Mia Madre de Nanni Moretti

Shots from "Mia Madre"

No estamos acostumbrados a ver honestidad pura en pantalla, siempre hay algún elemento que pondrá distancia entre los artistas y la obra, una forma entendible de protección. 

En su última película, Moretti lanzará esta condición por la borda, desde el primer minuto pondrá una lupa enorme apuntando a su mente y corazón.

La directora italiana Margherita se encuentra en medio del rodaje de su última película en la que el personaje principal es interpretado por un olvidadizo y orgulloso actor americano. Al mismo tiempo, su madre está en el hospital, lugar al que volverá una y otra vez para buscar una estabilidad y lugar de confianza que necesita desesperadamente.

El tema del cine dentro del cine estará más presente en los dos primeros tercios, al igual que sueños, pesadillas, flash-backs y frustraciones que junto al drama de ver alejarse a tu madre poco a poco consiguen un sorprendente equilibrio que funciona gracias a que se tira al vacío sin miedo alguno.

La directora italiana se cuestionará en repetidas ocasiones si debería cambiar sus reglas cinematográficas, si está estancada, si debería ser más ligera, momento en el cual empieza a sonar Leonard Cohen y se mezcla lo onírico con el pasado. No, no puede estar más lejos de ser ligera.

Justo como el propio Moretti, capaz de pasar de provocar grandes carcajadas a erizar pelos en cuestión de segundos, tal es la confianza de Moretti en el material.

A Margherita cada día se le presenta un problema con el que tiene que convivir, fallos en la producción de su film, el estado de su madre, problemas con su novio y dificultades estudiantiles de su hija. Estamos en la primera mitad, más libre y juguetona, por lo que esos problemas le seguirán literalmente mientras intenta despejarse al pasear.

Tuturro sirve única y maravillosamente de alivio cómico, cada aparición provocó sonoras risas en la sala. Histriónico, falso y expresivo, se antoja necesario para aliviar todo el peso dramático que sostiene el relato.

Mia Madre es una deliciosa y sincera carta de amor al cine como el medio artístico perfecto para sincerarse y demostrar el amor maternal.

Carol de Todd Haynes

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“La brutal y hermosa geometría del amor”. Había oído esas tres palabras en cientos de películas. Sin embargo cuando se pronuncian en Carol una corriente recorrió mi columna vertebral, erizó mi piel y me hizo exhalar de emoción.

Si un viajero del tiempo me dijera que el último film de Todd Haynes se va a convertir en un clásico del drama romántico no me sorprendería en absoluto. Pues además de no parecer tener algún fallo reseñable en ningún nivel, le recubre un aura de película intemporal, importante.

Ningún elemento está puesto al azar, cada plano y encuadre está pensado con el objetivo de transmitir una idea o sentimiento, especialmente el bloqueo de personajes, la separación por líneas verticales y la unión en de la imaginería circular.

Therese (Rooney Mara) trabaja en una tienda de juguetes pero aspira a ser fotógrafa. En un ajetreado día de Navidad conocerá a Carol, una mujer adinerada y segura de sí misma de la que se enamorará a pesar del ambiente hostil de la época.

Descrito así no parece más que otro simple drama romántico con el pequeño añadido de que se trata una relación lésbica. Pero el americano poblará el relato de ideas importantes, básicas pero expuestas con una claridad y belleza que apabullan y dejan a uno enamorado.

Hablando de enamorar, Cate Blanchett vuelve a demostrar que podría seducir a cualquier ser vivo. Carol sólo expone fuerza y confianza, pero muy poco a poco podremos ver qué es lo que le conmueve y aterroriza. Como decía todo está tan milimetrado que el guión sitúa la primera bajada de la barrera en una conversación telefónica, aún es temprano para que se derrumbe cara a cara.

Therese mira con melancolía ciudades de juguete, donde todo es perfecto, vende el estereotipo de juguete de niña pequeña, muñecas. Sin embargo acabará vendiendo un tren de juguete cuyo circuito es un círculo ovalado. Rooney Mara ofrece una interpretación contenida, como ha debido estar Therese toda su vida, insegura de sí misma, pero que con la ayuda de Carol conseguirá verbalizar sus problemas en una escena que te romperá el alma.

El film abre con un primer plano del alcantarillado rectilíneo de la ciudad, que esconde lo que ve como amoral y prohibido debajo de ellos.

El amor será referenciado como un círculo que desafía a las rectitudes físicas y morales de la ciudad, incluso la estructura narrativa de la propia película se comprometerá con esta idea.

Carol y Therese se encontrará en la misma habitación que otros personajes pero estarán separados por tabiques y columnas, rompiendo con las normas de heterosexualidad, con la concepción que los demás tienen de ellos, profetizando rupturas sentimentales.

Quizás el mejor uso de este recurso se encuentra en una conversación que mantienen las dos protagonistas de noche en un coche. En un plano sostenido la oscuridad, el esconderse permitirá que no haya separación. De repente pasará un coche, sacando a la luz una pequeña tabla que las separa en el encuadre, los demás no pueden saberlo, no deberán exponer su relación.

Es desgraciadamente inusual la poca importancia dada al lenguaje cinematográfico, a los encuadres y posición de los personajes pues el buen uso de estos logra que una buena escena  pase a ser gloriosa.

Si no quedaba claro el compromiso a usar el lenguaje audiovisual Haynes retomará esas tres palabras y las traducirá a la gramática visual volviendo a provocar escalofríos de emoción.

Los diálogos son sencillos y sinceros, llenos de verdad, ganando tiempo, no tiene la necesidad de alargar escenas pues las dibuja de forma clara con unos simples y efectivos trazos.

Nahid de Aida Panahandeh

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Volver a contar historias de sobra conocidas sólo pueden tener éxito con dos vías: subvertir las expectativas e intentar algo nuevo basado en las raíces de siempre o repetir esquemas clásicos de forma impecable.

La primeriza Aida Panahandeh va a lo seguro y utilizará personajes clichés que conocemos desde hace décadas. 

Nahid es una madre divorciada que sobrevive a duras penas con su hijo en Irán. Su custodia se basa en el impedimento de volver a casarse con otro hombre. Esto será un problema pues Nahid está enamorada.

Por supuesto el padre es un drogadicto que apuesta en partidos de fútbol regional que quiere “tanto” a su hijo que le hace reír con chistes tontos. El novio de Nahid es el clásico adulto responsable que le puede ayudar económicamente.  El hijo es un pequeño pilluelo que se escapa de clase para ir a un bar de adultos. La protagonista encarna el canon de mujer inteligente, fuerte, preocupada por la educación de su hijo y con problemas para pagar el pequeño apartamento en el que sobreviven.

Es cierto que intenta darle un matiz a la protagonista, llevándola a la desesperación, haciendo que tenga que hacer cosas no muy morales. Sin embargo, no existirá tensión ni sensación de peligro real con estas pocas escenas mínimamente interesantes.

A nivel de la dirección la iraní está tímida, sosa, repetirá hasta 3 veces un mismo encuadre que sólo funciona una vez, gracias al color gris del cielo que evoca la pena de los personajes. 

Las escenas en el apartamento son indistinguibles una de otra ya que las rueda una y otra vez de la misma forma, llegando a aburrir aunque el diálogo estuviera algo más inspirado. Y es una lástima porque cuando se atreve a jugar con el encuadre en un par de ocasiones logra crear imágenes estupendas, con significado. Curiosamente las dos serán en un coche, una niña observa desde dentro a los adultos y en la otra la luz se apagará en el rostro de Él cuando se cierre la puerta del vehículo.

La directora regresará en demasiadas ocasiones a mostrar unas cámaras de vigilancia que, sí, tendrán importancia en la trama, pero sobreexponerlas de esta forma resta impacto.

Es extraño porque en numerosas ocasiones el montaje cortará diálogos expositivos necesarios para que la narración sea fluida. Podría parecer que quiere que no nos sintamos idiotas por tener que explicarnos todo pero a cambio nos perdemos y además no concuerda con la repetición de los temas e ideas que se encuentran en cada escena.

Maryland de Alice Winocour

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Maryland como Nahid elegirá repetir esquemas y personajes del género en el que se encuadra, el thriller. La diferencia es que la directora francesa Alice Winocour logra construir una primera mitad tan sólida y estimulante con los mimbres usuales que sólo con esa parte del metraje ya ha superado al drama iraní.

Vincent es un soldado de las Fuerzas Especiales francesas que arrastra un Síndrome de Estrés-Post-Traumático desde que volvió del campo de batalla. Para mantenerse ocupado y ganar algo de dinero acepta un trabajo como protector de Jessie y su hijo, familia de un empresario libanés que esconde su verdadero oficio.

La mayor virtud de Alice es el ritmo y absoluto control sobre el tempo, vital si quieres poner en tensión a toda una sala de espectadores que ya conocen los códigos del género. La estructura y detalles del guión también son vitales pues deben construir de dónde vendrá el suspense y acción. Durante el primer y segundo tercio todo está bajo control, estamos al servicio de la francesa y su brillante sentido de la planificación y conjunción de cámara lenta  y música electrónica. Incluso en la primera escena de acción, esta se ve limpiamente, montada de forma concisa, clara y brutal. El bajón llegará en la recta final donde la creación de la intriga sigue intacta pero la acción no está tan en forma como antes. Aún así el resultado es un notable thriller con similitudes estilísticas y temáticas con Drive que podría haber sido realmente brillante.

Ni le ciel ni la terre de Clément Cogitore

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El capitán Antarès Bonassieu nunca ha dejado un compañero atrás, siempre antepondrá el equipo por encima de la misión. En este caso se trata de vigilar un pequeño valle junto a la frontera de Pakistan con Afganistán. Una tarea sencilla a primera vista, sin embargo todo se torcerá cuando en la fría noche desaparezcan dos soldados sin ninguna explicación.

El francés Clément Cogitore nos ofrece aquí un intento de mezclar cine bélico, existencial, religioso y thriller. Casi nada. El inconveniente es que él mismo no parece creerse capaz o se ve demasiado atado al mundo militar como para dar rienda suelta a su imaginación. Todo se queda a medio gas y la película sólo vuela alto cuando se vuelve más rara e imprevisible, pero rápidamente volverá al anodino drama militar poblado por personajes que desconocemos y por los que no nos preocupamos.

Es como si hubiese querido hacer realmente una película sobre ciencia contra religión, sin embargo tampoco se comprometerá a ello y dejará tantas cosas en el aire que conseguirá el aburrimiento del respetable. La desesperación de los soldados será mostrada pero no transmitida, la rabia enseñada pero no sentida, la dudosa moralidad llegará demasiado tarde como para que nos importe.