La feria desmadrada en que se han convertido los premios que cada final de año se dan a las supuestas mejores películas, especialmente en Estados Unidos, tiene un efecto extraño en determinadas “aspirantes”: El Blues de Beale Street, la esperada nueva película de Barry Jenkins tras su aclamadísima Moonlight, llega con el absurdo halo de suponer una supuesta decepción, simplemente porque no ha arrasado en las nominaciones a Oscars y demás farándulas, cuando se trata de un film con excelentes críticas en su país de origen, y cuando su falta de nominaciones se deba seguramente más a que su distribuidora americana no ha invertido tanto dinero en su campaña como en otras de sus aspirantes a premios (por ejemplo, no han enviado copias físicas o digitales de la película a los votantes de la mayoría de grupos).

Aunque a priori pueda parecer lo contrario, por ser Moonlight una historia más original (aunque no escrita por Jenkins, sino que adaptaba una obra de teatro ajena, aunque muy desconocida, no estrenada comercialmente) y ser ésta, en cambio, una adaptación de uno de los autores afroamericanos más importantes, es probable que El Blues de Beale Street sea una obra más personal para su director, que escribió el guion en solitario en 2013, años antes de realzar Moonlight. Se nota, y mucho, al ver la cinta, el afecto de Jenkins por esta historia, el cuidado que ha puesto y lo mucho que significa para él. Los diálogos están cargados de significados, la estructura en flashbacks (que es bastante compleja e incluye importantes meandros y flashbacks dentro de otros flashbacks) está muy trabajada y fluye con perfecta suavidad pese a sus múltiples niveles, y música (muy hermosa), fotografía (excelente) y dirección artística (perfecta en su evocación del Bronx de los 70 sin acudir al cliché y detalle estrafalario) denotan un profundo conocimiento de y cariño por los personajes y sus situaciones.

La representación de las relaciones raciales en Estados Unidos en el cine lleva siendo un tema especialmente candente em los últimos años, y muchas veces en relación, precisamente, con todos esos premios mencionados al principio de esta crítica: desde Paseando a Miss Daisy hasta Criadas y Señoras (o antes y después, desde Adivina quién viene esta noche hasta Green Book) parecería que la industria está más dispuesta a producir y premiar historias buenrollistas de racismo contadas desde el punto de vista del blanco que se da cuenta de que el racismo es malo (y en las que por tanto el blanco es el héroe de la historia), que a producir y premiar historias de directores y guionistas negros contando su experiencia, cómo vive la comunidad Afroamericana, y cómo exactamente es ese racismo que han venido sufriendo. Jenkins aquí demuestra, sin darse importancia ni subrayarlo, lo importante que es el punto de vista. Lo que cuenta El Blues de Beale Street no va necesariamente de racismo, al menos al principio: una pareja joven muy enamorada, hace sus planes para el futuro, planes que se ven truncados cuando el hombre es acusado falsamente de haber violado a una mujer (que no es blanca, por lo que no tendría por qué suponer un caso de racismo, y además está claro que su agresor sí era negro). El problema del racismo aparece después, cuando queda en evidencia la indefensión absoluta del afroamericano ante el sistema una vez que ha entrado en la rueda de la sospecha, la prisión, los juicios y sus demoras y, en definitiva, en una rueda controlada por blancos en la que el negro es como poco sospechoso hasta que se pruebe su inocencia.

Pero Jenkins no pone el foco en eso, sino que demuestra cómo invariablemente el foco acaba yéndose a eso cuando un joven es negro y de clase obrera. El título, tanto de la novela como de la película, se refiere no a una supuesta Calle Beale del Bronx, sino a una calle de Memphis, sobre la que W.C Handy cantó que representaba la experiencia de cualquier negro en cualquier ciudad de USA. Y la película lo que quiere es retratar el Bronx de los años 70, y la familia protagonista, con especial atención al noviazgo de Tish y Fonny, jóvenes, bellos, y con la confianza en la vida que tienen los jóvenes aunque el entorno parezca empeñado en decirles que no confíen. Vemos sus trabajos, vemos a sus familias, vemos las diferencias generacionales, vemos las diferencias religiosas dentro de la comunidad, y no se nos recuerda constantemente el “somos una minoría”. Podría ser una familia de Tokyo en una película de Ozu, o una familia italiana en una de De Sica. El tema son los personajes y su vida, no el racismo, y el centro un noviazgo filmado con dulzura y enorme melancolía, con esa influencia Wong Kar Wai que ya había en Moonlight, pero aquí mucho más integrada en el relato y más personalizada por Jenkins. Solo en una escena escalofriante, cuando Fonny se reencuentra con un viejo amigo después de que éste salga de la cárcel, no queda más remedio que contemplar por un momento que, para estos jóvenes, el racismo y la injusticia acabará tarde o temprano haciendo acto de presencia. Jenkins planta la cámara en un primer plano de un impresionante Brian Tyree Henry, que suelta un monólogo sobre el miedo constante en el que se vive una vez que se ha comprobado que el joven negro siempre está a un paso de la acusación, de caer en esa rueda de la que ya no se saldrá indemne, y eso si se consigue salir. Y, a partir de ahí, la película es otra: aunque seguimos viviendo la vida, aunque seguimos confiando en que quizá Tish y Fonny salgan de ésta, ya sabemos que esa sombra siempre acechará.

La película es una lección de control del tono: sabe combinar la calidez de las escenas familiares o de barrio y la ilusión y belleza de las escenas de amor con lo sombrío de la realidad y con la seca lucidez de saber que esta canción triste de Tish y Fonny es la historia de mucha más gente, de cada Beale Street de cada ciudad estadounidense. Conmovedora, inteligente y compleja, aunque para algunos será un poco lenta en tramos, y aunque algunos excesos “arty” revelen aún la juventud de Jenkins, se trata de una obra mas redonda, profunda y madura que Moonlight, y de una de las grandes películas de EEUU de 2018.

Título original: If Beale Street Could Talk Director: Barry Jenkins Guión: Barry Jenkins  Música: Nicholas Britell Fotografía: James Laxton Reparto:  KiKi Layne, Stephan James, Diego Luna, Pedro Pascal, Teyonah Parris,Regina King, Colman Domingo, Brian Tyree Henry, Ed Skrein Distribuidora: eOne Films