Michael B. Jordan Kevin Durand

El 1 de enero de 2009, a primera hora de la mañana, mientras volvía a su casa de celebrar la Nochevieja con sus amigos, Oscar Grant fue detenido en la estación de Fruitvale en Oakland, California. Retenidos, sentados contra un muro, esposaron a Oscar, y estando tendido en el suelo bocabajo, le asestaron un disparo mortal por la espalda. Este acto de verdadera brutalidad policial, cobró una mayor relevancia cuando los múltiples testigos que esperaban en el tren, aún parado en el andén, empezaron a subir videos del hecho a Youtube. El policía que asestó el tiro mortal fue culpado de homicidio involuntario y fue ingresado en prisión de donde salió a los once meses. No es un hecho aislado la muerte de Oscar Grant, hace apenas unos meses, el policía George Zimmerman era absuelto de los cargos por el crimen racial contra Trayvon Martin, algo que añade aún más relevancia a la película de Ryan Coogler. Hay problemas muy serios con respecto a la violencia y al abuso de poder en Estados Unidos. La muerte de Oscar Grant no fue un crimen racial, aunque el policía que disparó el arma fuera blanco, y Coogler deja claro, que fue un hecho de simple brutalidad, y que la víctima podría haber sido cualquiera que se sublevara mínimamente contra aquel que tiene un arma que le hace creerse un ser poderoso.

Posiblemente el enfoque más acertado para hablar de la muerte de Grant habría sido desde la perspectiva de un documental, y no desde un docudrama. Pero a Coogler en realidad no le interesa solamente el incidente, si no también, el hecho de que la muerte puede llegar en cualquier momento, y ésta puede llegar de manera abrupta. La película, que arranca con las proposiciones de año nuevo de Oscar y su novia Sophina, para dejar paso al video real de la muerte de Oscar, finalizando con un disparo en seco, deja desde el principio dos cosas ya establecidas. La primera es que Oscar es alguien que mira para adelante, tiene un propósito, y en una época de buenas intenciones, hará lo posible para cumplirlo. El segundo, ya lo sabíamos de antemano, pero por si alguien no conocía el caso, el director no quiere ocultarlo: Oscar va a morir. Y es algo que quiere que tengamos siempre presente mientras vemos como se desarrolla el último día en la vida del muchacho.

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La película empieza la mañana antes del incidente. Oscar no es una persona maravillosa, el día comienza con una discusión con su novia porque le ha sido infiel. Oscar le promete que es algo que no hará nunca más. Es el último día del año, es un día de promesas. Oscar estuvo en la cárcel con anterioridad, lo vemos en un flashback en el que su madre va a visitarle a prisión el año anterior, esto además también sirve para unirlo de manera inteligente con el incidente final. Aunque no se nos dice nunca cual fue el motivo del ingreso en la cárcel, suponemos rápidamente que fue por posesión de drogas. Ha perdido su trabajo hace semanas, lo ha perdido por su culpa, por su irresponsabilidad, por llegar tarde durante varios días. No se lo ha dicho a nadie, porque existe en él también una responsabilidad para con su familia. Incluso cuando su hermana le llama para pedirle dinero, más allá de su situación, no se lo negará, como tampoco ahorrará en gastos para celebrar el cumpleaños de su madre. Es un hombre con un gran sentido de los valores familiares, esto le lleva incluso al punto de plantearse volver a caer otra vez en la venta de drogas. Pero Oscar recapacita, no quiere hacerlo, quiere cumplir su promesa. Tiene una hija y quiere verla crecer, es feliz, pero también quiere ser una buena persona.

Lo más interesante en la construcción del personaje de Oscar por parte de Coogler, al que da vida un fantástico y muy cándido Michael B. Jordan, es que sabemos que todos sus actos son poco más que una promesa que caerá en saco rota. Uno de los muchos propósitos que duran poco más que unos días. En la escena que vuelve a pedir su trabajo, observamos que más allá de su amabilidad, es una persona con un fuerte temperamento. Su comportamiento visceral, le va a llevar a caer de nuevo en los mismos vicios. Podría haber caído en el retrato hagiográfico, pero todos los buenos actos de Oscar no son reales, no es una mala persona, pero tampoco es un ser maravilloso, y solamente intenta recomponer su vida, parece difícil que llegue a conseguirlo. Y es la marca impuesta por su muerte, la que hace que cada uno de estos actos tenga un mayor significado. 

Porque el problema de Oscar no es que vaya a caer en los mismos actos delictivos de los que trata de escapar sin saber muy bien cómo hacerlo, es la sensación, siempre presente, de que no va a tener tiempo de probarse a sí mismo, que no le van a dar la oportunidad de escapar de esa espiral de la que realmente quiere huir, de demostrar si realmente puede cambiar o no. De escuchar el consejo de ese hombre, que le habla de que la oportunidad de triunfar existe, incluso, para el que cree que nunca la tendrá. La vida es arrancada de cuajo cuando menos te lo esperas. Y la muerte siempre planea sobre la película, y el director se encarga de recordárnoslo, porque no quiere que nunca olvidemos el devenir de Oscar. En una de las mejores escenas de la película vemos al protagonista acariciar a un perro que acto y seguido morirá atropellado. Como ocurre con Oscar, la muerte acecha, incluso cuando estás en tu mejor momento.

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La forma en la que se va llegando a estos actos que ya conocemos está perfectamente medida, escuchar a la madre de Oscar decirle a su hijo que vaya en tren porque irá más seguro que en coche, toma un significado verdaderamente terrorífico. Como si la sobreprotección maternal fuera la que le empujase a su muerte. El hecho de conocer que es lo que va a ocurrir, o de incluso haberlo visto en el inicio, no resta impacto a la escena del tiroteo, la cual está narrada de forma excepcional y rodada con un gran nervio y cuidando siempre la tensión de la misma, manteniendo al espectador expectante de escuchar el fatídico disparo. Pero es precisamente cuando la muerte llega, cuando al director menos le interesa la misma, y la película toma la consciencia de denuncia para convertirse en un arrebatador discurso político. Pero Coogler no se olvida nunca de que está haciendo cine, y durante todo su acto final, maneja las emociones con verdadera destreza, bordeando las sensiblerías y no cayendo en lo fácil, más allá de un par de momentos puntuales, con presencia del personaje de la hija, un personaje del que se podría haber prescindido, para mostrar las consecuencias en el círculo personal y la importancia de la vida sobre los que no rodean. 

Fruitvale Station es una protesta a voz alzada, un grito a favor de la vida en un mundo en el que se mata sin piedad, sin lógica y de manera brutal.  Pero es también el debut de un director que muestra un impecable sentido de la narrativa, que sabe atar todos los cabos de la historia, y ser incapaz de impactar e indignar con hechos que ya conocíamos. Lo mejor que se puede decir de Fruitvale Station es que es una película realmente necesaria para comprender que no se puede dejar que gente como Oscar Grant o Trayvon Martin mueran impunemente a manos de locos que por tener un arma se creen con el poder suficiente para decidir sobre la vida de nadie.

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Ficha Técnica:

Título original: Fruitvale Station Director: Ryan Coogler Guión: Ryan Coogler Música: Ludwig Goransson Fotografía: Rachel Morrison Interpretes: Michael B. Jordan, Octavia Spencer, Melonie Diaz, Ahna O’Reilly, Kevin Durand, Chad Michael Murray, Ariana Neal, Keenan Coogler, Joey Oglesby, Trestin George, Michael James, Marjorie Shears, Destiny Ekwueme, Bianca Rodriguez III