Hay una cosa que siempre me ha fascinado del cine de Billy Wilder y es lo actuales que son todas sus películas, daba igual que yo las descubriese muchos años después de que él las hiciese, todas seguían siendo rabiosamente actuales. Entre todas ellas quizá una de las que más destacaba en este aspecto era El Gran Carnaval, protagonizada por Kirk Douglas en 1951, en ella Wilder lanzaba una crítica feroz contra los medios de comunicación, contando la historia de un periodista que veía su oportunidad de conseguir un gran éxito al encontrarse con un hombre atrapado sin poder salir de una montaña, allí el periodista sin ningún tipo de escrúpulo era capaz de hacer cualquier cosa para que ese hombre siguiera permaneciendo ahí enterrado a cambio de su gran exclusiva. Álex de la Iglesia retoma esta historia 60 años después, no para actualizarla, pues esto habría sido algo insensato e innecesario, si no para darle un paso más y cargar sus iras no sólo contra la prensa, sino también para crear una sátira social sobre la sociedad actual, dónde el ser humano es capaz de ser su propia víctima y de llevar hasta el extremo su propio sufrimiento a cambio de un cheque y de sus cinco minutos de fama, al contrario que Wilder, la película de De la Iglesia dentro de muchos será vieja pero hoy la aprovecha para enfrascarla en la crisis actual y denunciar con mucho menos tino del que lo hiciera por ejemplo Max Lemcke en la reciente Cinco Metros Cuadrados.

El problema principal con el que se encuentra Álex de la Iglesia es el de trabajar con un guión que no es propio, es Randy Feldman, guionista de películas como Tango y Cash y El Negociador, quien lo firma, y además de que el libreto es realmente flojo e incluso bastante ridículo, el realizador se ve incapaz de llevar a su propio terreno. Tras una presentación larguísima y horrorosa que sólo sirve para demostrar la poca química que existe entre sus dos protagonistas, tenemos una recta inicial bastante agradable y sorprendente, una comedia negra que se diluye por completo al producirse el grave impacto que cambiará por completo el devenir del protagonista. Aunque intenta dejar toques de humor por el camino, con unos personajes exagerados y caricaturescos la cinta empieza poco a poco a parecerse en un drama social del que solo sale cuando la exageración continua de sus personajes hace presencia, algo que por otro lado llega a ser un recurso bastante cansado, la exageración llega al límite en ciertos secundarios como los de Juan Luis Galiardo o Fernando Tejero, en este camino en tierra de nadie a De la Iglesia solo le quedan para escudarse la brutal crítica social y el factor emocional, ambos también se sienten fracasar, el primero por sólo ser capaz de cargar contra todo (no solo los medios, también política y bancos entran en el juego) a través de rabiosas diatribas pronunciadas por su protagonista, y en lo segundo por una sobreexplotación de los momentos emocionales que como todo en esta película acaba resultando excesivo.

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De la Iglesia tampoco trata ocultar sus intenciones, así podríamos decir que esta película se encuentra unida en un lazo con Balada triste de Trompeta (aunque aquella fuera una película notable y su comparación no hace más que dejar en evidencia a su última película) dentro del mundo circense, pero en aquella el circo estaba presente en forma física, aquí se cambia por un viejo teatro romano, que actúa en la misma manera, pero el realizador bilbaíno no nos deja de recordarnos todo el tiempo su apreciación como circo, algo que se siente completamente innecesario. Al igual pasa con la necesidad de traer a coalición sucesos recientes como el de los mineros chilenos o incluso traernos un final en el que se ven claras reminiscencias del 15M, un cúmulo de tantas referencias que no necesitan explicación, pero que el director bilbaíno se ve medio forzado a explicárnoslas minuciosamente hasta sobresaturarnos. Aunque pese a todos sus errores, y unos excesos que la hacen ser una película lejana y carente de emoción, aún le queda a De la Iglesia suficiente talento como para hacer que el espectador se llegue a interesar por la historia.

La impresión general del cuadro podría ser aún mejor si no nos encontrásemos con un casting tan horroroso encabezado por un José Mota que resulta completamente inverosímil, es cierto que ya de por si no carece de un gran talento interpretativo y es incapaz de ocultar su vis cómica, lo que lo hace totalmente inapropiado para un papel de este tipo, pero el principal problema de su actuación está en que se encuentra completamente descontrolado, hiperexpresivo y como todo aquí, sí, realmente excedido, De la Iglesia no le sabe controlar y su personaje se convierte en un completo disparate. Realmente por grandes actuaciones, empezando por una nefasta Salma Hayek y por un grupo de secundarios y cameístas que parece que se han juntado para hacer una reunión de amiguetes. Pero más allá de todo eso, quizá el mayor problema con el que se topa la película es que De la Iglesia se ve incapaz de trabajar con un guión que no es suyo, en alguien con un estilo tan marcado como el del bilbaíno, la imperiosa necesidad de llevarlo a su terreno acaba siendo un enemigo mortal, el realizador hiperboliza toda la película hasta acabar realizando un film completamente excedido, carente de personalidad y que fracasa en todo lo que se propone, no consiguiendo hacer gracia cuando trata de ser divertida y mucho menos de emocionar e incluso mostrándose incapaz de servir como argumento crítico ya que para poder lanzarlas se tiene que salir por completo del nodo de la película. Estamos ante la que posiblemente sea la peor película de realizador de El Día de la Bestia, una película que la única chispa que realmente tiene es la que aparece en el título.

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