Alex

Hoy hace una semana justo que se fue Álex Angulo, quise escribir de ello en su momento, pero preferí dejar pasar una semana, asimilar del todo que este gran actor nos has dejado, aunque aún hoy realmente cuesta, y dedicarle a él la columna de esta semana. Álex se ha ido demasiado pronto, de manera trágica, inesperada, con un accidente de coche. Tenía 61 años, algunos pueden pensar que era un actor veterano, y lo era (hacen más ya de 30 años de su debut en La fuga de Segovia), pero lo más trágico de todo es que uno no puede dejar de pensar en que aún quedaba mucho cine por sus venas para regalarnos. Era un verdadero portento, uno de los grandes actores que nos ha dado el cine español. Si Álex hubiera nacido en Estados Unidos hoy sería considerado uno de los más grandes secundarios que nos ha dado el cine americano en su historia, a la altura de la no menos trágica pérdida de Phillip Seymour Hoffman el pasado mes de febrero, pero no. Álex nació en España, y con él se fue uno de los más grandes actores secundarios que ha dado el cine español en su historia, y eso no es menos que cualquier otra comparativa.

No le pude conocer en persona, me hubiera gustado, la impresión que daba Álex era la de ser un tipo familiar, cercano, alguien con quien se podía conversar horas y horas y estar realmente a gusto. Y los que le conocían decían siempre eso mismo de él, así que muy equivocado no debo estar. Pero si conocía al Álex actor, y era un actor que me encantaba por la sencillez que tenía a la hora de encarar cualquier papel, era un actor que precisamente me recordaba a los grandes reyes de la comedia española, en Álex había una pizca de Manuel Alexandre, también de Agustín González, también en él algo de Cassen, incluso tenía algo que te recordaba a José Luis López Vázquez. Y todo eso era fruto de su humanidad, de ese don que tienen unos pocos actores que hacen que el espectador se sienta irremediablemente conectado con ellos. Actores que desprenden un calor realmente especial, que forman parte de ti, y si en España a día de hoy había un actor que reunía todas esas cualidades era precisamente Álex Angulo.

Álex tenía muchos dones, indudablemente era un actor de casta, un actor fantástico, de esos que con su sola presencia daban consistencia a una película por pequeño que fuera el papel, uno de esos actores que te llenaban la pantalla en la escena más inane. Pero éste era sólo uno de muchos. Su rostro tenía algo especial, era un tipo que te resultaba divertido cuando tenía que serlo, hacía fácil la risa más complicada con su imagen que parecía salir de unos dibujos animados, como una extensión del Bacterio que dibujó Ibáñez. Ahí estuvo Angulo en películas como El gran Vázquez o sobre todo en Zipi y Zape y el club de la canica. Pero fue con su buen amigo Álex de la Iglesia con quien Álex explotó al máximo su vis cómica, de cortometrajes como Mirindas Asesinas a largometrajes como Acción mutante o Muertos de risa. Pero fue especialmente en El día de la bestia dónde interpretaba a aquel Cura sin nombre que se acabó convirtiendo en el más icónico personaje que jamás interpretó, dónde Álex demostró más que nunca todo su talento. Un talento que también se expandía a lo dramático, dónde por supuesto era un soberbio actor, porque su rostro, que cuando tenía que ser gracioso, lo era, también tenía un aura nostálgica, ahí están sus papeles en la serie Periodistas con la que se dio a conocer entre el gran público o en la reciente De tu ventana a la mía como clara muestra de todo esto.

Álex se ha ido cuando aún no había llegado su hora. Se va con él un actor extraordinario, un actor de casta, un actor genuinamente español. Y hoy, nuestro cine, siempre tan injustamente apaleado, está un poco más triste, porque sin Álex, sencillamente nada será lo mismo.