Sexto día del Festival de San Sebastián en el que se han podido ver las deseadas Madre! de Darren Aronosfky, La llamada de Javier Ambrossi y Javier Calvo y Happy End de Michael Haneke. Sin embargo, ya que Madre! y La llamada se estrenan esta misma semana, no las hemos incluido en la crónica (ya que tendrán su crítica). Pero sí os dejamos con Happy End, además de Soldiers, Story from Ferentari y Una vida más allá.

Happy End

Para quien esto escribe Michael Haneke es uno de los mejores directores que ha dado la historia del cine, y a sus 75 años sigue en plena forma, de hecho, sus dos anteriores trabajos le valieron sendas Palmas de Oro en el Festival de Cannes, un hito que sólo han logrado ocho cineastas en los más de 60 años del festival de cine por referencia. Dentro de la sección Perlas del festival de San Sebastián se ha estrenado su último trabajo Happy End, que fue recibido con bastante más tibieza que lo que ocurrió con las aclamadas Amor o La cinta blanca.

Haneke es fiel a su cine y plantea una película que es un Greatest hits de los temas que siempre han marcado la filmografía del autor austriaco. Happy End se siente casi como una forma de reírse de los temas que siempre le han preocupado, e incluso no duda en hacerse a sí mismo una autorreferencia convirtiendo a la película en una especie de falsa secuela de Amor, alargando los personajes de aquella a ésta, pero en cierta forma, los personajes de Haneke siempre han ido circulando de una película a otra, sus omnipresentes Georges y Anne no han dejado de ser siempre una extensión de otros Georges y Annes anteriores. Happy End es una película sobre la falsa felicidad, esa que se muestra de puertas a fuera, donde todo parece circular de manera perfecta y se resquebraja cuando miras lo que ocurre dentro. Haneke habrá cumplido tres cuartos de siglo, pero entiende a la perfección el funcionamiento de las redes sociales, como esa ventana al exterior que es la única que pasar a través de las capas de las falsas apariencias y entiende que por primera vez las generaciones más jóvenes son las que intentan escapar de este filtro que dulcifica la realidad. Haneke disfruta haciendo Happy End, lo hace a su manera: odiando a todos sus personajes y mostrando una terrible mala baba. Puede que esta diversión y este ensañamiento con sus personajes y al mismo tiempo consigo mismo hagan de Happy End una película disfrutable para los fanáticos del realizador, pero no es una gran película, un respiro que posiblemente el propio director haya necesitado tomarse en su cine después de la intensidad y el desgaste psicológico de sus últimas películas. Sí, es un Haneke menor, pero… ¿cuántos cineastas querrían a día de hoy ser capaz de hacer una película tan buena como la menor de las obras de Haneke?

Soldiers, Story from Ferentari

Adi, un antropólogo de 40 años, se muda a Ferentari (el barrio más pobre de Bucarest) en objetivo de realizar un estudio acerca del Manele, la música de referencia en el mundo gitano de Rumania. Allí conocerá a Alberto, un ex-convicto con el que mantendrá un romance.

De ésta forma comienza un viaje a los bajos fondos de una sociedad marginal. Un barrio que es un mundo, en el que existen mayores extremos entre sus habitantes más allá de las clases sociales. En el que el instinto de supervivencia y la fortaleza exterior son las mejores armas para poder sobrellevar la existencia en un lugar olvidado en el que las vidas carecen de sentido más que para soportar el día a día.

Dentro de toda ésta vorágine, la película profundiza en cómo, a pesar de las emociones, los miedos entre las personas afloran en mayor medida, ocultando las realidades, las verdades y buscando ocultar las relaciones que puedan ser susceptibles de juicio.

El principal problema al que se enfrenta es echar en falta una mayor profundidad narrativa, pero se compensa a raíz de las actuaciones de los dos protagonistas. Una película que nos abre los fondos del infierno social, con un gran romance dentro del mismo que intenta construir arenas movedizas sobre las ruinas de una sociedad olvidada.

La vida y nada más

Regina es una madre soltera que lucha desesperadamente por cuidar a sus dos hijos. Su hijo mayor, Andrew, de 14 años, está lleno de desprecio hacia su madre y únicamente la amenaza de la justicia les unirá y cambiará sus vidas para siempre.

Un retrato social digno y eficaz, con unas buenas interpretaciones, pero que grita al espectador ya haber sido visto. Es un formato genialmente ejemplificado en la maravillosa Moonlight. Un género saturado, ansioso de una renovación, en la que cintas con un ritmo tan pausado, con un montaje absolutamente lineal y con una historia ya vista, comienzan a carecer de sentido.

Empatizamos con los personajes, con su historia, con sus causas y motivos, pero no con el conjunto, pues la explotación del mismo en los últimos años hace que cintas como ésta comiencen a carecer de importancia para el espectador. Y es una lástima, pues si bien hay mucho que contar, nada como renovar para no morir.

Crónica escrita por Juanma de Miguel y Gonzalo Aupi