Y en el tercer día del Festival de Cannes llegó el escándalo con la presentación de Okja, película de Bong John-hoo producida por Netflix que no se verá en la gran pantalla. La jornada empezó a las 8:30 con abucheos al logo de la plataforma con timidos aplausos en la proyección. Además, el Festival inició la película con el ratio de imagen equivocado. Sin embargo, esos abucheos se esfumaron después del visionado de la película, consiguiendo enamorar al gran público que se encontraba presente. Tanto que Tilda Swinton y Ted Sarandos respondieron a Pedro Almodóvar por sus comentarios del primer día: “Hay centenares de películas en Cannes que la gente no verá en salas. Y hermosas películas cuyo público las descubre en otras pantallas. Lo importante es que Netflix le ha dado la posibilidad de hacer a Bong la película que quería”.

Okja

En cuanto a lo que representa la película dentro del cine de Bong, es un poco como si el monstruo de ‘The Host’ se hubiera vuelto bueno: Okja se mueve igual, pero más que un cerdo parece un San Bernardo gigante cruzado con el bicho de ‘La historia interminable’. El coreano repite con Tilda Swinton, que tiene doble papel, y suma a Dano y a un Jake Gyllenhaal que, haciendo gala de un histrionismo que conocíamos menos en su vertiente cómica, encarna a una suerte de Paul Hogan o Steve Irwin venido a menos que se ha convertido en la falsa imagen de la siniestra compañía. Hablamos, en definitiva, de una película trepidante y conmovedora que te quita las ganas de comer salchichas.

No será el mejor Bong Jon-hoo (mi favorita sigue siendo ‘Mother’), pero te recuerda por qué el coreano está entre los grandes.

Philipp Engel, Fotogramas

Después de las tiranteces con los Weinstein por el corte final de Snowpiercer, Bong Joon-ho se ha lanzado a los brazos de Netflix para trabajar con libertad en su nuevo proyecto y el resultado no podría estar más cerca de un provechoso acuerdo creativo. Por un lado, Netflix obtiene una película familiar, eficaz, trepidante y con emoción, de mensaje ecológico explícito y llena a rebosar de personajes memorables. Mientras, Bong tiene la oportunidad de visitar un subgénero particularmente querido del cine popular coreano: los cuentos de amistad entre una niña y una gran bestia.

Para los que entendemos por qué es un elogio, tenemos en Okja una película que podría ser la E.T. de próximas generaciones; la de esos millones de niños que la verán en sus casas, no en una sala de cine.

Daniel de Partearroyo, Cinemanía

Por fortuna, el elemental gancho emocional de Okja no ha enturbiado el talento de Bong para filmar memorables escenas de acción, siempre al servicio del relato y siempre elaboradas sobre la frontera entre la sobreexposición (magistral uso del plano general) y el fuera de campo (esencial para el manejo del suspense). En este caso, el punto álgido del film es una persecución que nos lleva desde la carretera de una gran urbe coreana hasta un centro comercial subterráneo. Una persecución protagonizada por la niña, el monstruo, unos desalmados subalternos de multinacional y un hilarante grupo terrorista-pacifista

Sin embargo, pese al notable envoltorio y la consistencia ideológica del film, Okja se antoja un film menor en la flamante trayectoria de uno de los grandes autores populares de nuestro tiempo. Arrastrado por la urgencia de su mensaje animalista, ecologista y pro-vegetariano, Bong abusa de la emoción para construir esta anticlimática llamada a la toma de conciencia.

Manu Yáñez, Otros Cines

Okja es un cuento juvenil, con mensaje pro-ecológico muy en la línea de Mi vecino Totoro (1988), que tan pronto parece un cruce entre El gran gorila (1949) y ¡Liberad a Willy! (1993) -en su parte dramática- como un choque de trenes entre los Monty Python y Benny Hill -en su parte cómica.

El tono naïf de la cinta va cargado, como no podía ser de otra forma, de mala leche: el retrato de los lobbys de ‘fast-food’ como agrupaciones de imbéciles sin escrúpulos, los corrales y mataderos de animales como si fueran campos de concentración nazis, los grupos de acción para proteger a los animales están ahogados en sus propias contradicciones… y en medio de todo ello, una niña fabulosa (está genial la joven actriz Seo-Hyun Ahn)

Cine fantástico repleto de fantasía, Okja deja grandes momentos para el recuerdo: desde el increíble arranque en las montañas con el animal disfrutando en su hábitat natural, a la persecución-secuestro del animal con tráilers y activistas pacíficos (que no dejan de disculparse por su violencia), al delirio sexual del presentador de televisión al que da vida Jake Gyllenhaal cuando tortura a los animales…

Alejandro G. Calvo, Sensacine

Tras un inicio fallido, culpen del tema a las cortinas a medio subir, nos centramos en Okja y no hay nada de ella que nos parezca mal: su calculada mezcla de inocencia y madurez, de ésas que permiten un visionado infantil y adulto a un mismo tiempo, su hilarante histrionismo (soberbios los componentes de un grupo “terrorista” cuyos métodos, regulaciones, y finalidades resultan totalmente encantadoras) y, sobre todo, el poder de unas imágenes que rompen, en algún momento, la aparente simpleza en las pretensiones del film (permitan que no les contemos nada al respecto).

Martín Cuesta, VOS Revista

Presentada, de hecho, como el buque insignia de Netflix (la polémica, arriba), todo lo que antes era transgresión en la filmografía del coreano ahora se suaviza hasta alcanzar el punto blando de lo edificante, de lo ñoño. Podría haber sido una crítica al consumismo y a la brutalidad impúdica de la industria agroalimetaria y, lástima, se queda en una fábula disney muy cerca del enésimo episodio de Liberad a Willy. Eso sí, el supercerdo (sí, hay uno) protagonista, por momentos, enamora. Se diría que la necesidad de exhibir el músculo productivo de Netflix agota todo lo demás. Lo que, como decíamos, importa de verdad.

Luis Martínez, El Mundo

Jupiter’s Moon

El húngaro Kornel Mundruczo presentaba Jupitger’s moon una fábula con alma de thriller alrededor del milagro de una refugiado que, atentos, levita. El director de White god insiste así en las metáforas que dibujan pesadillas. En la anterior se trataba de una rebelión de perros contra la inhumana humanidad y ahora, de una alucinada persecución en la que lo místico se cruza con lo carnal; lo sobrenatural con la más natural de las miserias. Y así. El problema es la confusión, la incapacidad de la película en superar un punto de partida tan ocurrente como arbitrario. Todo al final queda en manos de un extraño catálogo de ocurrencias inconexas y pomposas que acaban en simple agotamiento. Lo que importa era otra cosa mucho más importante.

Luis Martínez, El Mundo

Es una película bien rodada, con transparente potencia visual, en la que las persecuciones callejeras o de coches no tienen nada que envidiar a cómo lo hace el mejor cine de Hollywood, pero eso no evita que me pierda algunas veces entre tanto laberinto místico, que no tenga nada claro lo que ha pretendido contarme el autor, incluidas varias claves o guiños que parecen afirmar que Jesucristo ha resucitado entre los menesterosos.

Carlos Boyero, El País

Lo cierto es que, contra lo apuntado anteriormente, percibimos una mirada burlona en todo lo que Mundruczó rueda, una crueldad intolerable, que llega por la vía de la frivolidad, en sus imágenes. Como si fuera la sociedad bienpensante, progresista etc. la que ha elevado a ese refugiado/tipo por los aires y su labor, la del director, fuera subrayarlo hasta la caricatura, hasta despojarle de cualquier viso de veracidad.

Pero no es sólo en lo temático donde reside el corazón deplorable de Jupiter’s Moon, también en lo formal es igualmente nefasta, gracias a la esa utilización tan artificiosa de los planos-secuencia, intentando homenajear/burlarse/ridiculizar a maestros de ese recurso como Béla Tarr o Miklos Jancsó. En fin, parece que Mundruczó tenía ganas de bromear pero pocas risas se escucharon en el pase. Justicia poética o algo así.

Martín Cuesta, VOS Revista

Metáfora de la crudeza de la Europa contemporánea -o eso pretende-, mezcla abigarradas secuencias de acción -no veas como iñarrutea Mundruczó- con diálogos vergonzantes sobre el ser y la nada, al mismo tiempo que ofrece un retrato rarísimo de los refugiados -son más terroristas que mesiánicos, por más que el padre del protagonista, ejem, sea carpintero. En fin, dos horas de sonrojo y estupor que marcan el farolillo rojo de la sección oficial (quién sabe, igual a Will Smith le gusta).

Alejandro G. Calvo, Sensacine