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Quinta jornada de la Berlinale con sabor agrio para los críticos, ya que de las tres propuestas, Death in Sarajevo (dirigida por Danis Tanovic, que ya ganó en el festival con La mujer del chatarrero) ha sido la única que  ha saciado de buena virtud respecto a Alone in Berlín y Crosscurrent.

Death in Sarajevo

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El director bosnio Danis Tanovic, quien hace tres años ganó en la Berlinale el Gran Premio del Jurado con La mujer del chatarrero, hace un batiburrillo de todo ello en Muerte en Sarajevo, que se desarrolla el 28 de junio de 2014 en el hotel Europa, donde se va a reunir una delegación de diplomáticos de la UE. Mientras en la azotea un programa de televisión aporta datos históricos, en una habitación Jacques Weber —que hace de sí mismo— ensaya la obra de teatro Hotel Europa, de Bernard-Henri Lévy, que ha colaborado en el guion, y los empleados del establecimiento preparan una huelga.

Tanovic saca lo mejor de sí, su contundencia, en el giro final, pero hasta ese momento no cuaja el batiburrillo: el bosnio nunca ha sido cineasta de sutilezas.

Gregorio Belinchón, El País

La película se resuelve en el frenesí de unos personajes que se mueven como sonámbulos entre el desconcierto y la histeria. Todos buscan algo. No queda claro qué. Digamos que cuando la cinta se concentra en la acción de sus atribuladas víctimas (eso son) gana y se ofrece al espectador como el reflejo, no necesariamente evidente, del suelo que pisamos. Nos define, parece decir todo esto, la velocidad con la que nos dirigimos a ninguna parte. Las prisas del suicidio.

El resultado es, en consecuencia, una producción irregular que camina a tientas entre la duda, la lucidez y, lo peor, la obviedad. Todo verbalizado. Sea como sea, queda un chiste, como mínimo, para el recuerdo. Un gusano le pregunta a su padre si es verdad que hay gusanos que viven en manzanas y otros en la carne. Cuando el progenitor le da la razón, al pobre no le queda más que preguntarse por qué viven ellos en la mierda. “Hijo mío”, responde solemne el patriarca, “la patria es la patria”. Pues eso.

Luis Martínez, El Mundo

Su ambición de representar el gran rompecabezas global europeo desde comienzos del siglo XX y cómo los mismos errores se han repetido hasta nuestros días se compensa por la contención y un sentido didáctico bien entendido. La misma historia que fuera de la pantalla se idealiza o interpreta según las creencias e intenciones de cada uno y que en el hotel va acumulando elementos que independientemente no tienen ninguna consecuencia, pero que en su acumulación pueden provocar la tragedia.

Ramón Rey, VOS Revista

Sin llegar a situarse en lo más alto de la competición, Death in Sarajevo es un ejercicio de revisión de la memoria histórica muy destacable, pues tanto el violento diálogo en la azotea como el sorprendente desenlace del conflicto en los laberínticos pasadizos del Hotel Europa simbolizan las consecuencias de las heridas sin cicatrizar que ha dejado la guerra de Bosnia y Serbia.

Carlota Moseguí, Otros Cines

De un modo brillante, posible no solo gracias a las habilidades de Tanović y a la dinámica fotografía —ideada para no destacar en la historia y quitar peso a los demás elementos narrativos— sino también a un magnífico guion, la película se alza como un tratado de las profundas contradicciones de la Memoria Histórica de Europa, un continente todavía aficionado tanto al progreso y el librepensamiento como al horror fratricida y la limpieza étnica. Un filme que conecta los sucesos desde la caída del archiduque hasta la crisis económica y la guerra en Ucrania como recordatorio de la premonitoria cita de Karl Marx: «La historia siempre se repite; la primera vez como tragedia y la segunda como farsa».

Luis Enrique Varela, El antepenúltimo mohicano

Danis Tanovic vuelve a su tema preferido –la guerra de los Balcanes- con la intención de examinar el malestar europeo, localizando su origen en el atentado contra el príncipe imperial de Austria Franz Ferdinand, catalizador de la Primera Guerra Mundial. No llega a la hora y media, pero da la impresión que le falta materia prima para rellenar el relato. En su estructura coral, que dibuja un metafórico microcosmos en el marco de un hotel acosado por las deudas, se mezclan los personajes con potencial dramático con los que simplemente funcionan como contextualizadores históricos (las largas entrevistas que explican los dimes y diretes del atentado de 1914, los monumentos erigidos para celebrar la figura de la víctima y las heridas aún abiertas del conflicto balcánico, la obra de Bernard Henri-Lévy que da título al filme), revelando las costuras de una película de tesis que no aporta nada nuevo a la filmografía de Tanovic.

Sergi Sánchez, Fotogramas

Alone in Berlin 

Jeder stirbt für sich allein / Alone in Berlin

El problema de la propuesta de Pérez es su vacía conformidad con la rutina. En ningún momento, la película valora la posibilidad de convertir el gesto iracundo, libre y extraordinariamente naíf de los protagonistas en poesía. Que, en definitiva, es lo que es. Hablamos de una poesía que no respeta más lógica que la de la dignidad. Hablamos de una poesía con el rigor y la gramática del pedernal. Poesía a la desesperada. Al revés, Emma Thompson, Brendan Gleeson y Daniel Brühl se dejan arrastrar por el gesto blando del más triste melodrama. Y eso, la verdad, provoca el llanto. Aunque por las razones opuestas a los buscadas.

Luis Martínez, El Mundo

Nunca nos vamos de la Berlinale sin hacer parada y fonda en la Alemania nazi. Y esta vez el atentado no es ni siquiera autóctono, porque lo orquesta el mismísimo Fanfan La Tulipe. Vincent Perez desaprovecha un filón de ese periodo histórico un tanto olvidado: el papel que la propia sociedad civil cumplió, por un lado, en una resistencia casi doméstica, siempre a título personal y con un alto grado de paranoia, y por otro, en la adhesión a la causa hitleriana a muerte, sin conciencia crítica. Las primeras imágenes de Alone in Berlin sirven para definir el tono tristón, rígido, académico y plano como una tabla de planchar que domina el conjunto.

Sergi Sánchez, Fotogramas

Lo que podría ser un relato contundente sobre ciudadanos alemanes desengañados que encuentran la forma de expresarse de forma fascinante en un sistema totalitario, se convierte en un recalcitrante regodeo emocional carente de un mínimo desarrollo o caracterización de sus personajes principales en la que todo se supedita a justificar el avance de la trama sin tener en cuenta las motivaciones o la coherencia a nivel dramático. Mención aparte merece la arbitraria dirección de Vincente Perez y su irreflexivo uso de la cámara, que es capaz de darle cariz cómico a hechos graves y contundentes o alcanzar el sentido absolutamente contradictorio con lo mostrado y su perspectiva de la puesta en escena.

Ramón Rey, VOS Revista

Todo lo contrario de Alone in Berlin, que se beneficia de este ‘hecho real’ para cimentar una película filmada a golpe de grúa, con una falsa modestia que enclaustra gran parte de la acción al edificio de este matrimonio, siguiendo los casos de los vecinos de las distintas plantas, siempre con cierto tono amable y apoyándose en una banda sonora muy recargada que se empeña en enaltecer la lágrima de Emma Thompson evidenciando la falta de criterio de Vincent Perez y su enfoque tan desfasado. Sí, desfasado. Porque a estas alturas parece inconcebible, con muestras como El hijo de Saúl, que todavía alguien se atreva a abordar esta época histórica con un listón tan poco exigente y tan lleno de concesiones baratas que incluso al más abierto de mente le parecerán algo ridículas. El cine actual ya tiene la suficiente madurez sobra para obviar esta ingenuidad insultante.

Gonzalo Espinosa, El antepenúltimo mohicano

Una demostración de lo poco exigentes que son los programadores del festival a la hora de incluir cine sobre el nazismo en la competición, y de que Vincent Perez es tan carente de interés tras la cámara como lo ha sido durante años delante de ella.

Nando Salvá, Cinemanía

Crosscurrent

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La película se pierde en un ejercicio de estilo tan fugazmente magnético como rigurosamente pomposo. También poesía, pero por desesperación,. El matiz importa.

Luis Martínez, El Mundo

La presencia, como director de fotografía, de Mark Ping Bin Lee, habitual en el cine de Hou Hsiao-Hsien y colaborador de Wong Kar-Wai en In the Mood for Love, crea lógicas expectativas en el cinéfilo de pro, aunque el resultado es una mezcla de estilos –noches granulosas, planos desenfocados, colores prístinos- tan estética como indigesta. Lo mismo le ocurre a la película: no estamos tan lejos de “Naturaleza muerta”, ni tampoco del citado melodrama de Kar-Wai, pero sus derivas poéticas resultan tan pretenciosas y abstrusas que el director siente la necesidad de explicarlas verbalmente en el tercio final, como si ni siquiera confiara en su propia propuesta. Queda un hermoso recorrido por el río Yang-tse, y poco más.

Sergi Sánchez, Fotogramas

El mayor problema de Crosscurrent es su innecesaria intensidad y su ritmo lento y excesivamente reflexivo. La grandilocuencia que se desprende del argumento, con unos diálogos lapidarios y escenas repetitivas hasta la saciedad, hacen languidecer a la cinta y emborronan las posibles lecturas que pueda tener (una de ellas, la propagandística, haciendo alarde de los logros del pueblo chino enfrentándose con éxito a los desafíos de la madre tierra). Con todo ello, nos deja la sensación de que hay mucha menos reflexión de la que hace gala, y quizás por ello vaya introduciendo por el camino ideas y conceptos más cercanos a la tradición y la espiritualidad provenientes del budismo, como en un intento de establecer un sello de calidad a sus divagaciones.

Victor Blanes, El antepenúltimo mohicano

Insoportablemente pretenciosa en su intento de generar lirismo, durante su primera mitad se empeña en que no entendamos nada y durante la segunda se dedica a explicarlo todo

Nando Salvá, Cinemanía