Durante los meses previos al estreno de La Vida de Adèle hemos estado escuchando constantemente una guerra entre sus actrices y directores, que quizá ha roto la magia y la certeza con la que se estrenó en el festival de Cannes. Quizá esto que a lo mejor no se corresponde más que a una estrategia de publicidad mediática, no ha sido completamente acertado, para una película que llegó en el momento justo. En el festival de festivales, entre los Coen, Jarmusch, Polanski, Soderbergh y demás vacas sagradas de turno, llegó una obra de alguien relativamente desconocido como Abdellatif Kechiche que conmovió por completo a todos. Esta historia de amor homosexual, pasaba por la croisette, en el mismo momento que en Paris las calles se llenaban de gente pidiendo algo tan natural como el matrimonio homosexual. Y lo hacía de una forma completamente natural, no era tanto la naturaleza de la historia de amor, ni las explicitas escenas de sexo que tiene la película lo que la engrandecían, si no la naturalidad con la que era capaz de contar un romance que ciertamente hemos visto muchas veces en la gran pantalla, pero que jamás nos resultó tan real y tan cercano.

Kechiche conoce bien el terreno que pisa, no era su primer acercamiento a la adolescencia, algo que retrató también de manera muy veraz en la muy interesante La Escurridiza, o cómo esquivar el amor. Aquí, se acerca a la figura de una joven que trata de descubrir su sexualidad. Adèle vive completamente perdida en el mundo, entre clase y clase su único refugio para conocer quién es, está en la literatura. La presión social es la que le hace acercarse a un chico, pero pronto se da cuenta de que esa relación es incapaz de darle lo que necesita, ella busca alguien con quien pueda compartir su placer por la vida, por el arte, la incultura del muchacho es incapaz de llenar ese vacío. Es un vacío que trata de reemplazar con el sexo, pero pronto se dará cuenta de que esto tampoco es lo que necesita, y que no disfruta como debería hacerlo. En su vida pronto llegará Emma, el primer contacto, no es más que una mirada fugaz, una mirada que pone su mundo patas arriba. Conocer a Emma es lo que le hace replantearse del todo su existencia. Realmente, no es la necesidad lésbica de Adèle lo que la lleva a enamorarse de Emma, si no el hecho de ser la única persona capaz de rellenar ese espacio hueco. Se viene a la cabeza viendo La Vida de Adèle, aquella frase que enunciaba Piper Perabo diciendo que no era lesbiana, que simplemente era Pauline enamorada de Tori. Y realmente, esto es lo que Adèle nos muestra y jamás busca enfatizar de otra manera, la historia de Adèle enamorada de Emma.

Kechiche recorre diversas fases del amor, la película, cuyo título original lleva el subtítulo de Capítulos 1 y 2, está efectivamente centrada en dos capítulos de la vida de su protagonista. El primero es el de la adolescencia. El nacimiento de Adèle, ese nacimiento que todo ser humano tienen durante la adolescencia cuando tratan de descubrir quienes son. Es de vital importancia la figura de Emma en la vida de Adèle para el crecimiento de la misma como persona. Gracias a Emma, Adèle es capaz de descubrir la pasión y el amor. Somos incapaces de decir cuál de estas llega antes, y en qué momento exacto se producen. Vemos como todo nace desde esa mirada, como Adèle busca encontrarse, siguiendo a Emma como su perro guía, a través de pequeñas conversaciones. Dudando de sí misma, luchando por lo que no entiende, rindiéndose a esa clara atracción, mojándose los labios la primera vez que se atreve a besar a Emma. Pero todos estos sentimientos culminan en la famosa escena de sexo, que durante un tiempo nos muestra a las dos practicando este amor de una manera bastante explicita. La belleza de esta escena, no reside en su atrevimiento, el cual, realmente tan solo, sacado de contexto o alguien con una cabeza bastante cuadriculada puede escandalizar. Kechiche borra los preliminares porque no los necesita. A través de sus cuerpos desnudos, entrelazados, es capaz de transmitir toda la pasión, todo el amor que existe entre ellas dos. Vemos el deseo, vemos la fascinación de Adèle por descubrir ese mundo nuevo, observamos el placer, y entendemos por completo su amor.

Pasado este primer acto, el cual se culmina dándole al espectador a entender la fuerza y la naturalidad de este amor. Kechiche labra un salto en el tiempo que nos lleva a la madurez de este amor. En él nos narra la inseguridad de no ser suficiente para tu pareja. Si al principio de la película Adèle huía de ese chico que era incapaz de leer un libro, porque le aburría, ahora se siente como si ser la musa para el arte de Emma no fuera suficiente. Se siente perdida en las cenas que Emma prepara con otros adultos que como Emma, viven con su vida centrada en el mundo del arte. Su sueño siempre fue dar clase a los más pequeños, pero una vez realizado se da cuenta de que está perdida dentro de ese mundo con los más pequeños huyendo del mundo real. Esto le genera miedo, un miedo que se traduce en celos, y unos celos que la llevan de nuevo a replantearse las mismas preguntas de la adolescencia, ¿quién soy yo? ¿quién es Adèle? ¿qué necesito para llenar ese vacío?.

Se dice que los problemas en el rodaje que han generado esta disputa entre sus actrices y el director, viene de la intensidad que Kechiche buscaba mientras realizaba la película. Como forzaba ese deseo carnal para que fuera natural, o incluso como exigía que en cierta discusión en uno de los momentos más intensos de la película, se pegaran de verdad. Se pueden cuestionar los métodos del realizador a la hora de trabajar con sus actrices, pero lo cierto es que sabía lo que buscaba y todo esto se traduce en la pantalla, transmitiendo una sensación de que lo que estamos presenciando es de una pasmosa realidad. Pero su hallazgo va más allá de eso, es sin duda Adèle Exarchopoulos la que da vida a la película, su interpretación, una de las mejores que ha dado el cine en mucho tiempo, es absolutamente impecable. La cámara la sigue constantemente, ella es capaz de transmitirte toda su inseguridad y todas sus dudas, te contagia su sonrisa y su felicidad cuando la ves alegre, resulta completamente desolador verla llorar. Su rostro, siempre con la boca entreabierta, transmite esa fascinación por el descubrimiento. El hecho de que se haya cambiado el nombre del personaje del cómic por el nombre propio de la actriz, no es una simple casualidad. El director quería que ella se sintiese completamente libre, natural, y realmente lo consigue, porque lo más fascinante de todo es la sensación que deja la actriz de nunca estar actuando.

La vida de Adèle es todo un hallazgo, una de las historias más bellas de los últimos años. La cámara de Kechiche, que como si fuera los hermanos Dardenne, nunca busca el cine, si no transmitir un paisaje brutalmente real. Esto no le impide, sin embargo, hacer de la película un completo ejercicio de estilo. El azul de la pasión del cabello de Emma, el que da título a la novela gráfica, El Azul es un color cálido, está constantemente presente en la película, como si fuera este color lo que Adèle necesita para encontrarse a sí misma, un color que es la que consigue que el personaje dé con el perfecto equilibrio. Es tan solo en algunas escenas en las que el personaje se encuentra tocando fondo, cuando parece que el azul se tiñe de negro. La vida de Adèle llega en su momento justo, cuando el mundo pide a gritos la completa igualdad ante cualquier tipo de amor, mientras que un puñado de retrógrados se empeñan en censurar lo que ellos ven diferente. La película nos habla de un amor completamente universal, la historia de dos personas enamoradas más allá de su condición. Y sobre todo, como superar los miedos de aquello que algunos llaman diferente, para enfrentarse contra sí mismo. Lo que menos me interesa de La vida de Adèle es que hable de dos mujeres o dos hombres, me interesa su lectura del amor, y ésta es una de las más bellas, tristes y dolorosamente cercanas historias de amor que el cine ha dado en mucho tiempo.

Título Original: La vie d’Adèle – Chapitre 1 & 2 Director: Abdellatif Kechiche Guión: Abdellatif Kechiche, Ghalya Lacroix Fotografía: Sofian El Fani Intérpretes: Adèle Exarchopoulos, Léa Seydoux, Salim Kechiouche, Mona Walravens, Jeremie Laheurte, Alma Jodorowsky, Aurélien Recoing, Catherine Salée, Fanny Maurin, Benjamin Siksou, Sandor Funtek, Karim Saidi Distribuidora: Vértigo Fecha de Estreno: 25/10/2013

  • Paula Alonso

    Sinceramente, para que se hagan películas lésbicas como ésta prefiero que no se haga ninguna… porque mucho decir que visibilizan y normalizan pero parece que nadie ve que en realidad estamos en lo de siempre: las relaciones entre mujeres se convierten en objetos de morbo masculino y en escenitas degradantes de tetas y coños antes que en cualquier otra cosa, y eso es más un retroceso que un avance.

    Soy lesbiana y estoy muy harta de escuchar tantas alabanzas absurdas a esta película que no es más que el desahogo pornográfico de las obsesiones de un director déspota. Fui a verla ilusionadísima porque el cómic me había encantado y tenía las esperanzas de encontrarme con algo igual de bueno o quizá mejor, pero no puedo expresar mi sorpresa al encontrarme tamaña basura… Quince minutos de porno lésbico completamente gratuito e injustificado que ensucian el resto del metraje y actúan a modo de llamada de atención desesperada (así como llamada a la recaudación, a la audiencia y a la crítica masculina) para disculpar tres horas insustanciales, desaprovechadas y vacías, con lo que podía haber dado de sí una temática inicial tan fantástica. El director sólo se preocupó de rodar tijeras y cunnilingus, no hay rastro de la profundidad de la novela gráfica, de su estética cautivante, de su buen gusto, de su sensibilidad, de su despliegue en cuanto a temas y motivos… sólo sexo explícito, poses ridículas y morbo facilón
    para arrastrar a la gente a verla y convertirla en vouyers.

    Sin esas largas escenas de sexo la película habría ganado en dignidad y fuerza, precisamente es contraproducente a su causa este excesivo regodeo. En lugar de estas escenas (o de gran parte de ellas) se podría haber aprovechado metraje e incluir, por ejemplo, una escena de ataque homófobo de los que están tan tristemente vigentes en Francia u otros países europeos, eso sí contribuiría a una mayor sensibilización del público y no una escena como la de las tijeras con la que la película cae en el ridículo, se descalifica a sí misma y le da la razón a
    quienes afirman que es pornografía mostrada sólo con el propósito de excitar.
    ¿Cuál es la intención si no de regodearse de tal manera? ¿Si no vemos ocho
    orgasmos no entendemos la pasión entre ambas protagonistas? ¿O la “necesidad” de meter estos quince minutos de sexo salvaje era porque si no nadie aguantaría tres horas soporíferas viendo a una actriz con cara de empanada? Mucho más importante y vital para la trama era la escena suprimida en el montaje final de los padres de Adèle echándola de casa cuando la pillan en la cama con Emma, que en el cómic marca un punto de inflexión importantísimo en la vida de la protagonista y así debería haber sido igualmente en la película para entender mejor su desamparo y su soledad. ¿Por qué se suprimió entonces? ¿Para darle más minutos al sexo? Resulta incomprensible.

    Me pregunto cómo es posible que nadie (o muy pocos) vean lo que es en realidad esta película: una fantasía pornográfica de un director heterosexual, basándose en un juicio apriorístico de cómo follan dos lesbianas que no es más que su propio deseo puesto en imágenes (y además tiránicamente, en plan “vosotras tocaos hasta la extenuación que yo filmo mientras babeo). De haber sido dos hombres los protagonistas (o un hombre y una mujer), el director jamás se habría recreado así en una escena sexual entre ellos y la película no habría sido tan brillante para los críticos. Si la pareja hubiera sido heterosexual y si el sexo, aunque realista, hubiera sido tratado de manera más sutil, de esta película ni se habla. Y mucho menos se la premia. Pero claro, a los críticos heterosexuales les ha gustado mucho y por eso ganó Cannes…

    Por eso, lo que me escama de todo esto (aparte de que me es imposible simpatizar con un señor que ha hecho que sus actrices se sientan poco menos que abusadas…) es que el director ha reducido una historia compleja sobre el amor, la amistad, la intimidad… en una larguísima escena de sexo hecha desde el punto de vista de un observador masculino que reduce a las lesbianas y a las mujeres en general en objetos hipersexualizados cuyas prácticas sexuales deben ser aquellas que despiertan los deseos del público. Como siempre, se reduce a las mujeres (lesbianas o no) a lo mismo. Objetos. Objetos con los que vender, comerciar, excitar… objetos masturbatorios y poco más.

    Esta película no hace ningún favor a la causa homosexual, más bien todo lo contrario.

    Si me extiendo tanto y me expreso con tanta vehemencia es porque quiero que mi punto de vista (que es el de muchas lesbianas también) ayude a entender por qué tanta indignación justificada con esta película, por eso insisto en dar explicaciones de lo que considero que es un enfado lógico (el que también siente la propia autora del cómic) y no una pura histeria “porque sí”.

    Recomiendo encarecidamente la lectura del cómic original para que cualquiera compruebe la diferencia por sí mismo en todo cuanto afirmo: claro que hay sexo, de hecho nadie niega la necesidad de que lo haya, pero está tratado de una manera completamente diferente: con buen gusto, sensibilidad y respeto. Son escenas estéticas y realistas, no tan facilonas, exageradas y burdas como en la película, donde la mirada masculina y casi onanista se delata por sí sola. La autora, Julie Maroh, también expresó su indignación al respecto. Conste, insisto, que en ningún momento se discute sobre no mostrar sexo en la película, de hecho es necesario y está justificado que se muestre, pero no ASÍ. El problema no es con el sexo explícito siempre que esté justificado y bien presentado. El problema es cuando se ha decidido mostrar una escena sexual larguísima con el único propósito de crear morbo gratuito y polémica para después querer tomar al
    espectador por tonto, hacerse el ingenuo y pretender venderlo como “arte”. Eso
    es lo indignante. Más que una relación sincera y realista entre dos mujeres
    parece una fantasía pornográfica bastante tópica (e incluso ridícula por
    determinadas posturas) de un hombre heterosexual.

    Tened por seguro que si Kechiche hubiera dirigido “Brokeback Mountain” o una historia de amor con dos hombres como protagonistas, ni de coña se habría recreado tanto. Es por este cúmulo de circunstancias por el que las lesbianas nos sentimos tan ofendidas: se nos reduce siempre a lo mismo, al mismo papel de objetos destinados a dar placer o morbo a la audiencia… Es curioso que las mayores alabanzas procedan, justamente, de hombres heterosexuales; las mujeres, heteros o lesbianas, la ponen bastante peor y son mucho más críticas. Será quizá porque la cosificación sexual de la mujer es algo tan enquistado en nuestra sociedad, en todos los ámbitos, lo tenemos tan admitido, que ni se permite darle la vuelta cuando alguien lo cuestiona (y entonces, de hacerlo, se nos tacha de histéricas, mojigatas o estrechas de mente, como si confundiéramos “abiertos de mente” con “necesidad de mostrar sexo explícito”) y, como siempre, se visibiliza a las lesbianas sólo para la consecución del placer masculino; se
    las muestra como objetos sexuales en la pantalla con la hipócrita excusa de que
    es necesario ver esas escenas pornográficas para entender la vida de la
    protagonista. Y así, la vida de Adèle se queda reducida a “La vida sexual de
    Adèle”. Una película fácil, vulgar, pornográfica, con todo lo que podía haber
    dado de sí (no se dedica apenas atención a la lucha interior de la
    protagonista, a los conflictos con sus padres y amigas ni la solución a los
    mismos, no se incide en la necesidad de una mayor visibilización y
    normalización, etc.)… Creo sinceramente que Kechiche no quiso
    desarrollar con la misma extensión y profundidad ningún otro tema más que el
    sexual, disfrazando tal cantidad exagerada de escenas pornográficas bajo tres
    horas de “cine” y “arte”. El director parece que sólo se dirige a un público
    específico para que alabe su obra. Podía haber hecho una verdadera maravilla,
    pero se dejó cegar por el recurso más fácil y explícito. Es verdaderamente una lástima.