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Vaya por delante que Jauja es una película en la que apetece estar y quedarse. Y estos dos verbos además dan una idea de la sensación que produce esta película de ser más un espacio donde entrar que algo que se nos proyecte activamente. El propio formato cuadrado de su imagen, con todo ese negro de la pantalla sobrante alrededor, y las esquinas redondeadas, crean la sensación de estar ante una ventana, una pequeña abertura casi secreta a un mundo de una belleza irreal en el que desde el principio vamos a querer adentrarnos. Incluso antes de que esa ventana se abra un rótulo ya evoca esa idea de que somos nosotros los que avanzamos hacia las imágenes y accedemos a un lugar mítico, cuando se nos explica brevemente que “jauja” era la supuesta tierra de abundancia que, como El Dorado, los colonos del nuevo mundo buscaban inútilmente, perdiéndose en el intento.

Cruzando ese hueco cuadrado, casi redondo, esa madriguera por la que nos colamos, se encuentran algunas de las imágenes más apabullantemente hermosas y misteriosas que el cine ha producido en los últimos años. Los colores podrían ser nada menos que los de Winton C. Hoch para las películas en technicolor de John Ford, especialmente La legión invencible y Tres padrinos y, perdón por el sacrilegio, hasta algún encuadre recuerda a los del maestro, y eso que su sexto sentido para la composición lo tengo por inimitable. Pero, junto a esas reminiscencias del cine clásico, y en contraste con ellas, el paisaje de la Patagonia, desértico como el de un western pero de otra manera, más enigmática y fría, y el premioso tempo y el estatismo que el director, Lisandro Alonso, imprime a cada toma, hacen que el eco clásico sea eso, un eco extraño que resuena en el vacío de un espacio casi alienígena.

Es en este mundo de belleza deslumbrante pero inquietante donde apetece estar y quedarse, casi como si Alonso sugiriera que la “jauja” del título, la tierra mítica soñada, no es otra cosa que el territorio llamado “cine”, o la propia película, un lugar donde perderse con gusto, el lugar del sueño y del cine soñado y recordado.

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Pero, a pesar de ello, hay algo frustrante en la experiencia de Jauja. Hay bastantes cosas frustrantes en realidad, pero la principal es que esos ecos de otros cines pasados es casi lo único que parece haber en ese paisaje mágico. El eco del western clásico sería el principal, y Alonso parece querer decir algo sobre la mítica que ese imaginario ha sembrado en nosotros, las ideas que ha implantado y cómo ha forjado la manera en que pensamos en la colonización de América por el hombre blanco. Y sin embargo, eso que Alonso parece sugerir suena a eco también, y el post western “cool” y lacónico, desde el Dead Man de Jim Jarmusch hasta el Meek’s Cutoff de Kelly Reichardt, resuenan en las imágenes diciéndonos algo que ya habíamos oído. Y cuando la película se transforma en la búsqueda de una hija por parte de su padre tampoco parece que estemos ante una reescritura original de Centauros del desierto, sino ante la reverberación de la reescritura ya hecha por Paul Schrader con Hardcore. Y cuando la locura ante el paisaje vasto e indomable hace acto de presencia tampoco oímos la voz de Lisandro Alonso, sino la voz distorsionada y lejana de aquella cólera de Dios que desató Aguirre. Y cuando ese paisaje que nos ha vuelto locos solo nos devuelve una sonrisa burlona y nos niega toda explicación, es el Peter Weir de Picnic en Hanging Rock quien se burla desde el pasado. Así sucesivamente; sí, la película está llena de sugerencias, desde la incomprensión de la cultura que el hombre blanco quiere dominar hasta lo indomable del paisaje que quiere hacer suyo, desde la fascinación de lo desconocido hasta los posibles orígenes psico-sexuales de esa fascinación y del deseo por dominarla… todo eso puede uno entrever o entreoír, pero todas ellas son sugerencias que suenan a déjà vu, y parecen además flotar sin relacionarse, sin que entre ellas formen un discurso coherente, no siendo sino fragmentos dispersos de otras voces que tenían más cosas que contar.

Quizá simplemente no sea necesaria la presencia de un discurso coherente, quizá el propósito de Lisandro Alonso no sea sino el reunir todas esas referencias en un espacio cinematográfico nuevo pero viejo a la vez, un espacio además fascinante y en el que, como decía, el espectador quiera quedarse para ordenar esos cachitos de otras películas como mejor le parezca, el equivalente fílmico al lienzo en blanco donde el espectador puede proyectar su imaginada obra de arte que él mismo compone. Sería un objetivo que puede ser interesante en sí mismo pero que también puede resultar algo estéril: se corre el riesgo de hacer una película “de festival”, exclusiva para un público que puede captar la multitud de referencias y reordenarlas, o incluso simplemente felicitarse a sí mismo por haberlas reconocido, ejercicio en verdad estéril donde los haya. Tal y como está planteado aquí, poco diálogo puede establecer el espectador con la obra cuando todo lo que sugiere el autor como objeto de reflexión y proyección está tan manido.

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No carece de importancia que, además, la película pierda algo de su fascinación inicial a medida que avanza el metraje: las imágenes siguen siendo poderosas, pero, a partir de un determinado momento, Lisandro Alonso parece temer que la película le esté quedando algo vacía y sin rumbo, e introduce elementos de intención tan claramente simbólica que parte del hechizo se rompe. Un misterio se vuelve menos misterioso cuando se nos da demasiadas pistas de que puede tener una solución, incluso aunque Alonso no tenga clara cuál es esa solución. En su primera mitad, o incluso más allá de ella, la escasa narración nunca deja de ser realista pese a su aire fantástico, y esa sensación de que la extrañeza puede ser posible es muy enigmática; pero, de pronto, una serie de elementos claramente fantásticos y simbólicos entran en juego y la inquietud desaparece, porque se ve demasiado la mano de Alonso moviendo los hilos aunque no sepa muy bien hacia dónde, hasta llegar a un final ligeramente decepcionante. Jauja resulta ser, a fin de cuentas, una película menos fascinante de lo que se cree.

Nada de esto quiere decir que la película no valga la pena: es menos fascinante de lo que se cree pero aun así tiene poder de seducción; tiene menos originalidad de la que se cree pero sigue siendo novedosa y extraña; casi todo lo que sugiere nos lo habían sugerido ya, y mejor, pero puesto todo junto, y en un mundo tan peculiar, vuelve a resultar interesante… Y, sobre todo, merece la pena pasearse durante casi dos horas por sus deslumbrantes imágenes. Pero es una película apta solo para cierto tipo de espectadores: inquietos, muy cinéfilos, muy pacientes y con ganas de sacarle el jugo a la experiencia incluso aunque, como a este espectador, le acabe sabiendo a poco. Y no niego, desde luego, que otros puedan sacarle más jugo.

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Ficha técnica:

Título Original: Jauja Director: Lisandro Alonso Guión: Lisandro Alonso, Fabián Casas Música: Viggo Mortensen, Buckethead Fotografía: Timo Salminen Reparto: Viggo Mortensen, Diego Roman, Ghita Nørby, Mariano Arce, Viilbjørk Malling Agger, Misael Saavedra, Adrián Fondari Distribuidora: Noucinemart Fecha de estreno: 12/12/2014