Gracias a nuestros compañeros de SensaCine (@SensaCineLa Cabecita pudo asistir el pasado 11 de Abril al preestreno en Madrid de Memorias de un zombie adolescente, que supone el regreso a la gran pantalla de Jonathan Levine tras el éxito de 50/50 (2011). ¡Gracias compañeros!

Los zombies ya han superado a los vampiros. Una afirmación arriesgada dirán algunos. Pero es así. El fenómeno zombie ya ha alcanzado y superado los altísimos niveles de fanatismo desbocado que filmes como Crepúsculo (2008) iniciaron hace ya unos años. Todo lo que giraba en torno a vampiros se compraba, así llegó el remake de Déjame entrar (2010) y así surgieron espantosas producciones como Abraham Lincoln: Cazador de vampiros (2012) o El sicario de Dios (2011), y también otros filmes menos horripilantes como Sombras tenebrosas (2012). Ahora le ha llegado el turno a los zombies. Un (sub)género que nació en los años 30 pero que hasta el 68 de la mano de George A. Romero y La noche de los muertos vivientes no consiguió dar de qué hablar. A pesar de todo la temática zombie no consiguió consolidarse como una apuesta jugosa hasta que, muchos años después (con contadas excepciones), productos como Zombies party (2004), Bienvenidos a Zombieland (2009) o la serie The Walking Dead (2010) han movilizado a las masas en busca de entretenimiento sangriento a costa de estos muertos vivientes (ojalá incluyamos en el futuro en ese grupo de renovadora películas del género a Guerra Mundial Z).

Tras muchas producciones, unas fallidas y otras de gran éxito, este año ha llegado a nuestras pantallas un filme que apuesta por algo que hasta ahora muy pocas películas han osado hacer: humanizar a los zombies. Esa es la premisa principal de Memorias de un zombie adolescente. Jamás me he encontrado con una película que apueste por el amor entre zombies y humanos, y aunque la idea puede resultar bastante interesante lo cierto es que este nuevo trabajo de Jonathan Levine hace aguas en muchos momentos. Por ello lo mejor es tomárselo a risa, porque al fin y al cabo estamos ante una película que simplemente aspira a parodiarse a sí misma en particular (y al género zombie en general). Porque venderla como un producto zombie (con todos sus tópicos) sería un error, ya que se trata de una comedia romántica que no se toma en serio ni a sí misma, y que, por ende, nosotros tampoco debemos tomarnos como un producto serio.

 

Quizá lo más curioso de la película sea ver cómo ha crecido Nicholas Hoult, el pequeño que en Un niño grande (2002) enterneció al mundo acompañando a Hugh Grant en sus hazañas amorosas, y que tiempo después disfrutamos, un poco más mayor, en El señor de la guerra (2005). Su punto de partida al estrellato fue la serie Skins (2007) aunque quizá los cinéfilos le recuerden mejor por sus papeles en Un hombre soltero (2009), Furia de titanes (2010) y X-Men: Primera generación (2011). Estos meses dos de sus películas han coincidido en la cartelera, aunque muchos afirman que a pesar de su personaje está mucho más expresivo en Memorias de un zombie adolescente que en Jack, el caza gigantes (2013). Lo que es evidente es que este chico no tiene pensando dejar de hacer películas, y aunque de momento no se ha lanzado a protagonizar algún filme un poco más exigente a sus 23 años está demostrando que tiene un futuro prometedor por delante.

Un poco más irregular está siendo la trayectoria del director de Warm Bodies, que se arriesga con películas diferentes pero que con excepción de 50/50 (y quizá también, aunque en menor medida, The Wackness (2008)) sus filmes no han conseguido entusiasmar demasiado, incluyendo el filme que estamos tratando. A pesar de esto, aún es algo pronto para valorar su filmografía, ya que tan sólo cuatro títulos forman parte de ella. De momento está claro que a Levine sentido del humor no le falta.

Memorias de un zombie adolescente cuenta la historia de R, un zombi con problemas existenciales, que entabla una extraña amistad con la novia de una de sus víctimas. Esta insólita relación provoca una reacción en cadena que cambia su vida, la de otros zombis y probablemente la de todo el planeta.

 

El principal problema de Warm Bodies es que el comienzo es inmenso. Desde el primer momento sabes que estás ante una película un tanto absurda con la que te vas a reír, y seguramente en muchas ocasiones no sabrás muy bien por qué. Cuando el tema amoroso se instaura el filme perderá interés para algunos que esperaban algo más cercano a una cinta gore que a una comedia romántica. Aún así desde el momento en que R, magníficamente interpretado por Hoult, conoce a su media naranja los gags (muy surrealistas la mayoría) no dejan de sucederse y provocar alguna que otra carcajada. Los intentos del zombie, guiado por su conciencia, por gesticular como una persona normal unidos a la magnífica banda sonora que acompaña a paso lento no sólo a R, sino a todos sus compañeros “semi-humanos”, hacen muy fácil el disfrute de esta película. El largometraje tiene momentos para todos los públicos, hay enfrentamientos, humor adolescente e historia de amor marcada por el peligro. El final, aunque evidente, dejará satisfechos a todos aquellos que no fueron con la idea de ver un producto sádico.

Tampoco es un gran ejercicio cinematográfico, la película peca de sosa en algunos momentos. Aunque escuchar a Bruce Springsteen, Bob Dylan, Scorpions o Guns N’ Roses hace que todo lo malo parezca menos malo. Un filme que rezuma optimismo y buen humor y que a pesar de ir en contra de los cánones establecidos por todas las películas de zombies anteriores consigue encontrar un buen ritmo, y hacer pasar un buen rato al espectador.

Lo mejor: La banda sonora y algún gag puntual. Y John Malkovich, que siempre es una gozada verle en pantalla.

Lo peor: Que el público se la tome demasiado en serio.

Nota: 6/10