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A pesar de que el concepto de familia ha cambiado y evolucionado todo lo que ha hecho en los tiempos modernos es innegable que la familia, en su sentido más tradicional, sigue teniendo un enorme peso en el imaginario colectivo como uno de los pilares y sostenes de la civilización, ya sea como inculcadora de valores y educación de las nuevas generaciones como, a su vez, de último bastión que otorga seguridad ante los cada vez más frecuentes e imprevisibles vaivenes de la vida. Por esa razón convertir ante los ojos del espectador ese supuesto refugio que es el núcleo familiar en la fuente misma del horror, de las perversiones y de la violencia  resulta tan altamente perturbador,  y de ese fructífero campo de clanes, llamémosles disfuncionales, el género del terror y el thriller han sabido sacar siempre muy buenos réditos e, incluso, la comedia negra de la mano del irreverente John Waters de Los asesinatos de mama (1994).

La familia en cuestión aquí es la de los Parker, un clan que, aparte de los fuertes valores cristianos y tradicionales que, ostensiblemente, lo rigen bajo la estricta batuta de su patriarca, parece de lo más estable y convencional, algo reservado pero totalmente integrado en el apacible y bucólico entorno rural de una pequeña localidad de Estados Unidos, hasta que un día, a causa de una tormenta, es golpeado por una tragedia que hace que las dos hijas adolescentes se vean obligadas a asumir responsabilidades que van más allá de las de una familia típica para suplir el papel de su madre, básicamente la de llevar comida a la mesa, aunque no el tipo de comida que se puede encontrar en una tienda.

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Es importante reseñar que se trata de un remake de la película mexicana Somos lo que hay, de Jorge Michel Grau (2010), por dos motivos: Primero, porqué acaba resultando uno de esos no demasiado frecuentes casos en que el remake supera al original; y segundo (y en buena medida por lo que lleva al primer motivo), porqué sus notables diferencias respecto al material original la dotan de nuevo sentido y connotaciones más perturbadoras. Es significativo, por ejemplo, el hecho de intercambiar los roles masculinos con los femeninos del film original, pero no tanto como cambiar la ubicación de un entorno urbano a otro rural. En la película de Mickle, al transcurrir en un apacible pueblo donde lo poco que vemos nos muestra a una comunidad pequeña y unida, desaparece todo atisbo de la clara denuncia social del film original, una crítica mordaz que establecía un paralelismo y simbiosis entre la degradación de la sociedad y de la ciudad con la del propio núcleo familiar; por otro lado, ese factor de prestar tanta atención al corrompido entorno le restaba profundidad al tratamiento psicológico de los miembros de la familia más allá de leves bosquejos, donde se intuye mucho más de lo que nos cuentan. Otra diferencia crucial es que mientras en la versión mexicana apenas se explica la procedencia y motivos del “ritual” y no se establece ninguna connotación religiosa visible, en la versión norteamericana se establece un vínculo estrecho y muy ostensible con el fanatismo religioso ultra cristiano, lo que siempre ayuda a remover conciencias en el imaginario colectivo occidental respecto a un pasado no tan lejano (en algunos lugares mucho menos que en otros), donde el recurso a la religión justificaba barbaridades.

La versión que ahora nos ocupa, al desvincularse bastante de su entorno más allá de lo imprescindible, presta mucha más atención y cuidado en  retratar psicológicamente a los personajes, a las dinámicas malsanas dentro de la familia, apostando por una narración pausada, sin demasiadas escenas truculentas y dosificando la sangre, que la alejan del tratamiento excesivo, morboso y provocador tan propio del gore que han ofrecido películas como La matanza de Texas, de  Tobe Hooper (1974) o La casa de los 1000 cadáveres, de Rob Zombie (2003), con otros clanes disfuncionales de la América rural profunda de similares gustos gastronómicos. No, aquí los ambientes opresivos y ominosos se construyen gradualmente, ayudados por un gran trabajo de fotografía que retrotrae a la de Take Shelter (2011) y Mud (2012), ambas de Jeff Nichols,  jugando además con una hábil ambigüedad, inexistente en la original, en la primera parte del metraje que incluso hace dudar al espectador sobre sus sospechas iniciales, y llevando hábilmente la tensión in crescendo hasta un final impactante.  

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El trabajo de interpretación también es notable en general, sobretodo el de Bill Sage, el padre de familia que, aunque se muestra contenido en todo momento, no deja de proyectar una sensación opresiva y amenazante, sin necesidad de recurrir a los excesos e histrionismo del que en ocasiones hacía gala  Jack Nicholson al interpretar a su también trastocado patriarca de El Resplandor, de Stanley Kubrick (1980).

En definitiva, una buena película de terror psicológico que apuesta más por la narración pausada y la construcción atmosférica que por el exceso visual, lo que quizá la haga correr el riesgo de pasar desapercibida para aquel público más amante de la casquería gratuita.    

3.5_estrellas

Ficha técnica:

Título original: We Are What We Are Director: Jim Mickle Guión: Jim Mickle, Nick Damici Música: Philip Mossman, Darren Morris, Jeff Grace Fotografía: Ryan Samul Reparto: Julia Garner, Ambyr Childers, Bill Sage, Kelly McGillis, Michael Parks, Wyatt Russell, Nick Damici, Vonia Arslanian, Annemarie Lawless Distribuidora: La Aventura Fecha de estreno: 16/01/2015