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“La vida es como una caja de bombones, nunca sabes lo que te va tocar”. Esta célebre frase procedente de Forrest Gump define muy bien lo que supone visionar una película por primera vez. Cuando decides ver una película te puedes encontrar con un bonito envoltorio por fuera pero cuando la ves notas algo agridulce; una película que no tiene nada de especial pero luego te deja con un buen sabor de boca; o una película de la que no sabes absolutamente nada hasta su visionado y te deja fascinado, que te hace pensar que es la cosa más perfecta que has visto. Si una película te llega a encantar en su primer visionado, es porque tiene algo especial que no tienen las demás, la puedes volver a ver una y otra vez, y da igual que te lo sepas todo de principio a fin, seguirás disfrutando igual como si fuera la primera vez, o incluso a medida que la vas viendo puedes descubrir cosas que antes no habías visto y te hagan amar aún más esa película tan especial. 

Los 70 abriría un cambio generacional respecto al cine de los 60, a partir de esa década se trabajó con mayor riesgo en cuanto a formas de narración, optando por formas y temas más liberales como la juventud, la mafia o las calles. En 1972 fue un gran año para el cine donde El Padrino de Francis Ford Coppola eclipsaba a las demás, ¡y qué demás!: Sueños de un seductor, Gritos y susurros, Cabaret, El discreto encanto de la burguesía… Pero había una película que le podía hacer frente a El padrino, una cinta que quedó algo tapadilla pero que consiguió las alabanzas de crítica y público. Esa película es La huella.

La huella sería el cierre definitivo al cine de Joseph L. Mankiewicz, que debutó en la gran pantalla con El castillo de Dragonwyck. No fue hasta su tercera película, El fantasma y la señora Muir, cuando empezó a brillar detrás de las cámaras. Carta a tres esposas y, sobre todo, Eva al desnudo, le consolidaron como el gran cineasta que era. A partir de ahí se consagraría como uno de los mejores directores de la época tocando diferentes géneros con Julio César, Ellos y ellas, La condesa descalza, El americano tranquilo, De repente, el último verano… Todas estas con actores en estado de gracia como Marlon Brando, Elizabeth Taylor, Humphrey Bogart o Deborah Kerr.

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Todo iba muy bien para el cineasta hasta que realizó Cleopatra, el péplum sobre la emperatriz egipcia protagonizada por Elizabeth Taylor, creando un icono para la cultura pop. A pesar de contar con un gran reparto, fue un fracaso tanto en crítica como en público, a lo que había que sumar los problemas de rodaje que tenía Mankiewicz, que le ocasionaron una larga enfermedad de dos años. En 1970 estrenó El día de los tramposos con Henry Fonda y Kirk Douglas, con la que volvió a recuperar la chispa de sus primeros años. Pero en 1972, el director decidió poner punto y final a su carrera tomando como base su pasión por el teatro con La huella.

Para realizar La huella, Mankiewicz contó con el dramaturgo Anthony Shaffer (hermano de gemelo de Peter Shaffer, autor de la obra teatral Amadeus, adaptada por Milos Forman) como guionista. La dupla Mankiewicz-Shaffer adaptó la obra teatral con sumo mimo, respetando al máximo el texto original. Solamente vemos en pantalla un gran escenario y dos actores: Michael Caine y Laurence Olivier. Ambos en su mejor momento, sobre todo Olivier, que ya tenía tras de sí una larga carrera (que había compaginado también con el teatro y sus adaptaciones de Shakespeare).

Quizá alguno piense “¡bah! Una casa y solo dos actores, seguramente sea un aburrimiento“. Craso error, porque esta película nos hace partícipes de uno de los juegos más inteligentes que haya dado nunca el cine. Un juego que dista mucho de la sencillez, donde la astucia y la imaginación son las grandes benefactoras para llegar a un objetivo: humillar y recuperar el honor perdido por culpa de una infidelidad. Toda la película es un tablero de ajedrez en la que vemos dos piezas fundamentales, Caine y Olivier.

Mankiewicz. Sleuth

Michael Caine interpreta a Milo Tindall, un peluquero de origen italiano nacido en Inglaterra de ojos azules y apuesto que regenta nada menos que tres negocios. Además, es un Don Juan con las mujeres, llegando a encandilar a la mayoría de ellas. Sin embargo, a pesar de ser un caballero de negocios, es un despilfarrador que siempre necesita dinero. Laurence Olivier, por su parte, interpreta a Andrew Wyke, un escritor de novelas policíacas de gran éxito que se considera a sí mismo un gran intelectual. Su personaje es un hombre lleno de imaginación y sabiduría, amante de los juegos y un tanto egocéntrico y racista.

Este choque de personalidades da lugar a un tira y afloja continuo, todo propiciado por una serie de infidelidades. Tindall se llevó a la amante de Wyke mientras que éste se llevó a la amante de Tindall. A partir de aquí empezarán los juegos recreados durante dos partes diferentes con varios giros argumentales. Todo esto gracias al guión de Anthony Shaffer construyendo un juego único y lleno intriga y con unos ligeros toques de comedia.

Mankiewicz se despide por la puerta grande con La huella, un juego vibrante de más de dos horas donde nada es lo que parece y en el que destaca la teatralidad con la que está realizada. Además del guión de Shaffer y los actores principales, Michael Caine y Laurence Olivier, que están en su salsa y dominan el espacio con gran tino. Todos estos factores hacen grande a esta obra maestra que perdurará a lo largo de la historia.