Con Paraíso: Fe, llega la segunda entrega de la trilogía Paraíso de Ulrich Seidl, una trilogía sobre la soledad de la mujer, que bien pueden funcionar de forma independiente, pero que su distribuidora española ha tenido el acierto de estrenar de manera consecutiva. De este modo podremos disfrutar al completo de una extensa obra que habla sobre la soledad de la mujer moderna y la necesidad de escapar de ella. Fe, bien podría haberse llamado Amor. Si en la primera película la protagonista viajaba a Kenia a buscar refugio carnal en los nativos, y veía como el interés de ellos por el dinero, y la manera de aprovecharse, la arrastraban a ser igual de ruin que como a ella la habían tratado. Ahora, la protagonista, que es la hermana de la protagonista de Amor, no va buscando el refugio, si no que lo ha encontrado por completo en la figura de Dios. Seidl no habla de los peligros de la Fe, si no de la relación de una beata cristiana con la figura del creador, una relación, que roza lo carnal, haciendo de Jesucristo la figura del hombre capaz de satisfacerla, y que Seidl, poco amigo de sugerir, muestra de forma descarnada y totalmente incomoda.

Anna María es una devota de la religión. Ha decidido pedirse unas vacaciones en el hospital en el que trabaja para pasarlas en casa, entregarse por completo a Jesucristo, flagelándose y torturándose en un acto de acercamiento al señor. También dedica este tiempo a acercarse a esos inmigrantes, a los que cree completamente perdidos, con una figura de la virgen, y así reconducirles por el camino del cristianismo. La vida de Anna María se debe única y exclusivamente a su señor, se despierta con una imagen de Cristo al lado, come y cocina, bajo la atenta mirada de un retrato del Papa Benedicto. Incluso cuenta con agua bendita para santiguarse en la puerta de las habitaciones. Pero esta perfecta convivencia en amor, con una mujer entregada y la figura del hombre, tan omnipresente, como ausente, se verá perturbada por la vuelta del marido de Anna María, un musulmán que perdió la movilidad en un accidente. Las cosas no eran así antes de que él se fuera, y posiblemente la actitud de Anna María fuera producida por su abandono. Al llegar espera encontrar todo tal y como se fue, pero se encuentra en una situación en la que su mujer se rechaza, y pronto verá que esto es debido a la figura de Dios, como otro hombre en la vida de su mujer.

Seidl arranca de manera directa, en un plano fijo, perfectamente simétrico, fotografiado a la perfección por su equipo de siempre, compuesto por Wolfgang Thaler, Edward Lachman y que evoca a una pintura renacentista. Vemos a la protagonista desnudarse delante de la figura de Cristo, arrodillarse y empezar a propiciarse latigazos en la espalda. Como veremos más adelante, no es el único castigo que se impone Anna María, también se ata un hierro al costado, emulando a una corona de espinas, y reza paseando de rodillas por su casa. Ella siente que el dolor, es la única manera de acercarse físicamente a su señor sin caer en el pecado, puesto que el sexo lo considera una aberración y un completo pecado, y acabará terriblemente escandalizada cuando volviendo en casa se tope con una orgía en el parque. Pero aún así, la protagonista se siente completamente débil, y en un momento tiene la necesidad de la carnalidad con una figura de Jesucristo, masturbándose y consumando así el acto de amor. Una imagen realmente desagradable, y que el espectador intuye ya desde el principio, quizá otro realizador hubiera parado ahí, pero de nuevo Seidl, es ese tipo al que le gusta llegar al final de los actos, y no duda en mostrar la escena para agonía del espectador.

Pero aunque como decíamos, a Seidl no le preocupa tanto la relación de fe, ni los peligros de ésta. No pierde la oportunidad de usar la figura del marido, musulmán, para ejemplificar la guerra entre ambas religiones durante miles de años de historia. Ella usa el poder que tiene sobre él, para someterle, mientras que él, intenta borrar todos los símbolos religiosos de la casa. Realmente, ninguno trata de convencer al otro de que su religión es la correcta, sino que simplemente trata de imponer sus costumbres sobre el otro, sin miramientos, ni remordimientos por sus actos. Seidl firma una segunda parte de su historia, que es aún más cruel y desasosegante que la primera, su mirada es tan cruel como el director de Días Perros lleva mostrando desde sus inicios, unos inicios a los que sigue siendo fiel, desde el mismo equipo de trabajo, hasta su forma de utilizar actores profesionales y no profesionales consiguiendo un perfecto equilibrio. Como, sobre todo, su perfecta planificación de cada escena, teniendo bien claro lo que va a suceder, pero sin escribir una sola línea de guión y dejando que sean los actores los que rellenen los huecos. El austriaco nos vuelve a levantar el estómago y a encoger el corazón, dejando claro, con esta trilogía, que tiene una de las miradas más atroces, descarnadas y violentas del cine actual.

Título Original: Paradies: Glaube Director: Ulrich Seidl Guión: Ulrich Seidl, Veronika Franz Fotografía: Wolfgang Thaler, Edward Lachman Intérpretes: Maria Hofstatter, Nabil Saleh, Natalya Baranova, Rene Rupnik, Daniel Hoesl, Dieter Masur, Trude Masur Distribuidora: Golem Fecha de Estreno: 23/08/2013