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Debo comenzar reconociendo mi dificultad para hablar (escribir) sobre aquellos directores que más quiero, y Woody Allen está entre ellos. No es solo respeto o admiración lo que siento por muchas de sus películas –respuestas estas un tanto distanciadas, cerebrales, analíticas; es simplemente cariño, identificación, cercanía-. Dicho de otro modo, ese extraño, hondo y misterioso privilegio de reconocer en su obra eso tan manido y difícil de definir que llamamos vida: tragicomedia de todos los días a ritmo de jazz (nótese que el jazz, como la vida, alterna melodía con saltos improvisados, repetición con rupturas, monotonía con variaciones).

Si la cosa funciona (Whatever works, 2009) es la divertida, corrosiva, lúcida, romántica y pesimista obra de un autor que se repite sin aburrir, porque, como su admirado Bergman, mantiene la coherencia de hacer permanentes variaciones sobre el amor y la muerte. El nihilismo que esconde su título se revela como mensaje de la película: si la cosa funciona, cualquier cosa, por qué preguntar más allá, por qué malgastar energías en cuestionarse por sentidos últimos y definitivos. Allen defiende (sabe) que no hay tales sentidos, que buscarlos conduce a la insatisfacción, a la angustia, al horror ante lo siempre desconocido. De ese horror está lleno el personaje protagonista de la película, Boris Yellnikoff, un brillante profesor de física que, por vía de la razón, disecciona la vida para ver lo absurdo, mezquino e insoportable de la existencia. Hasta aquí se aprecia la profunda huella que la obra de Bergman ha dejado en Allen, pero, como buen cómico, nuestro querido Woody no se queda tan solo en la constatación de las incompetencias y soledades humanas, sino que –ya separado de Bergman y cercano a Wilder o Lubitsch- celebra la alegría de vivir gracias a la música, el cine, un baile de Fred Astaire, una locura de los hermanos Marx, un beso, un paseo por Central Park, el sabor de un pastel judío, o un café con amigos.

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Entretanto, los personajes secundarios de Si la cosa funciona le sirven a Allen para no dejar títere con cabeza, para reírse de la moral tradicionalista y represiva de buena parte de sus compatriotas, para hacer chistes contra la religión, las costumbres, el mundillo snob de los artistas e intelectuales y, en definitiva, para hacer reír al espectador mientras demuele buena parte de nuestros cimientos. Pero, sobre todo, es gracias a estos personajes secundarios como queda también en entredicho la posición excesivamente racional del corrosivo profesor protagonista, incapaz de participar de la vida, refugiado en sus certezas, angustiado por las oscuridades, solitario por convicción. Su entorno seguro y la permanente reivindicación de su inteligencia se revelan meras capas protectoras y esconden incapacidad y defecto (no es gratuito que Allen haga padecer a su protagonista una cojera física). Son el resto de personajes -una joven ingenua, bella y espontánea, y sus padres conservadores- los que sí participan de la vida, los que se abren a experimentar cosas nuevas y a cambiar sus certezas. Mientras, el cojo Yellnikoff asiste desde fuera a todo ese proceso de cambio, se mantiene irónico, cínico, juez y narrador de una vida que transcurre a su lado y que él nos cuenta dirigiéndose a cámara. De ahí que, en esta película tremendamente cómica, exista una tristeza al fondo, la que muestra que la vida humana no resiste el análisis, que todo se desmorona si nos paramos a pensar, que hay una incompatibilidad (pero, a la vez, relación) entre el mero vivir y el reflexionar sobre el cómo y el porqué vivir.

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Frente a esto, lo que nos salva del horror y la cojera es el detalle, un cierto grado de despreocupada inconsciencia que resulta necesario para abrigarnos, y, sobre todo, el amor, lo súbito e impredecible del amor. Como buen romántico, Allen conoce bien dos cosas: que el amor es sorpresa, excepción, fragilidad, construcción endeble, altibajo, desequilibrio; y que en esa constante inseguridad habita el milagro de lo cotidiano, de una vida que se pierde si se toma demasiado en serio. En definitiva, si por la vía de la razón y el análisis caemos en la cuenta de que este mundo es inconcebible, atendamos al título de esta película para aprovechar el vacío de la existencia y bailar en él al modo de Fred Astaire.