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Hacer una lista como ésta siempre resulta extremadamente difícil. En el transcurso de los días en que estuve haciendo esta lista, he revisado varias de las películas que consideraba dignas de entrar en esta lista y otras que creía que no lo harían pero que sentía que debía revisar. He notado cambios en películas que para mi eran sagradas y han crecido interiormente otras que creía menos candidatas a estar aquí. La experiencia, sin duda, ha servido para explorar de manera más intensa y reflexiva la estética que me apasiona, la narrativa que me emociona y la técnica que me sorprende. En el fondo, cualquier intento de hacer esto siempre estará sujeto al cambio de los estados de ánimo, el crecimiento artístico y la situación personal de uno en la vida cotidiana. Por esas razones, esta lista no es inmóvil, no es dogmática, ni para mi ni para nadie y mucho menos es representativa de todo lo que mueve, conmueve y remueve en mi este arte, sin embargo, he aquí, en estas diez películas, aquellas obras que creo que llegan a lo más lejano y profundo que el cine tiene para ofrecer, al menos personalmente. Obras más allá del bien y del mal, obras que siempre, cada vez que las vea, tendrán algo punzante, algo que recordarme, algo que resucitar, algo que suscitar, algo que insinuar, algo que demostrar.

Y quien mejor consigue eso creo que es John Cassavetes. Probablemente el director que más me ha impactado y revolucionado en mi vida como cinéfilo. Tuve mis dudas ante qué película suya poner en esta lista, ya que dos obras de Cassavetes se sostienen como enormes pilares en mi manera de ver el mundo a través de este arte. Love Streams y Una mujer bajo la influencia son dos obras maestras que, a través del dolor, la melancolía, la ira de lo que no se dice y acaba explotando, el enfrentamiento a lo incomprensible y absurdo de la vida, se construyen como dos melodramas que nos remueven, tanto narrativamente como estéticamente. Cassavetes consigue con primeros planos efectos catárticos en los personajes y en uno mismo tal como lo haría Dreyer con su Juana de Arco, película que comentaré posteriormente, primeros planos rotos a los que se llega a través de impredecibles movimientos de cámara, que dan vivacidad, espontaneidad e incomodidad a los duros relatos que Cassavetes aborda. Por una de las escenas oníricas más impactantes que he visto, elegiría Love Streams, por su tratamiento de la mujer, la angustia y la locura inducida por los entornos hostiles, elegiría Una mujer bajo la influencia.

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Sin embargo, el melodrama por excelencia lo veo en quien entiendo como el precursor de Cassavetes (y muchos más) y uno de los directores más influyentes de los años cincuenta. Hablo de Douglas Sirk. En Escrito sobre el viento e Imitación a la vida, Sirk construye lo que serían las bases del melodrama. Sentimientos de personajes ilustrados directamente en unos contextos llenos de color. Sentimientos exagerados, exacerbados que externalizan la desesperación interna de unos personajes que se enfrentan a problemas comunes y diarios, como las adicciones, los celos, las decepciones propias y de seres queridos, que, sin embargo, en cada uno de ellos suscitan decisiones que pueden revolucionar su vida, destruir todo lo que se ha construido y construir todo lo que ha sido destruido. El color, la aparente vivacidad de todo lo que se enseña, se contrapone con la oscura, poco clara y confusa actitud de unos personajes que Sirk no teme mostrar como seres humanos que sufren ante lo cotidiano, la sociedad, la doble moral y la ambición del sueño americano.

Y esto me trae a otra película que entra en esta lista. John Ford y su hombre tranquilo. Hay demasiadas ideas aquí para ser tratada como una película simple y plana, etiquetas que muchos han querido ponerle a esta obra. La vertiente onírica, melancólica y nostálgica que flota en Inisfree oculta y se encarga de enterrar los monstruos de un John Wayne que sufre por unos errores del pasado que se mantienen confusos y deformes, como todo recuerdo. Los puntos fuertes están en el tratamiento de la memoria, de la redención, del poder de un amor turbio que se muestra en todas sus complejidades y virtudes, de un personaje que da a entender que aunque uno cambie de lugar, de vida, de entorno, él sigue acarreando problemas y confrontaciones, entendiéndose que el problema va más allá de todo lo que vemos y de todo lo que se hará en el transcurso del film. Ford consigue con aparente simplicidad, simulada festividad y sin explicitar todo lo que reside debajo de los personajes y las situaciones (tal y como sucede en Centauros del Desierto, otra obra maestra) un potencial que necesita de reflexión y emoción.

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No obstante, si se habla de personajes complejos que no revelan toda la verdad que ellos guardan en si mismos, creo que Secretos de un Matrimonio alcanza unas cotas inexploradas en la historia del cine. La dura, seca y sucia historia de un matrimonio que se degrada, se miente, se sincera, se destruye y se construye es enseñada por Ingmar Bergman sin intermediarios, sin música, sin parafernalia. Durante cinco horas asistimos a unas idas y vueltas que recuerdan a otra obra maestra, Nosotros no envejeceremos juntos de Maurice Pialat, la cual no ha entrado en esta lista por muy poco. Creo que es errónea la idea de que el director sueco solo habla de las complicaciones del matrimonio en esta película. Bergman retrata lo que es la perdida de cualquier amor, el desgaste que supone la falta de sinceridad, el compromiso, el miedo, las costumbres que detestamos pero creemos que estamos obligados a seguir. Bergman retrata el miedo de quien ama y pierde lo construido, el miedo de quien ya no ama y se revoluciona, el odio producido por la visión de lo que antes era ocultado por la ceguera del amor, el amor producido por la comprensión de quien ha cometido errores y aciertos por alguna razón concreta pero demasiado propia. Secretos de un matrimonio es la oscilación del amor hecha película.

Mientras que hay una gran muestra de lo que son los sentimientos humanos en las películas nombradas hasta ahora, creo que también debe atenderse el nihilismo, el desentendimiento, la frustración, la angustia, y la situación sin salida que a veces enfrenta uno en su existencia en este mundo. No ha habido mejor persona para enseñarnos lo crudo de estas palabras y estas sensaciones que Robert Bresson y El Diablo Probablemente. La narrativa se rompe temprano al insinuarse el final de la película al comienzo, a partir de ahí, Bresson se encarga de jugar con la idea de que en una película lo esencial es el progreso de las situaciones de la trama, para así poder centrarse en lo que le interesa, que es la no-evolución del protagonista, quien parece estar convencido de que la vida no tiene razón de ser vivida. De nada sirve su paso por diferentes intentos de hacer la vida más interesante, de motivarse, de encontrar un lugar en el mundo se ven rotos. No sabemos bien si es problema del protagonista, problema del mundo en el que vivimos o un problema inherente al ser humano del cual nunca nos desharemos. Eso depende de cada uno. Los planos fijos de Bresson, los personajes sin expresión, la falta de música son también una muestra estética de las sensaciones del personaje. Todo está oculto, sin embargo, lo que surge de esos sentimientos ocultos se ilustra en una realidad fría y absurda.

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Cierto nihilismo pero de una manera mucho más diferente es enseñado en Spring Breakers, la última obra del irreverente Harmony Korine. Muy diferente a sus anteriores trabajos, aquí consigue la perfección estética. El día apagado, la noche sumida en luces que forman colores irreales mientras se suceden hechos que no se distinguen entre la fantasía, el sueño y la realidad, cosa que recuerda a otra de las películas que casi entra en la lista pero finalmente no y me refiero a Miami Vice, de Michael Mann, el gran maestro de la melancolía nocturna. Spring Breakers usa la repetición de escenas y diálogos para provocar un efecto similar a la música electrónica, tal y como ha dicho el propio Korine, recordando a géneros como el dub techno, microhouse y demás, donde la música crece en uno mismo a partir de la repetición de elementos muy básicos. Fuera de la estética, la película consigue ilustrar el espíritu dionisíaco propio de nuestra época, el desvío de la razón hacia un campo de total irracionalidad e irrealidad, el traspaso de un punto a otro (el grupo religioso al que acude una de las protagonistas se antoja como uno de los pocos resquicios de ese mundo antiguo y polvoroso) sin puntos medios, mostrando que la transfiguración de valores ha sido solo aparente y la sociedad aún sigue sumida en una espiral de represión interna, mentiras, evasiones y carencia de respuestas.

Este análisis de la sociedad es presentado brillantemente en otra de las películas que conforman mi lista, Barry Lyndon. La fotografía, la precisa y concisa descripción de la época en la que se desarrolla y la ambición de cada fotograma acompañan a unos personajes con morales complejas y contradictorias. Los momentos acompañados de música clásica, a destacar una escena de un entierro que seguro recordarán los que la han visto, decoran una película donde nada sobra, donde cada personaje, aunque solo aparezca unos minutos, tiene una profundidad que ya querrían otros para sus protagonistas. El viaje de Redmond Barry es un viaje que a pesar de desarrollarse en el siglo XVIII, es posible empatizar con sus sentimientos, con la neutralización que su carácter va tomando a medida que entiende cómo funciona la sociedad. Una crónica de la despiadada ambición y la brutal “regla del juego” que separa a las clases sociales, pero también separa al humano, a sus ideales internos, a sus acciones, a sus relaciones personales. Redmond Barry versus Barry Lyndon (entendiendo el “versus” como la contraposición de personalidades opuestas pero también como el verdadero significado en latín de la palabra que es “hacia”) es la descripción del temible curso que tomamos los humanos ante la presión social y el “todos contra todos” que propone el dinero y el poder. Esas características están más claras y salvajes que nunca hoy en día, por lo que la película de Stanley Kubrick no se muestra caduca ni por ser de 1975 ni por estar situada en el siglo XVIII.

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La ambición es el tema de otra de las películas que entran aquí, Aguirre, la cólera de Dios. También situada en un siglo ya lejano, Werner Herzog no tiene nada de preciosista y nos relata, como si se tratase de un documental, una historia de locura y megalomanía. La música inmersiva de Popol Vuh, esos planos reflexivos al agua, a la tierra, al cielo, la cámara que no descansa, la interpretación desatada de Klaus Kinski nos llevan a la locura de unos personajes que pretenden encontrar algo que, poco a poco, van comprendiendo que jamás encontrarán. La redención, la riqueza, la paz interior, jamás llegan a estos personajes que buscan soluciones externas a conflictos propios. La locura acaba apoderándose de toda la película, pero más que locura, es la desesperación de unos individuos a la deriva, de unas personas que han comprendido que su ambición jamás podrá ser una realidad. Herzog conduce estéticamente la película hacia esa sensación, perdiendo con los minutos esa conexión a la realidad que al principio parece querer mostrar.

La redención y la creencia en algo más allá de este mundo llega a niveles emotivos sin parangón con La Pasión de Juana de Arco, de Carl Theodor Dreyer. El sufrimiento de Juana de Arco se transmite a través de esos primeros planos que absorben toda la pantalla para transmitir toda la emotividad que posee la historia. Técnicamente brillante para su época, Dreyer nos sume con la ayuda de todos los elementos cinematográficos disponibles en la desesperación de quien cree pero no ve, de quien tiene esperanza pero nada se concreta, de quien se enfrenta al mundo sin ayuda y acaba perdiendo. Bresson diría que su exagerada teatralidad era un defecto. Yo no creo que sea así, ya que ahí reside su potencial, pero tampoco es mal momento para elogiar la versión de Bresson en El Proceso de Juana de Arco, donde con su hierático estilo nos enseña también su propia visión del sufrimiento de la joven de 19 años.

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Por último, viene la que considero la mejor película que he visto hasta el momento, una obra que conecta todos los puntos comentados antes y los eleva sutilmente, los une sin gritar y los acaba enigmáticamente. El Eclipse, de Michelangelo Antonioni, resume el amor que se pierde entre las manos como gotas de lluvia, ese amor que nunca se concreta pero flota en el aire, ese amor nocturno, esa aventura fuera de los límites (las dos películas que preceden a ésta en la trilogía de Antonioni se llaman La Noche y La Aventura), pero no solo es una crónica del amor vacío y desconectado, sino también de la relación de los humanos con el mundo en una época donde existe el temor al final del mundo, donde el nihilismo ya comentado en El Diablo Probablemente y Spring Breakers lo contamina todo, donde existe el miedo a conocer al otro, el miedo a la responsabilidad, al desarraigo, a la sinceridad, al amor. El Eclipse es la narración del ser humano que se ha visto eclipsado por una serie de obstáculos que lo niegan, lo deforman y lo diluyen. Ese final que propone Antonioni durante los últimos minutos del film es el único final que esta película podía tener. El temor que siempre permanece atento ante la nada que el mundo tiene para ofrecer.

 

  1. El eclipse (Michelangelo Antonioni, 1962)
  2. La pasión de Juana de Arco (Carl Theodor Dreyer, 1928)
  3. Aguirre, la cólera de Dios (Werner Herzog, 1972)
  4. Barry Lyndon (Stanley Kubrick, 1975)
  5. Spring Breakers (Harmony Korine, 2012)
  6. El diablo probablemente (Robert Bresson, 1977)
  7. Secretos de un matrimonio (Ingmar Bergman, 1973)
  8. El hombre tranquilo (John Ford, 1952)
  9. Escrito sobre el viento (Douglas Sirk, 1956)
  10. Una mujer bajo la influencia (John Cassavetes, 1974)