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Hablaba Joaquín Sabina en Calle Melancolía, de la mayor expresión de la soledad y el dolor en una ciudad en la que vagabas sin rumbo, sin recibir nada de ella a cambio, ni de sus paisajes, ni de sus habitantes. Si hay un barrio que habitar, que no parezca ninguna pradera, bien podría ser ese Vallecas en el que se centra la historia de Dioses y perros, la época en la que la escribió Sabina, allá por 1980, con una España sumergida en pura transición, no podía estar más cercana a la que atravesamos actualmente, y hasta su protagonista, un boxeador echado a menos, bien podría ser el propio Sabina en la portada de Dímelo en la calle. Sí, desde luego Dioses y perros es algo así como una canción de Sabina, hay muchas películas, especialmente películas madrileñas que saben como una canción de Sabina, jamás podría pensar que una película que sabe a Sabina podría ser una película mala. Que una película capaz de captar la esencia de las canciones del poeta ubetense pudiera ser mala, el problema es que si bien, la letra de Dioses y perros la compone Sabina, toda ella parece estar cantada por Auryn.

Son realmente seductoras las intenciones de la película dirigida por David Marqués, la historia de un ex-boxeador, atado a ese barrio vallecano por culpa de un hermano inválido del que se culpa por su dolencia, con su mejor amigo enterrado en un infierno de alcohol, y con la visión de una joven maestra como una llamada de esperanza a la posibilidad de escapar del infierno para empezar a vivir. Y si bien la película pretende ser un retrato desolador de una sociedad hundida en la mierda, todo se queda en eso, meras intenciones ejecutadas de la peor manera posible.

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Y es que, la película de Marqués falla desde su inicio, empezando por unos personajes acartonados, inverosímiles y realmente cargantes. Y es que el realizador es incapaz de optar por la sutileza, es como el realizador, que también ejerce de guionista junto a Kiko Martínez tuviera que subrayar cada uno de los rasgos de la personalidad de sus personajes, llevándolos hasta límites que en algunos casas sobrepasan los límites de la caricatura. Y es que bien podría haber sido su protagonista ese que como decía Sabina “quien viaja a lomos de una yegua sombría, por la ciudad camina, no preguntéis adónde”, y sin embargo, es un tipo anodino, aburrido, cuyas preocupaciones acaban por resultar terriblemente banales. Mucha culpa de esto lo tiene también todas las situaciones que tienen que atravesar, donde una vez en su pírrico guión, parece que todas ellas tienen que llevarse al límite, incapaz de encontrar el punto medio, de tocar la insinuación. Es como si absolutamente todo tuviera que ser terriblemente obvio, como un camino mostrado a un espectador al que se toma por idiota.

Y si a este terrible cuadro le quedaba algo para naufragar por completo, esto le llega en su ridículo final. Curiosamente las intenciones de éste, de lograr ser un gran clímax para redondear la historia de este hombre, además de dar la explicación a un título, cuyo lado metafórico era mucho más interesante, acaba consiguiendo todo lo contrario, ser terriblemente anticlimático por culpa de una de las decisiones más estúpidas de todas. Y es que las intenciones pueden ser nobles, sí, como las de una canción de Sabina ejecutada por un mal imitador, pero la interpretación acaba siendo aún más terrible.

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¿Qué es lo que más falla? Pues bien, no sabemos si los errores vienen, una vez más, de su ridículo guión apoyado en las más tontas conversaciones. La pésima realización, con una cámara inquieta de manera incómoda, en lo que parece más que una decisión creativa, de la incapacidad de encontrar un operador de cámara al que no le temblase el pulso. Y sobre todo, de la bochornosa interpretación de todo su reparto, especialmente los lamentables Hugo Silva y Megan Montaner, los cuáles parecen ser los primeros en no creerse demasiado lo que están haciendo, y cuya ausencia de química acaba resultando realmente preocupante. Y ahí, entre las más bellas intenciones que tiene la película, perdida en todo aquello que pudo haber sido y no pudo ser, Dioses y perros es sencillamente una película lamentable, incapaz e impotente, una lastimera versión de Calle Melancolía interpretada por la boy-band del momento, incapaces de entender el significado de aquello que fingen cantar.

Ficha técnica:

Título original: Dioses y perros Director: David Marqués Guión: David Marqués, Kiko Martínez Música: Mario de Benito Fotografía: Eva Díaz Reparto: Hugo Silva, Megan Montaner, Juan Codina, Enrique Arce, Elio González, Miriam Benoit, Ricard Sales, Albert Forner, Lucía Álvarez, Víctor Palmero Distribuidora: Splendor Films Fecha de estreno: 10/10/2014