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En esta cuarta jornada de la Berlinale, la prensa española ha puesto todos los ojos en A Quiet Passion, nueva cinta del británico Terrence Davies que ya estrenó en el pasado Festival de San Sebastián su anterior film Sunset Song. También destacan Cartas da guerra, 24 weeks y While the Woman are Sleeping, adaptación de una novela de Javier Marías

A Quiet Passion

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Y sobre esta piedra, digámoslo así, Davies funda uno de sus trabajos más intensos, más conscientemente heridos. Desproporcionado, sin duda.

La cámara apenas se mueve siempre pendiente de la profundidad, perfección e intensidad de un encuadre sostenido en el límite exacto entre la realidad y el sueño. Los personajes reducen cada uno de sus gestos, cada una de sus expresiones, todas y cada una de sus palabras, a la herida de un drama que se antoja eterno. No lo llamen intensidad. Duele más. Sobra lo banal, adiós a nada que no se corte hasta desangrarse en las afiladas aristas del alma. Suena tremendo y lo es. Cynthia Nixon, Jennifer Ehle y Keith Carradine simplemente se dejan llevar de la mano de una de las pocas miradas irrefutables del cine contemporáneo. Es así.

Luis Martínez, El Mundo

Una historia trágica que se eleva todavía más gracias a la contención demostrada por Davies en los momentos de mayor gravedad respecto a la dirección de sus actrices y su obsesión por la delicada, elaborada y cada vez más compleja concepción estilística de sus obras. Todo esto con unos diálogos tan bien escritos como interpretados con autenticidad, brillante ingenio y humor que durante gran parte del metraje configuran una comedia de costumbres digna de Jane Austen.

Ramón Rey, VOS Revista

El autor de The Deep Blue Sea plantea una trama cocida a fuego lento para que el desenlace sea lo más alentador posible. No obstante, sus seguidores echaron de menos su maestría de antaño, que no hubiese permitido esa voz recitando los poemas con impasibilidad, la rigidez del plano fijo, la escasez de flashbacks y escenas oníricas o, incluso, un uso de la música tan inferior en comparación con el resto de su filmografía. Sin lugar a dudas, A Quiet Passion está lejos de considerarse una obra fallida, pero no es nuestro Davies.

Carlota Moseguí, Otros Cines

El placer de A Quiet Passion no cabe encontrarlo tanto en el reflejo de un biopic al uso, como en la manera en la que su director ha decidido enfocar a una mujer definida, a parte de su poesía, por su marcada independencia, cuestionada a lo largo de toda su vida por aquellos que la rodeaban, culpando en parte a su agnosticismo de la soledad a la que ella misma acabó abocándose. No es un placer que sea de digestión sencilla pero hay que decir a favor de Davies que en ningún momento enseña las cartas equivocadas, todo lo contrario. Inmediatamente uno se dará cuenta de si entra en la propuesta o prefiere quedarse fuera, cuando a los cinco minutos, una preciosa Emma Bell (vista en The Walking Dead) encarnando con mucha candidez a una joven Dickinson, acuda al teatro a presenciar una ópera y la cámara decida captar, en un plano general fijo, al grupo familiar disfrutando de la obra a lo largo de un minuto.

El amor del cineasta hacia ella es infinito. Lo demuestra en cómo dirige a Nixon, en las frases que le ha brindado y en la imagen final con la que cierra la película, pero precisamente esa reverencia le impide ser un poco más natural en las formas, como si temiera traicionarla al tomarse libertades. Idealización que tampoco incide del todo en su declive psicológico, no lo suficiente para ser canon, como tal vez le gustaría a Davies. A pesar de ello, es un trabajo que los seguidores más estetas del cineasta seguramente sabrán apreciar, regido por una solemnidad marcadísima y, sobre todo por el amor, incluso exacerbado, de un director hacía su musa.

Gonzalo Espinosa, El antepenúltimo mohicano

Cartas da guerra

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Con muchísimo talento ha resuelto la adaptación de forma sonora: en pantalla se ve ese día a día más rutinario que bélico, en un blanco y negro retrospectivo, mientras se escucha en off la lectura de las misivas por los actores que encarnan a Lobo Antunes y a su esposa.

Gregorio Belinchón, El País

Una voz en off recorre pautada y precisa la sensación de pérdida de un grupo de hombres arrinconados en el peor lugar del mundo. Cualquier guerra lo es. El problema es la reiteración, el empeño por subrayar cada frase con otra, cada gesto con un grito y cada cadáver con el mismo infierno. Monocorde, triste y reiterativa, la película acaba por colocarse en ese sitio que nadie quiere: la indiferencia.

Luis Martínez, El Mundo

La narrativa de la película se quiebra en dos: por un lado la voz en off de la mujer leyendo los mensajes de su amado y por otro las imágenes de la rutina en el campamento y su relación con el resto de compañeros del protagonista. Aunque bellamente rodada y aprovechando de forma impecable la fotografía en blanco y negro de la que hace uso, Letters from War está compuesta por imágenes que no parecen suyas sino más bien tomadas prestadas de otros films. Esto surge tanto de lo sistemático de su recorrido por espacios y situaciones que parecen ajenas a la escala íntima del planteamiento del relato, como de una voz en off que lanza todo su discurso sin descanso al espectador, despojando de significado a lo visual.

Ramón Rey, VOS Revista

Ferreira se apropia de los momentos en que el cronista relata un suceso al azar y lo reproduce añadiéndole un preludio y un epilogo totalmente inventados. De este modo, además de darnos la posibilidad de escuchar el contenido de las cartas, Ferreira recrea cómo pudo ser la estancia de Lobo Antunes trabajando de médico al servicio del ejército en Angola.

Carlota Moseguí, Otros Cines

Es en verdad una cinta mayormente epistolar, que deja escaso espacio al relato convencional, dominada como está por una constante voz en off. También rodada en hermoso blanco y negro, recuerda poderosamente a la estimulante película de Gomes, pero, al contrario de aquella, carece de cualquier asomo de sentido de la ironía, porque de lo que aquí se trata es de dar profundidad a la introspección desde el lirismo exacerbado. Curiosamente, la falta de distanciamiento está bañada en fría redundancia, y el resultado, aunque bello, es moroso y reiterativo.

Sergi Sánchez, Fotogramas

De manera paralela, la narración visual transcurre en blanco y negro, con una impecable fotografía que apuesta por el uso contraste y la cuidada organización de los elementos en cada plano. Los hechos descritos en este lenguaje, muy a pesar de la calidad pictórica, recrean las situaciones, digamos, bélicas, con menos soltura, ya en el límite entre lo evidente y lo predecible. La decepción ante esta disonancia en el ritmo se hace notable y quizás desmerece el resultado total. Sin embargo, no ha de entenderse con esto que estamos ante un filme mediocre; posee virtudes muy interesantes que hacen destacar el trabajo de su director. Y, por encima de todo, vale la pena asistir al esfuerzo en una propuesta de estas características, a medio camino entre lo visual y lo literario.

Gonzalo Espinosa, El antepenúltimo mohicano

24 Weeks

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24 weeks, de Anne Zohra Berrached, es un drama en el sentido más ritualizado del término. Una mujer descubre que el hijo que viene tiene el síndrome de Down. Y no sólo eso. Además, sufre una dolencia cardíaca. Sobre este punto de partida, la directora se deja llevar por los rigores del asunto sin aportar nada que no se antoje rigurosamente previsible. Y ello sin concesiones. Es decir, sólo atenta a ese instante en el que la tentación pornográfica y televisiva se confunde con los buenos sentimientos. Es triste. Se mire por donde se mire.

Luis Martínez, El Mundo

Lo que podría ser una interesante observación sobre la posible ambigüedad ética y las ramificaciones de ideas como la libertad sexual y el control del propio cuerpo y la percepción de los demás, se aleja hacia la exageración y con ella de cualquier consideración posible de enfrentamiento de posiciones encontradas, acabando con cualquier valor que se pueda extraer de la tesis defendida en su metraje.

Ramón Rey, VOS Revista

No es más que un telefilme de sobremesa que pretende debatir el derecho al aborto abriendo en canal la demolición de una pareja enfrentada a un doloroso dilema moral. El problema no reside en lo convencional de sus formas sino en lo discutible, por sensacionalista, de sus recursos dramáticos. Si la película parece más preocupada por relatar el proceso emocional por el que pasa la madre, no tarda en desmentirse a sí misma en un clímax morboso, y a todas luces innecesario.

Sergi Sánchez, Fotogramas

24 Wochen (en inglés 24 Weeks) navega en aguas turbulentas y no a nivel temático (que, a priori, sería lo más peligroso), más bien a nivel de representación. El problema viene, en primer lugar, con el ritmo al inicio de la cinta. La inclusión de imágenes evocadoras, con voluntad poética y referencias al agua o a la infancia, que sirven como nexo entre escenas ralentizan el desarrollo y aportan un aura que se siente ajena. Otras decisiones como la visita a la iglesia o las apelaciones al espectador mediante la mirada directa y desafiante a cámara de la protagonista desconectan de una estructura que, en sus mejores momentos, invita a la reflexión sin gritos ni prejuicios, pero que no esconde su mensaje.

Gonzalo Espinosa, El antepenúltimo mohicano

While the Woman are Sleeping

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La idea es componer un thriller entre la vigilia y lo otro; un cuento que se devore a sí mismo donde los papeles de todos cambian a medida que el relato avanza. Cuando nuestro héroe intente averiguar la verdad profunda de esa relación extraña, se verá de golpe inmerso en una historia ajena que, sin embargo, es también la suya. Por momentos, turbia, a veces simplemente perdida, y siempre desconcertante. Nada de lo anterior es necesariamente malo por separado. Lo que sí plantea dudas es verlo todo junto y todo tan lejos de la limpieza de un relato original que deposita en su cercanía, en su claridad, toda su capacidad de convicción y ruina. Es decir, Wang leyó otra cosa.

Luis Martínez, El Mundo

Wang no consigue mantener el interés del espectador e incurre además en el error de alargar excesivamente el metraje. Lamentablemente, y en la humilde opinión de estas manos, While the women are sleeping ha concluido como un experimento fallido basado en buenos antecedentes. Otra vez será.

Luis Enrique Varela, El antepenúltimo mohicano