Bajada finalmente la persiana a Juego de tronos, conviene preguntarse si el éxito sin precedentes que la ha venido acompañando se corresponde con un nivel de calidad equivalente. O si, en cambio, hemos asistido a la plasmación, perfecta y continuada en el tiempo —lo cual sí es digno de mención, dada la pronta fecha de caducidad que hoy día afecta a casi todo— del neologismo hype. Porque hace ya bastantes temporadas que la serie daba una sospechosa sensación de must-see del que pontificar con puntualidad británica, preferentemente en redes sociales, cuantas más mejor. Una especie de transposición inversa de la espiral de silencio descrita por Elisabeth Noelle-Neumann, algo del tipo: “¿No has visto Juego de tronos? Estás muerto. Peor, no existes”. Muy propio, asimismo, del exhibicionista zeitgeist que nos ha tocado en suerte, vaya.

La correlación antedicha entre calidad y favor —fervor— de la audiencia resultaba indiscutible durante las primeras entregas, con Las lluvias de Castamere (The Rains of Castamere), penúltimo episodio de la tercera, como clímax de impactante recuerdo. No obstante, se produjo a partir de entonces una caída en la tensión argumental que las sucesivas inyecciones presupuestarias nunca han logrado remontar. Al contrario, la historia adelgazó a ojos vistas, proliferando los capítulos de mero relleno e involucionando los personajes camino de convertirse en caricaturas de sí mismos conforme se hacía más descarada la apuesta por un cierre espectacular que disimulara toda la insignificancia pretérita. La infeliz tendencia se agravó a raíz de la sexta temporada, casualmente —o no— en el momento en que los showrunners decidieron desviarse de la senda trazada por los libros de George R. R. Martin. Los guiones se volvieron previsibles, apenas hilvanados por una ristra de batallas multitudinarias que, encima, desafían los principios más elementales de la táctica militar. Y con un denominador común a todas ellas: Jon Nieve, posiblemente el héroe épico menos carismático jamás concebido —las escasas prestaciones interpretativas de Kit Harington tampoco ayudan—, eludiendo la tragedia por muy poco, siempre a merced de que alguien le saque las castañas del fuego.

La octava entrega no ha hecho sino confirmar, acuciándolos, aquellos males estructurales; hasta un punto tal que incluso las filas de los más acérrimos, prietas durante cerca de una década, han acabado por resquebrajarse, llegando a reacciones tan delirantes como esa petición en change.org para que la temporada se rehaga entera. Desde el tercer episodio, La larga noche (The Long Night) —que no se ve bien, pese a las voluntariosas explicaciones técnicas e invocaciones un tanto elitistas a la pantalla grande—, gazapos del grosor del vaso de Starbucks han concitado mayor interés que los sucesos de una trama que nunca ha dejado de oscilar entre lo predecible y lo gratuito. Y es que la única justificación que cabe encontrar a ciertos pasajes —el duelo entre Euron Greyjoy y Jaime Lannister, la captura de Missandei o la detención de Varys, entre otros— estriba en la urgencia por quitar de en medio a unos cuantos personajes, al modo de los estudiantes poco previsores que acumulan materia para la víspera del examen. Culmina el despropósito la súbita mutación de Daenerys Targaryen en una suerte de Adolf Hitler de trenza rubia, menos mal que el inoperante Jon Nieve decide de una vez hacer algo de provecho.

Corren rumores de spin-off, en concreto tres. Craso error, pues sólo puede conducir a la prolongación impúdica de una ya larga decadencia silenciada por el unanimismo que dictan las redes y un departamento de marketing de eficacia totalitaria. Los espectadores, especialmente quienes asistimos fascinados a las temporadas primeras, no merecemos que se nos siga dejando con mal sabor de boca. Ojala sus responsables recapaciten, si bien la experiencia sugiere que es muy poco probable: el ciego anhelo de seguir exprimiendo la gallina de los huevos de oro suele por imponerse al sentido común. Lástima.

Escrito por Carlos Ortega