Pocas sagas (por no decir ninguna), pueden de presumir de haber estrenado tantas películas en tan poco tiempo y gozar de buena salud hasta el final. Diez años después de que se estrenase La Piedra filosofal, y con 8 películas a sus espaldas, la saga llega a su fin. Un final que es como se merecía, un final que llega con un broche de oro.

Muy largo ha sido el camino de Potter, lejos quedan las dos primeras aventuras infantiles que dirigió Colombus, el excelente Prisionero de Azkaban de Cuarón o el tropezón de Mike Newell y su Cáliz de Fuego. Muchos se echaron (y con razón) las manos a la cabeza, cuando un debutante como David Yates fue asignado para llevar el tramo final de la saga, y pese a llegar hasta el final con algún titubeo, en esta última entrega, confirma lo que ya empezó a demostrar con la primera parte de Las Reliquias de la muerte, y es que la elección, acabo siendo magnífica.

Poco tiene que ver el debutante, y en ocasiones torpón director, que estaba detrás de las cámaras en La Orden del fénix y El Misterio del Príncipe. Yates ha ido aprendiendo por el camino, y aquí demuestra una increíble firmeza en cada uno de los planos de la película.

El cierre de la saga de Potter es prodigioso, tiene todo los elementos que a una película veraniega se le deben pedir. La épica imprime la pantalla desde el principio y tiene un dinamismo que no da espacio al espectador para respirar durante todo su metraje. Y por supuesto no le falta la magia, y no solo la que sale de las varitas, si no toda la que rodea a ese fantástico castillo de Hogwarts que vuelve a ser protagonista una vez más.

Todas las peleas –que copan la mayor parte del metraje – están rodadas con una exquisitez enorme, en la que el espectador no solo no pierde un detalle de lo que está pasando, sino que además en un rápido vistazo es capaz de posicionar rápidamente toda la situación y a todos los personajes. Algo terriblemente importante a la hora de rodar algo de unas magnitudes tan enormes, y que últimamente parece terriblemente olvidado.

Por supuesto la película también sigue con esa búsqueda de los Horrocruxes que inició en la primera entrega del final, y que aprovecha para regalarnos momentos increíbles en algunos lugares claves de la saga, aprovechando para hacer un exquisito repaso a toda ella. Así tenemos una fantástica bajada a las cámaras de Grigotts, una trepidante huida del fuego en la sala de los menesteres o uno de los momentos más esperados de la saga en la cámara secreta.

También es clave el fantástico guión de Steve Kloves, lejos de los diálogos de MacDonalds que nos tienen acostumbrados la mayoría de películas que suelen llegar por estas fechas, y dotándolos de fuerza, carácter y pasión. Consiguiendo que el espectador sea participe del increíble espectáculo al que está asistiendo, haciéndole divertirse, y emocionarse.

Pero la prueba de fuego estaba en su final, la que podríamos llamar la lucha del siglo, más esperada que un Sting vs Undertaker, más incluso que un Pacquiao vs Mayweather. Daba igual que todo fuera perfecto si el momento clave de toda la saga, no cumplía las expectativas, el enfrentamiento final entre Voldemort y Harry Potter tenía que ser algo épico, inolvidable, algo que se quedase clavado en la retina del espectador, pero tampoco se podía abusar de ello y hacer que medía película fuese ese enfrentamiento, había que encontrar el punto justo, y Yates vuelve a acertar de lleno en el momento clave de toda la saga, consiguiendo una lucha que no se olvidaran en mucho tiempo.

Potter cierra sus puertas de la mejor manera que podíamos soñar, con la mejor de sus entregas, y reclamando su lugar entre las grandes sagas de aventuras de la historia del cine. Un gran broche de oro, para una saga, que pese a todos sus altibajos, será inevitable que la echemos de menos. ¡Hasta la vista, Harry!

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