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El ascenso y caída de M. Night Shyamalan como autor de culto, de múltiple nominado al Óscar por su tercera película a múltiple ganador de Razzies, de ídolo de jóvenes cinéfilos a objeto de parodia y ridículo en Internet, y todo en menos de una década, es una historia tan extraña como las que el propio director gusta de elaborar, con giros tan inesperados como los de sus filmes. Tanto, que quién sabe si su carrera aún no nos deparará alguna sorpresa más: al final puede que resulte que todas sus películas formaban un elaboradísimo conjunto donde incluso los razzies estaban pensados como parte de una rompedora performance que revolucionará el mundo del arte y lo consagrará como el Miguel Ángel de nuestros tiempos (previa bendición de los popes de Cahiers du cinéma). 

Personalmente, nunca me he situado en ninguno de los dos extremos respecto de él. Ni me apasionó El sexto sentido ni me parece que después haya sido un director horroroso. De hecho, evaluándolo como director, más allá de sus guiones, me parece que su uso de la cámara es digno de encendidos elogios: pocos de los que se dedican a hacer cine de género (fantástico, de suspense o de terror) saben dejar fuera de campo tan bien como él para provocar inquietud, pocos manejan tan bien el punto de vista para que el espectador ignore y tema lo mismo que su protagonista, y pocos utilizan tan bien un sutil temblor de la steady-cam para evocar la zozobra o el escalofrío. Quizá por eso los de Cahiers du cinéma siguieron dándole su bendición durante un par de películas más que el resto del mundo, alabando mucho tanto La joven del agua como El incidente. El problema de Shyamalan, seguramente, no esté en su pericia cinematográfica, sino en su empeño en convertir sus guiones en metáforas que, de tan transparentes y perfectamente calculadas, resultan obvias, con un tono ligera pero molestamente aleccionador, a veces incluso un poco tontorrón.

Ese era para mí, desde luego, el problema de Señales o El bosque, pero antes de ambas y justo después de su gran consagración con El sexto sentido, hizo una película más pequeñita, aparentemente menos ambiciosa, que muchos quisieron poner a la sombra de su predecesora pero que, en realidad, era más sutil y personal, más sincera y conmovedora, y verdaderamente inteligente en lugar de listilla.

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Para empezar, El protegido es una película con varias lecturas y meandros, en la que Shyamalan, por una vez, no nos indica un único significado, un camino y una moraleja con luces de neón, sino que se atreve a dejar interrogantes abiertos y alternativas solamente sugeridas. Podríamos, incluso, dudar de si es o no una película de superhéroes. Hay, sí, un personaje obsesionado con el mundo de este tipo de cómics, pero cabe la duda de que todo lo que sucede pueda no ser sobrenatural, sino la interpretación desquiciada que uno o más locos puedan hacer de una serie de circunstancias y coincidencias sorprendentes pero no necesariamente imposibles. En ese sentido, quizá no sea tanto una película de superhéroes como una película sobre los superhéroes, o incluso, rizando el rizo, una película sobre las películas de superhéroes, o sobre el fenómeno de los superhéroes más allá del cine. Aquí es importante recordar que es del año 2000, es decir, anterior a la actual explosión de ese mundo como género cinematográfico: el cómic ya había producido cosas como los Batman de Frank Miller o el Watchmen de Alan Moore, obras que cuestionaban la propia mitología que cultivaban y se volvían más reflexivas. En cine, en cambio, aunque los Batman de Tim Burton, 10 años antes, habían apuntado (que no explorado) esa vía, los Batman de Joel Schumacher la arruinaron y otros fracasos como The Shadow o The Phantom sugerían que el superhéroe era algo pasado de moda. Por tanto, cuando llega Shyamalan y hace El protegido, no solo se estaba adelantando a la moda cinematográfica que en breve estallaría, sino que estaba también reflexionando sobre lo que en el mundo literario ya era una realidad, sobre el fenómeno de humanización del superhéroe, y el cuestionamiento de lo que significa en el contexto de nuestra cultura (y sobre todo de la cultura americana).

En cierto modo, el film puede considerarse como la película de superhéroes para quienes no gustan de las películas de superhéroes, tal es la medida en que Shyamalan acerca el concepto a la cotidianeidad e incluso a la vulgaridad: cuando comienza todo, vemos a nuestro protagonista, un adecuadamente taciturno Bruce Willis, hacer algo tan prosaico como quitarse la alianza del dedo para ligar con una jovencita en un tren, dejando bien claro que el purísimo amor de Superman por Lois queda para los tebeos. A partir de ahí, no podemos sino esperar una revisión total de lo que un americano medio espera de un superhéroe, y de lo que supondría la hipotética existencia de superhéroes entre nosotros. Aquí “nuestro hombre” se nos presenta desde el momento como hombre de familia (esa “familiaridad” del superhéroe acentuada), pero uno tan falible que podría traicionar a esa familia, como el viajante más mediocre de Arthur Miller.

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Pero los derroteros que tomará la cosa son otros, si bien nunca dejaremos de explorar el posible (súper) heroísmo desde los ojos de alguien como tú y como yo, de alguien con miedo, con dudas, con frustraciones y desengaños. Aquí Shyamalan no puede evitar esa metáfora que tanto le gusta, pero al menos esta vez es una metáfora hermosa: el superhombre es solamente ese hombre que soñábamos ser de niños y que somos incapaces de ser de mayores, y esa frustración puede amargarnos más de la cuenta si no hacemos algo con ella, o contra ella. Además de ser una reflexión hermosa sobre la fascinación que ejerce el superhéroe y sobre la necesidad del ser humano de intentar alcanzar su potencialidad, su autor sabe contarla con hondura, con cuidado por el detalle y con realismo en el retrato de personajes (qué bien delineada esa relación paterno-filial y conyugal, y qué bien interpretada, sobre todo por Robin Wright). Y también sabe ramificarla, con algún apunte brillante sobre la villanía como la otra cara de la moneda de la misma frustración. Es más: hace todo ello sin dejar de ser un gran director de género, porque con tanto hablar de metáforas, reflexiones y pequeños dramas parecería que Shyamalan dejó de ser Shyamalan en esta ocasión, y eso no es cierto. El film es inquietante, tenso y visceral como todos los suyos, solo que además funciona estupendamente a otros niveles.

Decir que es la película de superhéroes para los que no gustan de las películas de superhéroes no significa, sin embargo, que no guste a los fans del género, porque sí lo hace: es solo que también pueden disfrutarla quienes no lo son. Y el que suscribe dice esto sin asomo de tirria por ese tipo de cine, que lo hay muy bueno. Pero quizá, ante la proliferación aparentemente interminable y decididamente masiva de secuelas, precuelas, spin-offs, compendios, sagas y, en general, permutaciones de infinitos elementos tomados de cuatro en cuatro, o ante lo apabullante del despliegue de efectos digitales y set-pieces, puede ser refrescante para casi todo el mundo volver a algo más esencial como es este film, donde el superhéroe nunca deja de ser un personaje complejo, donde el misterio y la fantasía no necesitan de aderezo en post-producción para resultar intensos y emocionantes, donde, en definitiva, lo que cuenta es lo que siempre ha contado en el cine: el ser humano, tenga o no superpoderes.