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En algún momento del día D, tras la exitosa ofensiva aliada, un grupo de soldados norteamericanos pasa junto a un pequeño grupo de prisioneros alemanes, que se encuentran apoyados junto a un montículo de tierra. Los paracaidistas americanos no tardan en burlarse de estos últimos, hasta que uno de los primeros se dirige a uno de los soldados derrotados y le pregunta, en tono jocoso “¿De dónde eres, hijo?” como si este pudiese entenderle. Pero le entiende. “De Oregón” (Estado de EEUU), responde el soldado alemán. El americano, que pretendía continuar la marcha, pronto se detiene y se queda mirándole atónito. Tras intercambiar un par de preguntas más, ambos se dan cuenta de que eran prácticamente vecinos. “¿Qué haces vestido así?” Pregunta el americano, tratando de comprender por qué un tipo tan americano como él podía encontrarse en esas circunstancias. Resulta que los padres del soldado derrotado eran alemanes, y cuando estalló la guerra decidieron acudir al llamamiento de la madre patria para apoyar a su tierra natal. Y el destino se encargó del resto. “¡Deja de confraternizar con el enemigo!” se escucha de fondo. Pero a ojos del soldado aliado, el enemigo ha dejado de serlo para convertirse en un vecino, en un amigo y, en definitiva, en un ser humano más.

No sólo es una escena de la maravillosa miniserie Hermanos de sangre, sino también una anécdota real. He recordado este momento porque, en esencia, representa el núcleo del mensaje de esta pequeña gran película estonia que es Mandarinas, retrato claramente antibelicista sobre un conflicto armado que enfrentó a georgianos y chechenos a principios de los 90. No obstante, el film pronto se encarga de mostrarnos que es sólo una más de tantas guerras por algún estúpido motivo de tantos.

Durante una escaramuza, un soldado de cada bando resultan heridos ante la casa de un anciano que, obstinado, se niega a abandonar su hogar. Gracias a la ayuda de un par de amigos del anciano, los soldados sobrevivirán, pero se verán obligados a “olvidar” sus odios para recuperarse del todo.

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En algo menos de una hora y media, y mediante un extraordinario guion, el estonio Zaza Urushadze se basta para hacerse con los elementos justos y necesarios para hacer que la película funcione como un reloj en todo momento, con apenas cuatro personajes, sencillos pero muy bien definidos, que con cada escena y cada diálogo van descubriéndose entre sí más y más capas, hasta el punto en que lo que en principio resulta obvio a ojos del espectador acaba finalmente resultando igual de claro para esos dos soldados enfrentados. Es esa suave transición a través de la lenta pero firme desintegración de conceptos como “enemigo” o “bando” lo que hace de ‘Mandarinas’ algo especial, el cómo mediante una serie de acertadísimos recursos ambos soldados se ven forzados a dialogar entre ellos y buscar en su cabeza y sus entrañas la verdadera razón por la que combaten.

Religión, raza, país, historia, e incluso música. Son algunas de las claves que parecen encontrarse detrás de la guerra. Y sí, llega un punto en la película en la que el espectador se olvida de ese conflicto en particular, ya que todo lo que sucede a lo largo del metraje representa algo desgraciadamente universal, que bien podría suceder hoy o hace cien años. Creo que Urushadze acierta de pleno a la hora de abstraer ese contexto bélico y social para ubicarlo en una especie de “burbuja” espacio-temporal aparentemente ajena al mismo, en el que poder estudiar la condición humana en un plano individual, en dicho contexto bélico. Personalmente, y enlazando con la secuencia descrita más arriba, siempre me ha resultado fascinante lo mucho que cambia la percepción colectiva, fría y lejana que puede tener un bando respecto del enemigo, frente a aquella que tiene el ser humano, como individuo, cuando llega realmente a conocer aquello que, “por razones x”, debe odiar y exterminar. En este sentido, pienso que ‘Mandarinas’ da en el clavo en su reflexión final, así como en su sabia exposición.

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Sin embargo, el film va más allá de esa zona de confort-estudio al introducir inteligentemente en la trama diversos imprevistos propios de la guerra, que desviarán inevitablemente el transcurso de la historia, haciendo a su vez que los personajes evolucionen y modifiquen sus roles en favor del bien común. Siguiendo con esto último, es quizás esta una película que peca de optimista respecto a su visión del ser humano como individuo, y cuyo mensaje puede acabar resultando obvio y redundante, pero al final, cuando aparecen los créditos, nos damos cuenta de que ese mensaje no debe ser tan obvio cuando a día de hoy existen tantas guerras y conflictos armados ocasionados por el ser humano, como colectivo.

Concluyendo, y siguiendo esta línea optimista, siempre que veo películas como esta pienso que incluso de algo tan terrible como la guerra pueden surgir cosas maravillosas. Posiblemente sea un pensamiento autocomplaciente y un poco cursi, pero oye, no deja de ser cierto.

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Ficha técnica:

Título original: Mandariinid (Tangerines) Director: Zaza Urushadze Guión: Zaza Urushadze Música: Niaz Diasamidze Fotografía: Rein Kotov Reparto: Lembit Ulfsak, Giorgi Nakashidze, Misha Meskhi, Elmo Nüganen, Raivo Trass Distribuidora: Karma Films Fecha de estreno: 30/04/2015