La gran belleza es una búsqueda constante. Una búsqueda de la propia belleza, así como de la satisfacción vital que se obtiene de encontrar esta quimera. Decenas de personajes transitan con o sin rumbo fijo con una necesidad casi enfermiza de encontrar esa belleza, intangible e indefinible pero totalmente reconocible cuando se presenta ante uno.

Y entre todas éstas búsquedas, quizá una de las menos llamativas sea la de ésta escena. Fuera de todos los personajes protagonistas se encuentran los condes Colonna di Regio, una pareja de nobles en horas bajas que aparecen como el recurso de Jep Gambardella para dotar de pompa y circunstancia a una cena que así lo requería, pues debía contar con la presencia de otros dos nobles que no pudieron personarse en ese momento. Las circunstancias de la cena son irrelevantes; la figura de estos dos nobles no: son condes de alquiler.

El propio concepto es llamativo: los condes Colonna di Regio pasan una mala (muy mala) época, viviendo en un sótano de lo que posteriormente resulta ser el propio palacio familiar, y viven, a sus ochenta primaveras, de alquilarse para asistir a fiestas y actos de la más alta alcurnia como simples objetos decorativos de una sociedad que, como se encarga de contar de mil y una formas la propia película, es todo apariencia, vacío y mundanidad.

Posteriormente a la escena de la cena se encuentra la escena de la que voy a hablar. En ella, la condesa Colonna di Regio se excusa ante su marido diciéndole que va a “subir”, a lo que éste responde “no tardes”. A donde la noble anciana sube es al museo que hay en lo que antaño sería el palacio familiar, y que ahora sirve como atractivo turístico; un lugar donde descubrir a la antes famosa y poderosa familia Colonna di Regio.

Mediante un plano secuencia que persigue y posteriormente se enfrenta a la condesa, Paolo Sorrentino consigue de una forma perfecta lo que se proponía: describir la pérdida. La condesa corre por los pasillos del museo hasta llegar a una sala a oscuras, donde hay un coche de bebé enclaustrado en una vitrina. Ésta introduce una moneda en un aparato que recitará, con una voz programada, la historia de ese cochecito de bebé, mientras la cámara gira 180 grados para colocarse detrás del cochecito y apuntando a la condesa.

Mientras la voz recita la historia, la cara de la condesa se va convirtiendo en la verdadera imagen de la tristeza: el coche no es otro que el suyo, en el que ella se crió, recuerdo imborrable de un tiempo mejor, cuando la vida era fácil para ella. La opulencia de la nobleza, la felicidad de ese pasado en lo más alto de la sociedad se contrapone a la realidad, haciendo más doloroso si cabe el recuerdo. La realidad es que vive con su marido en el sótano de lo que antes era su palacio, humillada y olvidada por los que antes eran sus iguales. Desde luego que no lo ha perdido todo, pero ha perdido el eje de su vida, ha perdido su apariencia, su máscara. La misma máscara que intentan preservar los personajes de la película y que, en este caso, ha desaparecido. Sólo cuando les pagan pueden fingir volver a ser lo que eran antes, aunque sea solo ante los ojos de la gente que no les conoce.

Todo esto es lo que esconde la mirada triste y casi aterrada de la condesa Colonna, al admirar por enésima vez la belleza del cochecito de bebé que usó de pequeña, que no es otra que la belleza de los recuerdos, del pasado. Y todo esto es lo que consiguió Paolo Sorrentino en un plano de un minuto de duración.