Segunda jornada del Festival de Cannes en el que han destacado dos películas importantes para la croixette. Wonderstruck, nueva película de Todd Haynes basada en una novela de Brian Selznick, y Loveless, del ruso Andrei Zvyagintsev que ya logró el favor de la crítica con Leviathan.

Wonderstruck

Haynes aplica su poderoso sentido estético, una primorosa ambientación y una música abusiva para contar paralelamente dos historias.

Confieso que durante los tres cuartos de hora iniciales me sentí bastante perdido. No sabía bien de qué iba la movida o si me atrapan mínimamente esos viajes infantiles que responden a un deseo de autoafirmación, refugio, conocimiento poético de la propia identidad, Posteriormente percibí la magia que pretende imprimir Haynes. Y el desenlace es bonito. Lo necesitaba para liberarme de la zozobra que me provocó el anterior niño, el que renunció definitivamente a la esperanza.

Carlos Boyero, El País

En cambio, que Todd Haynes firme una película como Wonderstruck después de una filmografía intachable hasta ahora es pura decepción. (…) No es que Haynes no lo intente. Se propone contar parte de la historia, ambientada en los años 20, en blanco y negro y sin sonidos para remitir al cine silente. Recurso jugoso que se queda en mero gimmick estético -nivel The Artist, es muy triste decir esto- cuando busca relacionar con un mecánico montaje paralelo las peripecias de una niña sordomuda en la gran ciudad de los 20 con las de un chaval que acaba de quedarse sordo en los 70. La presencia anecdótica de Julianne Moore y Michelle Williams cede todo el protagonismo a los intérpretes infantiles, confirmando que después de Carol el cineasta ha hecho su película más familiar y comercial.

Carter Burwell aporta una banda sonora embriagadora, siempre con el techo sublime en el punto de mira, que levanta la emoción de escenas poco inspiradas, apelotonadas y reiterativas. Recrear Nueva York en los años 20 y los 70, añadir una secuencia en stop-motion como guinda expositiva y jugar todas las cartas a la empatía de la platea hacia un ramillete de personajes unidimensionales no es de recibo para un cineasta como Haynes. Ni siquiera en su peor película. Cada imagen de Wonderstruck, no aspira a despertar mayor aspiración que uno de los dioramas del Museo de Historia Natural que un papel tan relevante juegan en su argumento. Lo malo es que, de ser así, aceptando estas imágenes huecas por dentro, al menos deberían ser transmisores eficaces (de una narración, una experiencia estética, un estado de ánimo o un pálpito interior) por sí mismas.

Daniel de Partearroyo, Cinemanía

Este cronista fue a ver ‘La invención de Hugo’ (Martin Scorsese, 2011), la primera adaptación de un libro de Selznick, a regañadientes, pero la encontró estupenda. La misma reticencia con ‘Wonderstruck’, que se ha revelado como una experiencia maravillosa, o casi. Hemos visto miles de películas de niños huérfanos, particularmente en todo ese cine de los 80 no apto para diabéticos que tanto gusta al resto del mundo, y cuando contemplamos la historia ambientada a finales de los 70, recreados con el habitual (y extraordinario) buen gusto de Haynes, no podemos evitar acordarnos de todas ellas. Pero el realizador americano vuelve a revelarse como un maestro a la hora de contener y administrar las emociones, al tiempo que pone todos los recursos formales en el asador para contar las dos historias. Los 70’s de Haynes están muy vivos y no pueden ser más indies y cool, y aunque el Nueva York de los 20 se ha rodado en blanco y negro imitando las formas del silente no es tan mimético como el de ‘The Artist’. Es otra cosa, así que evitemos esa comparación.

Philipp Engel, Fotogramas

Basada en la novela de “words and pictures” (palabras y dibujos) del novelista Brian Selznick, Wonderstruck se construye como una película de imágenes y música. La afirmación puede parecer una obviedad, pero no es tal si atendemos al modo en que Todd Haynes depura y condensa las dos variables esenciales de lo audiovisual.

Y es que los protagonistas de Wonderstruck son dos niños sordos que huyen de unos escenarios familiares marcados por el sentimiento de orfandad. Cuales figuras dickensianas, Rose (Millicent Simmonds) y Ben (Oakes Fegley) llegan a Nueva York, en épocas muy diferentes –1927 y 1977, respectivamente– buscando consuelo y respuestas al abandono familiar. Dos historias que, como ya ocurría en la novela de Selznick, avanzan en paralelo y en formatos visuales muy diferentes. Los años 20 se retratan en blanco y negro, y sin palabras, un reto que Haynes aborda con alegre simplicidad, jugando con las texturas monocromáticas sin caer en los aspavientos de The Artist y guiñándole el ojo al imaginario de King Vidor. Mientras que los años 70 se presentan en colores cálidos (¡incendiarios!) para los exteriores/día, y azules sombríos para los interiores/noche.

Así habla Wonderstruck, una película que, siendo menor dentro de la ilustre trayectoria de Haynes, nos ofrece una nueva prueba, humilde y emotiva, del compromiso del director de Poison con los inconformistas, con las almas perdidas, con aquellos que, como apunta la película, “deciden mirar hacia las estrellas”.

Manu Yáñez, Otros Cines

Loveless

Zvyagintsev narra afiladamente la catarsis de esos padres tan descuidados y egoístas, el consuelo y los desencuentros con la celosa mujer embarazada y el hombre rico y protector que ahora comparten su existencia con ellos. Solo he encontrado un problema en esta notable y áspera película. Son las inútiles y continuas alegorías sobre lo mal que funcionan las cosas en Rusia, las predicciones sobre el apocalipsis, la insoportable situación de los que buscan refugio, la violencia generalizada que caracteriza los nuevos tiempos, en medio de la crisis tremenda de aquellos que buscan a su desamparada criatura. También le sobra algo de metraje, aunque la fuerza expresiva de las imágenes sea evidente. Y sales revuelto del cine, que imaginas es el propósito esencial del director. Es duro lo que cuenta y su forma de hacerlo. Que alguien proteja a esos niños aterrados e insomnes ante la falta de amor de los padres que les engendraron.

Carlos Boyero, El País

Como en los anteriores trabajos de Zvyagintsev -especialmente El regreso, 2003-, no hay esperanza ni resquicios de amor paternofilial en Loveless. Tampoco sitio para sutilezas en la visión pesimista que plantea, enclaustrada dentro de una puesta en escena tan rectilínea e inamomible como las carcasas emocionales de sus personajes. Esa aproximación gélida a la experiencia humana, que tanto aplauso suele encontrar en el circuito de festivales, hace que la dimensión de thriller procedural -todo lo relacionado con la organización de la búsqueda del chaval, cada hilo que sigue la investigación- posea una elegancia visual por encima de la media, lo que lleva a cuestionar una vez más -esto no es nuevo- la motivación para emplear tan evidente cantidad de talento y medios técnicos al servicio de un sermón paternalista  y hueco.

Daniel de Partearroyo, Cinemanía

En este infierno moral, donde la policía también brilla por su brutal falta de empatía, se salva empero una asociación que se dedica de forma muy eficiente a la búsqueda de desaparecidos. Son los buenos de la película y son tantos en esta organización de voluntarios (en llamativo contraste con las limitaciones del cuerpo policial) que uno se imagina que lamentablemente les sobra trabajo. Tan política como ‘Leviatán’, ‘Loveless’ es un noir doméstico con gélidos planos para el recuerdo y secuencias interesantes que parecen salidas del imaginario de la qualité televisiva (como el operativo que se monta para buscar al niño), pero Zvyagintsev y Negin se pasan a la hora de machacar el mensaje. Son demasiado insistentes y redundantes, aunque ¿quién le va a pedir sutileza a un ruso? Bueno, es verdad que está Sokurov, el auténtico heredero de Tarkovski.

Philipp Engel, Fotogramas

El cineasta ruso construye una demoledora crítica a la activa clase media soviética, seres sin escrúpulos que se esfuerzan por alimentar la única fuente de energía que parece mantenerlos socialmente atareados: el odio. En concreto nos encontramos con Zhenya y Boris, un matrimonio en proceso de separación cuya relación y la escasa interacción comunicativa que se produce entre ambos nos impiden concebir la idea de que, en un pasado no muy lejano, pudo existir entre ambos algo parecido al amor. Sin embargo, el realizador no se centrará en la desgastada situación marital, sino en los vínculos afectivos de cada uno de los cónyuges por separado; encontrando como nexo inexcusable al hijo que tienen en común.

Una cinta que dedicará casi la mitad de su metraje a la recreación de un proceso de búsqueda absolutamente agotador y desmoralizador.

Alberto Sáez, El antepenúltimo mohicano

Si en Leviathan, el anterior film del director ruso Andrei Zvyagintsev, era el desprotegido esqueleto de una ballena varada el elemento utilizado para simbolizar el desfallecimiento moral de la nación más grande del mundo, ahora con Loveless, son las ruinas de un antiguo complejo industrial la imagen/metáfora de ese mismo naufragio ético, ése con el que nuestro hombre estigmatiza a sus compatriotas. Unas ruinas que sirven como improvisado refugio a los niños olvidados por sus padres, unos padres cuyo único afán es el crecimiento social impulsado por los nuevos valores putinianos (putinescos).

Zviagintsev es, una vez más, implacable con sus protagonistas. Sólo la infancia parece un territorio de inocencia frente a la descarnada descripción de un mundo adulto caprichoso, egoísta y violento. Es tanta la crudeza del relato que creemos que hace que éste pierda el poder figurativo y simbólico que era tan representativo de los primeros trabajos del director ruso, recordemos por ejemplo El regreso (Vozvrashcheniye, Andrei Zvyagintsev 2003) y sus ecos de odiseas homéricas. En Loveless la denuncia es con altavoz, el trazo con rotulador grueso y las metáforas todo lo obvias que se pueden imaginar.

Martín Cuesta, VOS Revista