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Hay gente que nace con una habilidad especial, con un don único, innato. Es gente que sabe soñar, que ayuda a los demás soñar. El mundo ha estado lleno de ellos, pero sólo unos pocos han sido capaces de crear algo espectacular, llevarlo a la enésima, fabricar sobre sí mismos un mundo entero, un mundo claramente reconocible, dejar un legado imperecedero para todos los que vengan detrás. Pocos hombres hay hoy como Hayao Miyazaki en todo el mundo, durante treinta años (y un par de décadas más trabajando en la televisión, formando equipo de series tan reconocibles hoy aún como Heidi o Marco), Miyazaki abrió una ventana nueva al mundo. Japonés de pura cepa, no en vano recogió el testigo de dos de los más grandes realizadores de todos los tiempos. Porque en Miyazaki existe la humanidad del cine de Yasujiro Ozu y el sentido de la aventura de Akira Kurosawa, si, no se puede negar que Miyazaki es un realizador japonés. Pero abrió su universo más allá, recogió el testigo de la imaginación de Walt Disney, diseñó lo que se puede considerar su herencia más cercana. Sí, en el cine de Miyazaki se ha aunado a Ozu, a Kurosawa y a Disney, que podemos de esperar de alguien que hace eso más allá de la genialidad.

Después de treinta años y apenas diez películas, once si contamos aquel largometraje que realizó de la serie Lupin III (aunque su presencia existe en casi toda la obra del Estudio Ghibli), Miyazaki anunciaba que se retiraba a sus 73 años. Dice que seguirá trabajando, pero que su vista no le permite volver a implicarse en un largometraje, y eso nos entristece seriamente. Pero lo cierto es que seguramente la idea de retirarse rondase por la cabeza de Miyazaki mucho tiempo antes de anunciarlo, porque El viento se levanta, su última película, tiene sabor a despedida, casi a obra póstuma. Es un cierre sensato a su carrera, es la forma más natural de un autor de decir adiós, presentando el que es sin duda su proyecto más personal.

Jiro&Nahoko

Hayao Miyazaki ha elegido para su último trabajo realizar un biopic del japonés Jirō Horikoshi, un diseñador de aviones que fue conocido por diseñar el avión Zero, que posteriormente se usaría en los ataques nipones a Pearl Harbor. Obviamente no nos encontramos con un biopic al uso, Miyazaki ha encontrado en la figura de Horikoshi  un personaje único para realizar un ejercicio introspectivo. Miyazaki, que siempre ha considerado a su vista su talón de Aquilés, nos habla de un muchacho loco por volar, pero que por su miopía sabe que jamás podrá pilotar un avión. Lejos de dejar que esto le aleje de su vocación, decide perseguir su ambición, reorientarla y convertirse en un diseñador de aviones. Guiado siempre desde los sueños, Horikoshi encontrará la forma de formarse como persona, crecer, perseguir sus metas, no sólo hasta lograrlas, si no hasta superarlas, aunque finalmente estas acaben mandando un mensaje lejano al que está en sus sueños. Es un idealista empedernido, y él cree que el hombre debe volar para expandirse, no para destruir, “el peso del avión es el gran problema, pero se solucionará quitando las armas”, enuncia en un momento de la película hablando del diseño de uno de sus aviones, para la jocosidad de sus compañeros, que le escuchan atentamente como a cualquier líder idealista.

No resulta extraño tampoco que la estabilidad amorosa de Horikoshi llegue al lado de una muchacha enferma, de la cuál es consciente que no puede salvar. Fijándose siempre metas inalcanzables, luchando únicamente por aquello en lo que cree. Resulta curioso, ya no sólo viendo la película, si no repasando el trabajo de Miyazaki (hombre que además siempre ha debido sentir fascinación por los aviones, ya que no es la primera vez que se acerca a este mundo, si no que es algo que también hizo en Porco Rosso), que se haya llegado a acusar a El viento se levanta de ser una película que defendía las políticas nazis. Miyazaki siempre ha usado su obra para acercar a los niños un mensaje anti-belicoso. En las últimas escenas de la película, en las que de nuevo vuelve a hacer hincapié en lo onírico, el realizador es capaz de trazar la completa devastación de Horikoshi, creador de un arma, cuando para él el avión y el hombre volando es lo que debe traer la paz al mundo, acercarle. Sin embargo, optimista nato, jamás cederá a sus sueños, aunque dentro de él piense que la creatividad de un hombre se limita a una década (algo que suena irónico, teniendo en cuenta los treinta años de máximo esplendor creativo de Hayao Miyazaki).

El viento se levanta, como no podía ser de otra forma, es además una obra de belleza inusitada. Su dibujo tiene un tono trágico, pesimista, que si bien es cierto tiene un trazado lúgubre, que se acerca a la gran tragedia anti-belicista que era La tumba de las luciérnagas de su compañero Isao Takahata, consigue aunarlo con el color más propio de la obra de Miyazaki, de películas como El viaje de Chihiro, que al igual que en ésta, más que la felicidad, busca acercase al punto del optimista. Esto deja en una composición en dos colores claramente contrapuestos, que chocan entre sí. Del color vivo de la escena del avión de papel en la terraza, a la profunda tristeza que llega a producir el color de las escenas del matrimonio en la casa. Un cuadro bicolor, en el que Miyazaki usa el dibujo como un arma para expresar todo aquello para lo que necesita palabras. Una composición preciosa, impropia de unos tiempos en los que vivimos sumergidos por la animación tridimensional, y a la vez tan cercana y hasta necesaria, que uno se pregunta si El viento se levanta, como toda la obra de su director, no debería ser expuesta en un museo.

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Uno siente pavor al ver como alguien como Miyazaki anuncia su retirada, egoístamente pensamos que genios así deberían vivir toda la vida, jamás dejar de trabajar, de sorprendemos. Pero sin darnos cuenta inconscientemente que su nombre ya es inmortal. Dijo Wilder al morir Lubistch que lo peor de todo es que ya no habría más películas de Lubistch. Pero el resto queda ahí, una obra además que parece hecha con sensatez, para ir descubriéndola en pequeñas dosis desde los primeros compases de la vida, para que todo niño pueda disfrutar con Mi vecino Totoro o Nicky, aprendiz de bruja cuando aún es casi incapaz de hablar, para que crezca disfrutando con Ponyo en el acantilado, Porco Rosso o El castillo ambulante y empiece a entender que significa vivir, que significa soñar. Para que cuando sea mayor entienda la importancia de la naturaleza, el aunar del ser vivo con El castillo en el cielo o La princesa Mononoke. Para que llegue a su adolescencia y entienda el significado de perseguir sus sueños, de nunca rendirse con El viaje de Chihiro o El viento se levanta. Si, Miyazaki es inmortal, y tiene en sus manos educar a generaciones de muchachos de todo el mundo. Porque como hizo con Ozu y con Kurosawa, Occidente se abrió a él, y como pasó con Disney, todos los niños del mundo le abrieron sus brazos y le confiaron su infancia. Por todo esto, que es un don que pocos han podido tener. Muchas gracias Hayao.

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Ficha técnica:

Título original: Kaze tachinu Director: Hayao Miyazaki Guión: Hayao Miyazaki Música: Joe Hisaishi Distribuidora: Vértigo Fecha de estreno: 25/04/2014