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Si en El Padrino. Parte III un cansado Michael Corleone hacía balance de su vida con funestas consecuencias, en La sombra del actor podría decirse que es el propio Al Pacino quien se sienta en el diván para mostrar sus arrugas, sus dolores de espalda, sus miedos y derrotas. Simon Axler, el personaje que interpreta Pacino en la película de Barry Levinson, ha sido un actor de aclamado prestigio y magnética presencia, un animal escénico que ha acaparado miradas y retenido el aire de la sala, un genio provisto de un arrollador carisma, que bien podríamos atribuir no sólo al menor de los hijos de Don Vito, sino también a Tony Montana o a Serpico. De algún modo, todas estas fuerzas de la naturaleza encarnadas brillantemente por Pacino parecen envejecer en el personaje de esta película. Resulta como si se mirasen todos ellos en el espejo sin comprender qué les ha pasado para perder su vigor, mientras comienzan a mezclarse entre sí, confundiendo los límites entre la realidad y la ficción, en el supuesto e improbable caso de que exista tal frontera. No queda otra opción, entonces, que el sinsentido, el despiste, la desubicación, y hasta la más lógica y temible de las depresiones. Todo ello concebido por Levinson al modo de una tragicomedia, donde las más o menos efectivas escenas paródicas quedan congeladas por la latencia de una rabia y una desesperación, que estallan con convincente estrépito en el formidable tramo final de la película.

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El contrapunto al personaje de Pacino lo aporta la joven Pegeen, interpretada eficazmente por Greta Gerwig, quien compone, con sobrio atractivo, el papel de un frío clavo ardiendo al que se agarra el decadente actor para evitar la crudeza de su no saber qué demonios le está pasando. De este modo, La sombra del actor pasa a ser no sólo una película sobre la pérdida de sentido del oficio de interpretar, sino también sobre la vejez, o tal vez, sobre un modo concreto de entender la vejez masculina. Si en Birdman, Iñárritu desplegaba una agria denuncia de las estructuras del show business, la película de Levinson –cercana en muchos puntos, menos audaz y más contenida- centra la mirada en la incredulidad y el desasosiego de una figura tan grande, que nunca pudo imaginar dejar de serlo; y lo hace sin esconder las referencias a los personajes shakesperianos, que el protagonista ha dejado de considerar meros papeles para asumir como propia personalidad fatídica. Podría decirse, entonces, que la extraña relación con Pegeen (antaño, adolescente fascinada por el actor en la plenitud de su madurez) le recuerda a Axler-Rey Lear su grandeza, sostiene a Axler-Macbeth por un tiempo limitado, engañoso y definitivamente patético, aun en sus retazos de turbia comicidad. Es reseñable, por tanto, que la película se titule certera y originalmente The Humbling (La Humillación), tal y como reza la novela de Philip Roth en la que se basa. “Un maldito cliché es lo que es”, se le oye decir al humillado personaje protagonista, mientras cuenta su historia a un terapeuta.

Y de la (im)posibilidad de contar trata también la película. Le pasa a Simon Axler lo que, de algún modo, si nos detenemos el tiempo justo de una pausa dramática, nos pasa a todos: que no sabemos si ocurre lo que ocurre, que todo parece abarcarlo la pantomima; o mejor, que experimentamos una diferencia entre lo que ocurre y lo que dicen que ocurre, entre lo que nos pasa y aquello que contamos que nos pasa. Y para que se dé esta diferencia no hace falta ni siquiera la mentira, pues se basta el mero acontecer de las cosas para que no lleguemos a atraparlas del todo, y tengamos que interpretar un papel que complete los vacíos, que se adapte a la historia de forma verosímil, pero siempre de un modo cojo y confuso, como, dicho sea de paso, le ocurre a la película de Levinson. Porque tal vez sea una manifestación de arrogancia llamar realidad a lo que nada más (y nada menos) es una representación. Aunque sólo sea porque no nos parece verdad aquello que no está bien interpretado, o porque le vemos las costuras a todo lo que no se muestra dramáticamente planificado para la función.

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Simon Axler conoce bien el peligro de caer en estas dudas hamletianas, y también el último Michael Corleone, y sin duda también el propio Al Pacino, tal vez ya tan harto de ser un mito andante, que prefiere descomponerse, no parecerse al que fue, amanerarse, teatralizarse, reinterpretarse a sí mismo en cada nueva aparición. Si interpretar un papel es contar una no-verdad de modo sincero, verosímil y convincente, ¿qué es, por el contrario, la verdad? ¿Hay alguna diferencia? Tal vez la sangre, dirán, pero les invito a no apresurar la respuesta.

3.5_estrellas

Ficha técnica:

Título original: The Humbling Director: Barry Levinson Guión: Buck Henry, Michal Zebede Música: Marcelo Zarvos, The Affair Fotografía: Adam Jandrup Reparto: Al Pacino, Greta Gerwig, Dianne Wiest, Kyra Sedgwick, Charles Grodin, Dylan Baker, Dan Hedaya, Maria Di Angelis, Nina Arianda, Victor Cruz, Li Jun Li Distribuidora: Wanda Vision Fecha de estreno: 24/04/2015