En el cuerpo de policías de Nueva York hay todo tipo de agentes, entre ellos están Eddie, a punto de jubilarse, Tango un policía que trabaja infiltrado en una banda de la que desea salir y Sal, un policía corrupto sin ningún reparo en quedarse con dinero negro. Ellos tres son los protagonistas de la nueva película de Fuqua, un cruce entre The Wire y Training Day carente de ningún tipo de gracia.

Antoine Fuqua que empezó a ver como su nombre cobraba fuerza con Training Day, otro film policiaco que realmente tampoco tenía nada de especial pero funcionaba bien y se veía ensalzado por la maravillosa actuación de Denzel Washington, vuelve al género que le dio éxito, con una película muy aleja de aquella, en la que es difícil rascar algo positivo. Fuqua utiliza el retrato de estos tres policías que no se conocen y que están metidos en situaciones muy distintas, para ir contándonos su historia de una manera paralela, aunque no exista ningún nexo de unión sobre ellos.

Lo peor que le puede pasar a una película de género policiaco es carecer de ritmo, y es exactamente lo que la pasa a la película de Fuqua, el director emplea más de cuarenta minutos en terminar de presentar a los personajes y cuando esto acaba de pasar, la película no acaba de arrancar hasta que llega una esporádica escena en el medio de la cinta, que se antoja como un oasis en el desierto, puesto que cuando ésta termina, la tónica vuelve a ser exactamente igual, la película se queda estancada, sin avanzar hacía ningún lado y haciendo que las más de dos horas de metraje sean interminables.

Por supuesto los tres protagonistas no podían estar más estereotipados, ese policía en su última semana al que le asignan un novato, ese agente infiltrado que realmente está perdido después de tantos años en esa banda, o ese policía corrupto que ya se ha manchado las manos, pero realmente solo lo hace buscando el bienestar de su familia. Fuqua no se molesta en intentar disfrazarlos ni siquiera un poquito para que puedan resultar algo diferentes, realmente por momentos llega a parecer la sensación de que el director nos está tomando el pelo con una continua sucesión de escenas vistas ya antes en mil películas, pero lo peor no es eso, lo peor es que se lo cree.

Y sí, es cierto que aproximadamente a la mitad de la película hay una escena que hace parecer que el film puede mejorar durante todo su tramo final, y que aún sin suponer nada realmente nuevo, consigue atraer la atención del espectador por primera (y última) vez hacia lo que está pasando en la pantalla. Fuqua presenta un vertiginoso montaje de tres escenas simultaneas en las que cada uno de los protagonistas se encuentra lidiando con distintas situaciones, el buen montaje y el ritmo impregnado es algo que realmente podría haber cambiado la tónica de la película, o al menos lleva a pensar en un buen final que pueda apañar la visión tan negra que se tiene de ella, pero nada más lejos de la verdad. Al llegar a su tramo final nos encontramos con una unión de los personajes de una forma realmente rocambolesca (con un ridículo flashback incluido), en unos momentos carentes de cualquier tipo de tensión, fríos y por supuesto incapaces de producir la más mínima respuesta en el espectador.

Ni siquiera el contar con un reparto con grandes actores como Richard Gere, Don Cheadle o Ethan Hawke en los roles principales, que hacen cuanto está en su mano, es capaz de salvar a esta película de la sensación de inmensa estupidez que impregna en el espectador. Y es que este thriller parece más una parodia que una película seria, resulta plana, aburrida, carente de alma y sin ningún sentido de la narración ni del ritmo y por si fuera poco, mil veces vista. Fuqua necesitará agarrarse a otro flotador con la forma de Denzel Washington si pretende que alguna vez le podamos volver a tomar en serio, después de los últimos despropósitos que nos ha ofrecido.

1.5_estrellas