Tras su última película, la muy buena pero también algo discutible P’tit Quinquin, el francés Bruno Dumont parece que ha querido llevar algunas de las propuestas de aquel film no un poco más lejos, sino mucho más lejos: cierto aire de humor absurdo que había allí, se lleva aquí a extremos de dibujo animado (y la fotografía de tonos pastel brillante subraya el aspecto de cómic), y el ligero gusto por lo grotesco que había allí se convierte aquí en el eje vertebrador de un espectáculo que roza a veces el gore, aunque esté tratado con distanciada ironía.

Que un director explore direcciones nuevas en su cine es siempre digno de aplauso, pero eso no quiere decir que cada paso dado en una nueva dirección sea un paso firme, certero y productivo, y creo que es justo decir que este segundo paso de Dumont en algunos de los caminos abiertos por Quinquin ha sido más bien un tropezón. Y es que los problemas son varios, abundantes, incluso. Para empezar, lo absurdo y lo políticamente incorrecto de su anterior trabajo estaban compensados por una humanidad en el retrato de la mayoría de personajes que dejaba claro que no había solo burla, sino más bien comprensión socarrona ante el patetismo de los sucesos y de la experiencia humana en general. Aquí se busca en ocasiones cierta empatía con algunos de los personajes, muy pocos, pero parece más impostado, en parte porque esos pocos personajes que no son una pura caricatura son mucho más secundarios, centrándose el director mucho más en los más claramente deleznables, y en parte porque, además, son personajes mucho menos interesantes (y es que este policía literalmente inflado de La alta sociedad no es comparable ni en carisma ni en gracia al que interpretaba Bernard Pruvoust en la película anterior). Así, la mayor parte del metraje nos quedamos con unos personajes a los que Dumont claramente desprecia, y el espectador también, caricaturizados de la misma manera una y otra vez a lo largo de dos horas. Las observaciones que Dumont tiene que hacer sobre estos personajes, observaciones que realiza a través de su caracterización, son exactamente las mismas tras 120 minutos de metraje, como si un caricaturista hiciera 120 caricaturas de Rossy de Palma y en todas y cada una de ellas solo se le ocurriera acentuar la nariz.

A falta de interés por los personajes, quizá podría haber interés en la trama o en las situaciones y eventos que concibe, pero me temo que tampoco. Se lee por algunos lares (pocos, esta vez ni los más acérrimos defensores de Dumont se atreven a llamar a esta una obra mayor, y muchos incluso la repudian) que la película es muy original, pero la mayoría de las situaciones supuestamente más chocantes son en realidad trilladísimas. Gente volando espontáneamente es un recurso manidísimo del realismo mágico desde hace muchas décadas, personajes gordos que se caen rodando es algo que se lleva viendo desde los tiempos de Fatty Arbuckle (y él lo hacía con muchísimo más ingenio en la construcción del gag), los aristócratas amaneradísimos son un puro cliché y chicos confundidos con chicas es tan viejo como el vaudeville. Y esto es literalmente lo más sorprendente que uno puede ver aquí.

Salvo, claro, por lo del canibalismo, pero estamos en las mismas: señores, utilizar el canibalismo como símbolo del capitalismo (o, cuando va en el otro sentido, de la venganza de clase) es tan viejo como Karl Marx. Que puede que Sweeney Todd empezara en el off-Broadway, pero es desde hace décadas ya algo muy asimilado por el mainstream… Ah, y el incesto como expresión máxima de la decadencia de las clases altas está también más visto que el tebeo. Así, Dumont nos pone delante de lo que él parece creer que es un circo de los horrores y las astracanadas muy excesivo y gracioso en su fealdad, pero para cualquier cinéfilo curtido no será más que un cliché detrás de otro, todos ellos ya con su posible capacidad de provocación muy reblandecida por el uso y el tiempo.

En fin, que lanzar palabras como “surrealismo”, “arriesgado” o “rompedor” es gratuito, y por tanto habrá quien las lance, pero donde Luis Buñuel ponía un ojo atravesado por una navaja, hormigas saliendo de las manos, o al mismísimo Jesucristo saliendo agotado de una orgía, Dumont pone una señora volando, y no es lo mismo, no, como tampoco es lo mismo hacerlo en 2016 que hacerlo en 1928. A estas alturas calificar esta película de arriesgada o chocante solo demuestra que se tiene el listón muy bajo (claro, a veces se tiene el listón bajo solo para según qué directores a los que llevamos tiempo ensalzando, y ahora no vamos a desdecirnos…).

Y sin embargo, después de todo, la película no es enteramente abominable. Si uno está en disposición generosa, y no le pide demasiado al cine, quizá se entretenga con los colorines de la fotografía, con los hermosos escenarios naturales, con el vestuario y la dirección artística, con algún gag medianamente afortunado, o con las loquísimas interpretaciones de Fabrice Lucchini o Juliette Binoche. Pero más vale la pena no intentar escarbar más allá, porque la cosa es bien inane y está muy sobada, pese a ir de original y subversiva.

Título original: Ma Loute Director: Bruno Dumont Guión: Bruno Dumont  Fotografía: Guillaume Deffontaines Reparto:    Fabrice Luchini, Juliette Binoche, Valeria Bruni Tedeschi, Brandon Lavieville, Raph, Didier Després, Cyril Rigaux, Jean-Luc Vincent, Laura Dupré Distribuidora: Ver Cine Fecha de estreno:  21/04/2017