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Para despistar, evitando que nos demos cuenta de que nos encontramos ante una road movie (también habrá un largo apéndice con un entierro y una noche de pasión), asistimos a varias escenas costumbristas de la vida en un convento. Si hay algo que no es Ida, sin embargo, es una película contemplativa: tendremos prueba de ello cuando en tres frases vertiginosas de la Madre Superiora conozcamos una historia de lustros. Ida es una película que empieza con una elipsis, si es que tal cosa es posible, y que hace de ese recurso narrativo su razón de ser y la legitimidad de la emoción que nos transmite.

Si la elipsis constituye la esencia del guión, la extraordinaria fotografía en blanco y negro y el uso de los encuadres más audaces dota a la obra de Pawel Pawlikowski de su sentido visual, y las formidables interpretaciones de las dos Agatas (Kulesza y Trzebuchowska) le otorgan su fuerza dramática. Trzebuchowska ofrece un recital de transparencia en el retrato de su misterioso personaje, o quizá sea al contrario, quizá imbuya de misterio un personaje que incita a la misericordia de puro diáfano. Kulesza, en cambio, resulta milagrosamente creíble en su aspereza, crudamente irresistible y cínica, destilando en todo momento una sensualidad gastada y haciendo su personaje patético y admirable al mismo tiempo, pleno de rigor y debilidad. Kulesza y Trzebuchowska (tía y sobrina) viajan por agrestes carreteras secundarias de Polonia en busca de secretos que tienen que ver con su familia, Dios, el odio, el alcohol, la supervivencia, el deseo y la lacerante Historia de su país en el turbio siglo XX.

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Habrá algún motel de carretera y algún grupo de inclasificable (y casi interesante) pop polaco, de gira con un apuesto saxofonista. Habrá también algún accidente menor del desvencijado coche que las transporta y algún descalabro emocional más serio, por no hablar de esa lóbrega inmersión en el bosque. Las dos mujeres desconfiarán de la otra, se recriminarán cosas, se decepcionarán mutuamente, serán francas, llorarán con desesperación y sonreirán con timidez. Ambas aprenderán mucho en el transcurso de los pocos días que pasan juntas: una lo tenía todo por aprender y la otra aún más, pues solo le faltaba por aprender lo último. Nosotros también aprenderemos cosas mientras las acompañamos, cosas acerca de lo endiablado de la herencia histórica del nazismo y del comunismo, cosas acerca del plan que Dios tiene para nosotros, cosas acerca de la enorme ligereza con que se puede destapar la muerte. Como Davis y Sarandon, Kulesza y Trzebuchowska recorren su país en coche pero no las persiguen sino que persiguen, y en esa busca y captura (de arcanos, de conclusiones, de sí mismas) llegan a comprender que todo el viaje anterior a este viaje no hizo más que prefigurarlo.

Ida es un prodigio de sensibilidad y delicadeza. Nunca ofende al espectador tratando de arrastrarlo por lo lacrimógeno, sabedora de que la contención resulta siempre más admirable. Confía en la belleza de sus imágenes (es una de esas películas de todos y cada uno de cuyos fotogramas puede decirse que son un cuadro), pero mucho más aún en la intensidad desasosegadora de su contenido y sobre todo del contenido no explícito: no lo apuesta todo, pero sí mucho a lo que no nos muestra y sí nos sugiere. Es sobria, enigmática y profundamente espiritual, lo que la convierte en un éxito artístico incontestable. Vedla.

4.5_estrellas

Ficha técnica:

Título original: Ida Director: Pawel Pawlikowski Guión: Pawel Pawlikowski, Rebecca Lenkiewicz Música: Kristian Selin Eidnes Andersen Fotografía: Lukasz Zal, Ryszard Lenczewski Reparto: Agata Kulesza, Agata Trzebuchowska, Joanna Kulig, Dawid Ogrodnik, Jerzy Trela, Adam Szyszkowski, Artur Janusiak, Halina Skoczynska, Mariusz Jakus Distribuidora: Caramel Films Fecha de estreno: 28/03/2014