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Cuando Mel Gibson hizo público su ferviente deseo de filmar su propia revisión sobre la vida de Jesús, más de uno se llevó las manos a la cabeza. Y es que el actor de películas como Braveheart o El Patriota, ya apuntaba a que la fama se la había ido de madre y necesitaba un giro dramático a su carrera cinematográfica. Y el resultado fue La pasión de Cristo; una obra macabra, dura y directa, protagonizada por Jim Caviezel y rodada íntegramente en arameo. La recepción de la película, como era de esperar, dividió a crítica, público y ciertos sectores de la iglesia católica, pero no evitó que la nueva película de l’enfant terrible del cine norteamericano se convirtiera en uno de los títulos más taquilleros del año, recaudando más de 600 millones de dólares desde su estreno.

Pisar firme sobre un terreno tan pantanoso como el de la religión es complicado. Siempre se corre el riesgo de faltar a la verdad, reinventar a placer pasajes de libros sagrados o banalizar las figuras de nuestras deidades. Pero en La pasión de Cristo no pasa nada de eso. Jim Caviezel junto a la  dirección, tan sublime como inquietante de Gibson, firman un retrato angosto e incansable sobre la figura de Jesús como un hombre humano (más que divino) que padece, sufre y le cuesta arrancar el peso de una cruz colocada sobre sus hombros por un pueblo que castiga lo que desconoce. “¿Ves, Madre, como hago nuevas todas las cosas?” reza el bueno de Caviezel cuando su madre, María (interpretada por una incontestable Maia Morgenstern), se arrodilla frente a él para llorar en lo que se convertirá en uno de los momentos más emotivos de la cinta y que subraya la fuerza del discurso dramático; Jesús lo hizo todo nuevo, tanto, que incluso los años empezaron a contarse desde su nacimiento.

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Gibson no se para en recrear los motivos que condujeron a Jesús a la cruz. Eso parece importarle más bien poco. Su fe le empuja a retratar al hombre, a la figura de una persona abnegada, subyugada a una creencia mayor que él mismo; la creencia de Dios. Pese a las tentaciones; primero a través del demonio (en una secuencia más bien prescindible en donde Gibson se pasa de esotérico) y luego representado en la propia supervivencia, Jesús demuestra estar hecho de otra pasta. Ser fuerte. Algo que la gente que le rodea como su madre, María Magdalena (Monica Bellucci), Pedro (Francesco de Vito) y Juan (Christo Jivkov), le cuesta entender. A Caviezel, para el que no hay ni una sola secuencia sencilla en toda la cinta, no le tiembla el pulso a la hora de construirse sobre los hombros de Jesús, sobre los hombros del mesías. Tras unas lentillas oscuras, el norteamericano se contiene y firma una interpretación que trasciende. Que va más allá y traspasa directamente el corazón del espectador, que se revuelve en su butaca pidiendo que el sufrimiento de Jesús cese. Seamos creyentes o no, Gibson consigue que sintamos empatía por una figura que, ante todo, es hombre. Nos obliga a ser voyeristas macabros de un hecho pasado que todavía hoy se hace presente. Y nos volvemos ese pobre desgraciado al que los romanos obligan a transportar la cruz cuando Jesús no puede levantarse del suelo. El ladrón clavado en la cruz junto a Jesús pidiendo clemencia. Somos María Magdalena besando los pies de su amado y somos también Pedro, negando tres veces al gallo que tales atrocidades cometidas por el hombre puedan tener una redención divina.

La pasión de Cristo es una cinta de fe, pero también de ateísmo. Presentada ante el público a través de un montaje austero, a veces naïf (los montajes paralelos como el de la caída de Jesús de infante y luego con la cruz son casi insultantes), que juega a mostrarnos la muerte y la vida de Jesús de una manera tan íntima que nos resulta incómodo presenciar una tortura que parece alargarse de manera absurda. No sabemos si todo lo que aparece ante nuestros ojos es verdad  pero nos lo creemos. Como en su posterior cinta, Apocalypto, a Gibson no le frena el posible pudor del espectador, ni su estómago. La pasión de Cristo tiene vocación de cinema verité. Es la voluntad de un creyente de mostrar el nacimiento de un mito a través de su muerte, todo ello adornado con una factura visual impecable, salpicada por planos imposibles y una banda sonora gloriosa, que pone el broche de oro a una cinta que no deja a nadie indiferente.

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Pero como todo, La pasión de Cristo también peca en algunos momentos de soberbia, beligerante y tramposa. Soberbia, porque parece subrayar de una manera demasiado maniquea los dos platillos de la balanza; los judíos y el demonio son muy malos y los apóstoles y Jesús, muy buenos, muy buenos. No parece haber matices en ninguno de ambos bandos, ni momentos de dudas. Algo que para el espectador puede llegar a ser irritante. Beligerante, porque la violencia es tan excesiva que en algunos momentos la sangre salpica la lente de la cámara y tenemos que limpiarla con un pañuelo para no perder ripio. Y finalmente, tramposa, porque juega a la poca argucia del espectador y su intelecto, que puede llegar a conectar muchos más conceptos sin necesidad de plantear de manera repetida el concepto del montaje en paralelo como leitmotiv de la historia. En definitiva, La pasión de Cristo no es una película buena o mala, simplemente es una cinta de matices. Es la obra de un director con aras de Dios, que juega a reescribir la historia desde un prisma desvergonzado y despojado de cualquier disfraz moral que pueda ayudar al espectador a abrigarse ante un voyerismo tan macabro.