Una vaca cayó del cielo en los mares de Japón, es algo que perfectamente podría haber añadido Paul Thomas Anderson al prologo de Magnolia, es uno de esos sucesos de los que hablaba la película, “una de esas cosas” a las que se hacía referencia, esas cosas que no pueden ser “simplemente una cuestión de azar”. Y es que es precisamente con una de esas cosas con la que empieza la película de Borensztein.

En ese momento se acaban los parecidos con la obra de Anderson, por supuesto, por que como reza su título, esta película es un cuento, o al menos lo intenta. Intenta ser el cuento de un señor arisco, maniático, que cada mañana en su ferretería cuenta los tornillos de su caja para comprobar que como siempre, nunca es la cantidad correcta. Es el cuento de un señor huraño, al que no le interesa crear lazos con nadie, prefiere vivir por él y para él, pero al que un día se le cruzará por su camino el chino al que le cayó una vaca del cielo.

Tras una presentación formidable, la película se pierde un poco entre la torpeza narrativa que en ocasiones muestra su director, basando toda la película en los problemas de comunicación de estas dos personas y el terrible choque cultural, Borensztein peca demasiado de buscar ese tono amable y de comedia en momentos en los que el drama viene siendo necesario, y se le ve perdido completamente dentro de lo que quiere contar.

El momento en el que más se ve esta pérdida de sentido es cuando decide incluir dentro de ese cuento la guerra de las Malvinas, en una escena de una factura impresionante, pero que resulta totalmente prescindible y daña lo creado a la hora de buscar una explicación que el espectador no necesitaba.

Pero aún así la película no se ahoga en ningún momento y consigue mantenerse a flote gracias al talento del señor Darín, que hace suya la película y al personaje, y aplica sus mayores dosis de genialidad cuando está más débil esta. Y es que sin Darín esta película no aguantaría viva mucho tiempo.

Por el camino nos encontramos algún momento de maravillosa genialidad perdida, esos fantásticos momentos en los que la imaginación del protagonista recrea esas absurdas noticias que colecciona del periódico, pero esto no hace más que confirmar que Borensztein se queda a medio camino de contar el cuento que quería, y que aunque al final coman perdices, al director en todo momento le cuesta saber qué dirección debe tomar.

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