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«Quién sabe lo que hay en el corazón de un hombre », dice la protagonista femenina de la primera versión de Valor de ley (True grit, Henry Hathaway, 1969), y de eso -y de otras cosas relacionadas- habla esta historia, la misma que volvieron a filmar los hermanos Coen en 2010 con igual título,  realizando con ello un  ejercicio  de relectura  que es  tan  respetuoso  como  matizadamente iconoclasta. No en vano, toda revisión legítima habita en esa frontera que hay entre el amor al original y el logro de una cierta distancia a su respecto, situándose entre la continuidad y la ruptura. Bien absurdos resultan, en este sentido, esos intentos que pretenden homenajear un clásico siguiendo el método de la mera copia (véase, por ejemplo, la Psicosis de Gus Van Sant), intentos que no sólo provocan el bostezo y el desinterés por la copia, sino sobre todo, la muerte misma de aquello que hubiera de festejable en el original. Sólo se salvan esos intentos por la vía indirecta de casi obligar al espectador inquieto a volver cuantas veces haga falta a la obra previa, para constatar que un clásico no es simplemente reproducible por vía mecánica y que siempre hay algo que se escapa a la mera manera de contar si es que lo contado está de hecho bien contado.

Conocen bien esto los Coen, ellos que tan satisfactoriamente han revisado géneros clásicos, sabiendo siempre dotarlos de una mirada propia que, en lugar de ocultar el reconocimiento de sus influencias, las muestra mientras las altera, insuflándoles nueva vida. Parecen saber estos hermanos que nada hay nuevo bajo el sol y que, si acaso, la tarea legítimamente nueva exige asumir y digerir todo lo previo justamente para volverlo a decir, de modo que se logre ese extraño y frágil equilibrio entre lo mismo y lo distinto, espacio en el que se juega el tan manido y ambiguo asunto de la originalidad. Y los Coen son originales precisamente por saber leer, por traernos hasta aquí, en este caso, un western que no figura entre los clásicos más citados (pese a que sirviera para que John Wayne lograra por fin su injustificadamente demorado Oscar), con lo que consiguen, por un lado, que tal cinta sea reivindicada y revalorizada (cuántos como quien esto escribe han visto y celebrado la película de Hathaway justamente tras el estreno de la de los Coen) y, por otro, que su propio trabajo se muestre deudor y a la vez rivalice con el de esos directores que no forman parte del Olimpo de Hollywood. Se combina, por tanto, un sentido de la justicia, el pago de una deuda, con cierto “matar al padre”, una suerte de autoafirmación que resulta de toda relectura. (Cómo matar a Ford o a Hawks, si  de  western  hablamos,  pudieron  haber  pensado  los  Coen.  Es  decir,  quién  merece  nuestro homenaje).

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En esta ambigüedad se mueve el ejercicio de los Coen en Valor de ley, entre el respeto que muestran al cambiar pocas cosas y la cierta mirada propia que les sigue manteniendo como unos de los mejores cineastas del momento. Sabiamente han sabido ser más elípticos en la narración y han hecho más implícita la cercanía y la ternura entre el borrachín, duro y leal protagonista masculino (un impagable Jeff Bridges que no hace echar de menos al icono John Wayne) y la hija-coraje que busca vengar el asesinato de su padre, cuya interpretación por parte de Hailee Steinfeld supera a la original de 1969, no sólo por el gran trabajo de la propia actriz (más contenido, sereno y emocionante, más de tormenta interior), sino también porque los Coen han reducido la edad del personaje, provocando en nuestra mirada mayor cariño y fascinación por una niña que lucha por moverse con soltura en un mundo de hombres, pistolas y dinero.

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La película de Hathaway, sin embargo, no precisa de salvación. Bien se defiende sola con una historia que interesa, que mantiene en vilo y que emociona, si bien resulta más preciosista, con su repetido cabalgar entre montañas y bosques, con una música lúdica que recuerda a la de Los siete magníficos (no en vano, ambas partituras son obra del gran Elmer Bernstein) y, en general, con un tono aventurero que los Coen han alterado con cierto aire nocturno, secreto, introspectivo y, sobre todo, con un desenlace más extremo y penoso que cada espectador debe valorar si finalmente resulta más emotivo que el original.