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Parece que existe una especie de necesidad de recrear en la gran pantalla los acontecimientos que han marcado para siempre la historia de la humanidad. Ha ocurrido con las catástrofes naturales más impresionantes de nuestra era, con producciones como San Francisco (1936), 03:34 (2011) o la reciente Lo imposible (2012), pero también con aquellos sucesos que no se produjeron por la acción de la naturaleza sino por la del hombre, y que eran evitables. Es el caso de las bombas atómicas que se lanzaron en Hiroshima y Nagasaki en 1945.

Hiroshima ha sido retratada en el cine muchas veces, aunque no siempre para mostrar los estragos que ocasionó la bomba atómica en dicha ciudad. En Hiroshima, mon amour (1959), esa joya de la Nouvelle vague que nos descubrió a una bellísima y prometedora Emmanuelle Riva, la ciudad japonesa era el lugar donde surgía el amor entre una actriz francesa y un joven japonés, juntos compartían los recuerdos de la guerra desde sus distintos puntos de vista. Lo importante estaba en los recuerdos de ambos, no siempre referidos a la catástrofe, pero el clima que Resnais consiguió crear, apoyándose en la devastada ciudad, aportaba una melancolía a la historia que resulta muy difícil de olvidar. Los niños de Hiroshima (1952), del maestro Shindô, artífice de algunas de las obras maestras del terror japonés de los 60 como Onibaba y El gato negro, exploraba en este largometraje el mismo terreno que Lluvia negra, ya que nos contaba las consecuencias humanas que tuvo el desastre nuclear. Algo que también hizo Hiroshima (1983), la durísima película de animación de Mori Masaki, que obligaba al espectador a apartar la vista cuando mostraba las muertes de los japoneses que se encontraban en la ciudad en el momento del estallido de la bomba. Nagasaki no ha sido llevada al cine tantas veces como Hiroshima. Las películas más reseñables sobre este acontecimiento se centran en la segunda ciudad, pero la reflexión que hizo Kurosawa en 1991 en Rapsodia en agosto sobre los efectos de la bomba en Nagasaki también es uno de los más impactantes y profundos que podemos encontrar.

Lluvia negra está basada en la exitosa novela de Masuji Ibuse, uno de los escritores japoneses más prestigiosos de la historia del país nipón, que alcanzó gracias a Kuroi Ame el respeto internacional y premios de diversa índole (entre ellos la Orden al Mérito Cultural, el más alto honor que puede obtener un autor japonés). No puedo decir que la cinta de Imamura sea una gran adaptación porque no he leído la novela de Ibuse, pero sí puedo afirmar, sin miedo a equivocarme, que es una grandísima película.

Mi primera incursión en el cine de Shohei Imamura no ha podido ser más satisfactoria. Este director, considerado por muchos el mejor realizador japonés tras la muerte de Akira Kurosawa, ha sabido conquistarme con Lluvia negra como pocos. Pero es que Black Rain es una película a la que difícilmente se le puede sacar un defecto, consigue sobrecoger con sus imágenes y emocionar hasta la lágrima con su historia, magistralmente contada. Imamura es uno de los grandes representantes de la Nueva ola japonesa de los años 60, y es que iniciarse en el mundo del Séptimo Arte como ayudante de dirección de Yasujirō Ozu tiene que dar sus frutos, y Lluvia negra es la muestra. El realizador japonés ganó dos veces la Palma de Oro, la primera por una de sus obras más aclamadas: La balada de Narayama y otra por La anguila, una de sus últimas películas. Lluvia negra (que consiguió el Premio Técnico en Cannes en 1998) llegó en los años que pasaron desde el primer al segundo galardón y aunque quizá no sea su obra más famosa, merece todo el reconocimiento que una servidora le pueda ofrecer.

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Esta película relata las consecuencias de la explosión atómica en Hiroshima, pero se centra en particular en la historia de la joven Yasuko, una mujer que se vio sorprendida por la lluvia radioactiva que cayó en los alrededores de la ciudad japonesa al estallar la bomba. Cinco años después, Yasuko y sus tíos, que también sobrevivieron al desastre nuclear, intentan proseguir con su vida con normalidad, pero pronto las consecuencias de la radioactividad y los problemas derivados del ataque atómico empiezan a aflorar tanto en la familia protagonista, como en el resto de habitantes del pueblo en el que se encuentran.

Hiroshima ha desaparecido”. Esa frase se repite en Lluvia negra al menos una decena de veces. Una frase muy sencilla pero dicha con un sentimiento detrás tan potente que hiela la sangre. La película comienza con la explosión de la bomba atómica en Hiroshima, una explosión cegadora que sorprendió a los japoneses de camino al trabajo, paseando o en sus casas. En los primeros compases del largometraje ya podemos observar las consecuencias directas del bombardeo: las deformaciones que produjo en las personas, las brutales quemaduras… De hecho, una de las escenas más dolorosas del filme tiene lugar en esos momentos, cuando Yasuko y sus tíos, que se ven obligados a atravesar el centro de la ciudad para llegar hasta la fábrica donde trabaja el hombre (algo que hicieron motivados por su instinto de supervivencia, sin tener en cuenta las consecuencias que ese acto tendría), ven a dos personas moribundas, una de ellas, un niño al que le cuelga la piel de las manos, se acerca al otro y le llama por su nombre, diciendo que es su hermano y que si no le reconoce. El otro chico se queda parado, sin creer que esa persona deshecha es con quien ha compartido parte de su vida, y sólo cuando observa su cinturón y el niño le responde en qué centro estudia se da cuenta de que efectivamente se trata de su hermano. Esas imágenes tan crudas no se repiten muchas veces más a lo largo de la película, pero tampoco hace falta, porque después, cuando ya no hay escombros de por medio ni muertos que sortear, el filme logra el mismo efecto contando una historia de voluntad y supervivencia mucho más sencilla, cuando solo vemos en pantalla un pueblo que intenta sobrevivir, dolido, y que se sostiene en la creencia de que un tiempo mejor llegará y que hay que avanzar a pesar de las dificultades. Esa es una de las mayores virtudes del largometraje, y es que sabe dosificar a la perfección sus imágenes. Cuando tiene que llegar al espectador con imágenes sin maquillar lo hace, y muy bien, pero es consciente de que incluir esos momentos durante casi dos horas sería algo excesivo e innecesario, es entonces cuando Imamura condensa toda la calidad del filme en la historia de Yasuko y el pueblo, y la película es aún mejor entonces.

El retrato que realiza Lluvia negra de Japón, un país devastado y triste, ya no por perder la guerra, sino por ver a su gente morir por un conflicto que muchos de ellos ni siquiera entienden, es maravilloso. Con un ritmo pausado pero nunca aburrido, muy característico del cine social y humanista que llegaba de este país oriental a mediados y finales del siglo pasado, la película nos muestra las consecuencias de la guerra desde el punto de vista de la gente de a pie, la que sufría verdaderamente este tipo de acciones, gente que no comprendía cómo se había llegado a esos extremos pero que tampoco podía hacer nada para evitarlos. Algunos diálogos reflejan a la perfección esta incomprensión que se apoderó de buena parte del país en los años siguientes al ataque nuclear, como en el que uno de los mejores amigos de Shigematsu, el tío de Yasuko, le dice a éste mientras está tumbado en la cama, agonizando: “No lo comprendo. ¿Por qué Estados Unidos arrojó las bombas atómicas? Estaba claro que Japón ya había perdido la guerra. ¿Por qué no la arrojaron sobre Tokyo en vez de en Hiroshima? No puedo morir tranquilamente sin saber antes por qué. No puedo soportar tener que morir así”. Con líneas así queda claro que lo mejor de Lluvia negra es su guión, escrito a dos bandas entre Imamura y Toshirô Ishido.

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Pero los japoneses que sufrieron el ataque no sólo tuvieron que hacer frente a los problemas que trajo consigo la radiación, y a la enfermedad que se apoderó de cada uno de ellos poco después, sino que también se vieron obligados a luchar contra una parte de la sociedad (la que no sufrió de manera directa el bombardeo) que les aislaba por enfermos, que intentaba tener el menor contacto posible con ellos. Todo esto se entiende muy bien gracias a la manera en que maneja Imamura la trama central de la película: la búsqueda de marido de Yasuko. Su tío se siente culpable porque piensa que de no haber sido por el trayecto que tuvieron que hacer por el centro de Hiroshima el mismo día del estallido de la bomba, su sobrina no correría el riesgo de padecer la enfermedad fruto de la radiación (aunque en realidad, a pesar de las habladurías, ella sólo estuvo expuesta a la lluvia negra), y por tanto, ya habría encontrado marido. Y aunque en la película también hay cabida para el amor, éste se refleja con el mismo realismo que todo lo demás, en esos momentos podían aflorar buenos sentimientos entre la población, pero ninguno se vería materializado porque la enfermedad detendría cualquier atisbo de progreso y felicidad. Porque la bomba no sólo detuvo los relojes de Hiroshima aquel día, sino también la esperanza de una buena vida de todos sus supervivientes. Aún así hay algo que la película sí deja entrever de manera evidente, y es el sentimiento de unidad. Todos deben permanecer juntos, cuidarse, intentar que su ánimo no decaiga, porque todos saben que la enfermedad está cerca, y de hecho comprueban de manera dolorosa cómo a algunos de sus amigos y parientes ya han sido consumidos por la misma, pero luchan juntos por sobrevivir.

Esta obra de Imamura, además de contar una de las historias más atroces que una servidora ha podido ver en el cine, está rodada con una destreza sin igual. Puede que a primera vista no parezca una película muy compleja a nivel técnico, pero lo cierto es que tiene mucho más de lo que parece. Cómo recrea la explosión, el miedo, la angustia, el dolor (físico y psicológico)… Todo eso lo hace a partir de unas imágenes muy cuidadas, en las que destaca especialmente la iluminación. La escena más completa estéticamente también es una de las más sobresalientes del largometraje en todos los aspectos, y es cuando un joven exmilitar, obsesionado con la guerra y con un miedo atroz a los sonidos que le recuerdan a la misma, está en su habitación con Yasuko y decide explicarle de dónde viene su miedo. Entonces la luz disminuye y pasa a concentrarse en un punto del plano, se oscurece a Yasuko, que desaparece completamente del plano, y nos encontramos únicamente con el chico y su relato. A partir de ahí el joven recrea el accidente que le apartó del ejército y que marcó el inicio de su obsesión. Cuando termina su recreación, la luz original vuelve y la escena continua con Yasuko. Todo en el mismo espacio, sin mover nada de atrezzo. Esa escena es una muestra más de lo completa que es esta película, capaz de aunar destreza narrativa con la técnica de una manera muy sencilla pero totalmente atrayente.

No me cabe duda de que Lluvia negra encogerá el alma de cualquier espectador que se atreva a verla. Y digo atreva porque hay que tener valor para poder contemplar este relato tan desolador de la Japón que quedó tras la Segunda Guerra Mundial. Es imposible que sus escenas (tengo que resaltar en la que Yasuko descubre que ya es presa de la enfermedad, soberbia) dejen impasibles a alguien, y mucho menos el mensaje que preside todo el filme. Japón consiguió levantarse a pesar de la adversidad, se reconstruyó basándose en la comunión y la unidad, siempre con la esperanza como estandarte, e Imamura consigue llevar a su película buena parte de esos ideales con una maestría que yo únicamente puedo aplaudir.