy hablando de la Fuerza, sino de un poder mucho mayor e indomable: la nostalgia. La nostalgia ha mantenido viva la saga galáctica durante cuatro décadas, convirtiéndola en parte de la cultura popular global. La nostalgia convertida en un negocio milmillonario e intergeneracional, si, pero también en un motor creativo de múltiples posibilidades si se saben tomar riesgos. Porqué la nostalgia es un arma muy poderosa, pero tiene un doble filo letal cual los dos lados de la Fuerza: otorga un enorme poder de convocatoria y atracción, pero también te encadena a unos cánones, dogmas y al material más refractario del universo: las expectativas de los fans, eternamente condenadas a la insatisfacción, en mayor o menor grado. George Lucas lo pudo comprobar cuando realizó su trilogía de precuelas y recibió críticas desaforadas: su criatura ya hacía tiempo que había escapado a su control y ya era propiedad de millones de fans, y esos fans tenían una idea muy clara de lo que querían. Independientemente de los no pocos errores contenidos en esa trilogía (que yo, honestamente, creo que va de menos a más, reivindicando especialmente su Episodio III),  Lucas siempre defendió que, al menos, él intentó hacer algo nuevo con su universo, explorar y contar nuevos caminos, y en ese punto hay que darle la razón.

Con estos antecedentes es fácil entender la presión a la que se vio sometido J. J. Abrams cuando acometió el Episodio VII, si ni el mismísimo padre de la criatura pudo domar las expectativas de sus fans. Por eso su película, que rezumaba amor y nostalgia hasta el punto de ahogarla bajo su peso, tomó tan pocos riesgos creativos siendo, irónicamente, criticada por el mismo fandom que criticó la trilogía de precuelas por lo contrario. Se la llegó a calificar de simple reboot que copiaba prácticamente punto por punto al Episodio IV. Con la lección bien aprendida, la de que hagas lo que hagas es imposible satisfacer completamente a los nostálgicos, más que nada porqué por definición su nostalgia está anclada en unos tiempos y personajes que ya no están, o se han hecho tan viejos como ellos mismos, las riendas del Episodio VIII las tomó Rian Johnson, un especialista en subvertir las convenciones genéricas para dar forma a relatos nuevos, como demostró en “Brick” (2005) o “Looper” (2012).

Pues bien, ese relevo demostró ser tremendamente acertado. Los Últimos Jedi explora territorios donde El Despertar de la Fuerza no se atrevía a llegar, y no estoy hablando de nuevos planetas, razas y productos de merchandising estrella para las Navidades (bienvenidos Porg), sino de nuevos caminos discursivos, más acordes con la evolución de los tiempos. Si en la trilogía original todo el relato de la Fuerza se basaba en la dualidad binaria bien-mal, luz-oscuridad, discurso que seguía abrazando la trilogía de precuelas aunque intentando introducir algunos matices, ahora se apuesta sin complejos por las zonas grises. Los héroes se cuestionan a sí mismos y la superioridad moral de sus ideas, de sus decisiones y su legado; y los villanos, encarnados por un Kylo Ren cada vez más carismático y rico en su evolución, no son simples arquetipos planos, autocuestionándose  también, esta reivindicación de la zona gris se ve reforzada por el personaje de Benicio del Toro. La exploración por territorios nuevos no se detiene ahí, de hecho, en un ejercicio de autoconsciencia poco común en sagas tan longevas, la convierte en la propia razón de ser del film y, todo parece apuntar, del futuro de la saga.

Efectivamente, si el Episodio VIII pecó de algo, fue precisamente de estar demasiado sujeta al pasado hasta el punto de no ofrecer casi nada nuevo (personalmente, yo encontré mucho más arriesgada Rogue One en este sentido), el peso del legado era tan grande e insoportable que no permitía avanzar más allá, arriesgándose la franquicia a una eterna repetición de esquemas y personajes atrapados en un día de la marmota galáctico. La única solución era dejar atrás todo lo anterior. En este sentido, la película de Johnson y la anterior de Abrams se complementan a la perfección, ya sea por una estrategia dibujada previamente en pos de justificar la posterior evolución de la franquicia (lo que prefiero creer), ya sea por un cambio de rumbo debido a las críticas por el conservadurismo de la anterior entrega, lo que sería más inquietante ya que probablemente esta reciba críticas precisamente por lo contrario, con lo que sería imposible saber cómo se afrontaría el futuro Episodio IX. Esta voluntad de escapar al campo gravitatorio que proyectaban personajes y tramas totémicas de la saga como Darth Vader, el Emperador, el Imperio, la Alianza Rebelde, los Sith, Jedi, Han Solo, Leia, los Skywalker, los sables de luz y la mismísima Fuerza se manifiesta de manera tan continua y ostensible ya sea por los diálogos como por las propias acciones de personajes nuevos y viejos, que es difícil no pensar que ese fuera ya el plan desde que la omnipotente Disney tomó las riendas.

¿Significa esto una ruptura total con lo anterior? Tampoco. Son fácilmente reconocibles referencias y situaciones de El Imperio Contraataca, e incluso de El Retorno del Jedi, pero Johnson es lo suficientemente hábil como para usar ese factor nostálgico de manera creativa, dándoles la vuelta o una nueva resolución a esos momentos “Déjà Vu” de modo que redireccionen la ruta hasta territorio inexplorado en vez de volver una y otra vez sobre sí misma. Hay fallos de guion y tramas irresueltas, por supuesto, también, quizá, algunos criticarán un excesivo uso del humor marca Disney en algunos momentos (aunque en la saga nunca faltó el humor), o usos nuevos de la Fuerza jamás vistos antes. Probablemente esas cosas irritaran a los más puristas. Quizá, en otro tiempo, hasta me hubiera irritado a mí, que suspiraba porque adaptasen  la excelente trilogía de Thrawn que escribió Timothy Zahn, o más buen material que atesoraba el universo expandido de Star Wars para continuar con la saga. Pero no ahora, una vez comprobado el peligro de dejarse encadenar por el peso del legado y pensando que los aciertos sobrepasan en mucho a los defectos de la película. No será la mejor de la saga, ese honor sigue perteneciendo indiscutiblemente a El Imperio Contraataca (qué también tomó riesgos y fue criticada en su época por ellos), pero desde luego supera claramente a su predecesora y permite dibujar un futuro esperanzador.

Hay que evolucionar para poder avanzar porqué, tal como se nos da a entender en la evocadora escena final, esa galaxia es muy, muy lejana, si, pero también muy, muy grande y de infinitas posibilidades.

Título original: Star Wars: The Last Jedi Director:  Rian Johnson Guión:  Rian Johnson Música: John Williams Fotografía: Steve Yedlin Reparto:   Daisy Ridley, John Boyega, Adam Driver, Oscar Isaac, Mark Hamill, Carrie Fisher, Domhnall Gleeson, Benicio del Toro, Laura Dern, Gwendoline Christie, Kelly Marie Tran, Lupita Nyong’o, Anthony Daniels, Andy Serkis, Warwick Davis Distribuidora: Walt Disney Studios Fecha de estreno:  08/12/2017