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Si por algo se recordará, con tanto cariño como pesar, a la década de los ochenta durante las épocas venideras será por hecho de potenciar el prolífico género slasher, que conociera su origen, o su expansión, a principios de los sesenta con Pyscho y Peeping Tom. La fórmula evolucionó hacia todo tipo de derroteros, a fuerza de ensancharla y deformarla a través de sagas con una ingente cantidad de secuelas o bien conociendo a directores que hicieron carrera monopolística en el género (giallo), ampliando sus fronteras a través de la estética como razón de ser. Este embrujo extravagante y colorista que no recorta en excesos ni en sutilezas facilitó la incursión de numerosos títulos que, siendo sensatos, actuaron como setas o enanos salidos alrededor de las grandes obras del género, en muchas ocasiones con un espíritu más transgresor y paródico que su fuente seminal.

Este bien es el caso de Noche de Paz, Noche de Muerte, un film de mitad de la susodicha década que salvó su anodina existencia por el simple hecho de ser uno más en el saco. Ofrece los elementos estándar que caracterizan a este conglomerado fílmico pero con tendencia a la limitación artística y a una más que dudosa finalidad narrativa. La frecuente armonía de la rutinaria clase media de la América profunda, por reiterativa, resulta tan irónica que sus propios degustadores la tienen que acabar poniendo en tela de juicio: Día de Acción de Gracias, el pavo, la oración previa a la comilona, Santa Claus, los renos, etc. En este caso, la desmitificación del cliché costumbrista toma forma en la figura del gordo vestido de rojo con larga barba blanca, y a partir de ella la película se reafirma en su descacharrante ficcionalidad.

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Con la morriña bien engrasada y una realización conservadora pero paradójicamente impúdica, la atracción se empuja a través de la deconstrucción de imagen icónica navideña, que actúa como una coartada postiza, y la construcción de los enclaves psicológicos que dan lugar al estereotipo del psycho-killer más clásico. Esta vinculación hacia los parámetros del horror a partir de sus estilemas y constituyentes más significativos representan su denotado punto de inflexión y su pequeño lugar dentro de la notoriedad del subgénero. Además del filón expresivo, el punto de vista y el posicionamiento macabro de la condición humana que refleja funcionan como estrategias fílmicas centrales y performativas en un relato que concede a la arcaica contrafigura de bondad infantil la potestad de tornarse en lo terrorífico y grotesco.

La ambivalencia sustanciadora que puja en esa significación esquizoide de ambigüedad y la suspensión de toda cláusula de credulidad se revelan como los puntales más destacados de este dislocado retrato de la inverosímil paranoia en un impronosticable terreno de festejo invernal. El fondo siempre resulta más estimulante que la forma, pertrechada por un malsano catálogo de perversiones que, pese a tener cierta originalidad, no sale del caparazón esquemático al que le condenan los cauces procedimentales de su guión. Estos subrayan la perspectivización del subconsciente homicida como lanzadera de expresividad de un modo más paroxista que dinamizador en la pretensión de su metódica narrativa.

Pese a todo, la cinta conjuga un entretenimiento moderado y digestivo con un afán rebelde lleno de mala baba, que puede resulta gratamente disfrutable si se conocen los referentes y no se tienen demasiadas pretensiones previas a la función. Las hay mucho mejores; también mucho peores. Ciertamente, las cuatro secuelas que se conocieron mermaron y sepultaron más aún los cimientos de una primera entrega que, para los amantes de este tan vanagloriado como vilipendiado subgénero, puede resultar original, refrescante y divertida. O quizás no.

Crítica escrita por Javi Weis