En la profesión del periodista a menudo suele aparecer la oportunidad de escribir sobre temas que realmente te interesan, y otras en las que simplemente pones el piloto automático y tiras millas. Pero este artículo, no exagero cuando advierto justo antes de empezarlo, que es sin lugar a ninguna duda, el escrito que llevo toda mi vida esperando hacer.

Y es que hace nada más y nada menos que 20 años, tal día como hoy, se estrenaba en cines de todo el mundo la obra más célebre e importante del cine de terror del siglo (con permiso de Psicosis del maestro Hitchcock). Un inteligente y prodigioso ejercicio metacinematográfico que inmortalizó la obra del que para siempre será el padre del género, el señor Wes Craven.

Nada viene dado por sí solo, y es que él que fuese siempre renombrado como “el maestro del suspense”, decidió apostar por un total desconocido para escribir su regreso al cine de terror, un acierto con nombre y apellido: Kevin Wiliamson. Juntos formaron un tándem perfecto director+guionista “revienta taquillas” que comenzó con Scream: Vigila quién llama (1997), con la que iniciarían una saga imbatible al paso del tiempo, que instauró la moda del slasher. Una tendencia que al igual que su obra, ha sobrevivido al paso del tiempo y de todas las modas.

 

Scream no solo fue altamente rentable para sus creadores (el film costó 15 millones de dólares y recaudó más de 173 millones solo en taquilla), sino que además aportó algo fresco y prácticamente inaudito dentro del género. Y es que sus personajes, unos adolescentes alborotados y dominados por la efervescencia de las hormonas del crecimiento, encabezados por una buena chica, una hasta entonces atípica heroína, virginal y centrada, eran devastados por un macabro asesino en serie que utilizaba la frase: “¿Cúal es tu película de terror favorita?”, como excusa para jugar con sus víctimas y de paso para poner a prueba nuestro dominio de la cultura más sangrienta y sensacional de la historia del cine de terror hasta el momento.

Con esta premisa empezaba una escalofriante y sobretodo divertida película que recuperaría el encanto de las pelis de terror cutre de los ‘80 y que pondría a prueba la capacidad de supervivencia de su heroína Sidney Prescott para salir airosa de hasta 3 formidables secuelas más. Con un lenguaje paradójicamente existencial y chispeante, y un guión que entremezclaba elementos metacinematográficos, asistimos a un festival sangriento en el que hubo cabida para el terror, el entretenimiento y el amor incondicional a la industria del cine puramente americano made in Hollywood.

Sus claves del éxito,hartamente imitadas con escaso resultado en otras desquiciadas y divertidas producciones, rara vez consiguieron captar la irreverencia y frescura de una película que tenía su mejor baza en su inteligentísima capacidad de autoparodia, que usaba el despertar sexual de estos jóvenes adolescentes, como elementos de folklore tradicional para retratar el más puro y vigente terror asociado a un estilo de vida promiscuo e irresponsable. Elementos perfectamente ejecutados por un trío protagonista conocido por la televisión de aquellos días formado por: Neve Campbell, vista en la entrañable serie Cinco en Familia y diosa y dueña de todo esto, David Arquette conocido por el increíble éxito de la serie Rebeldes y aquí como el carismático agente Dewey y Courteney Cox, la inolvidable Mónica Gueller de Friends, aquí inmortalizada como la intrépida reportera sin escrúpulos Gale Weathers, autora del libro Los Asesinatos de Woosboro.

Todo esto unido a innumerables referencias a la amplia y variada obra del cineasta Wes Craven, un inmortal retrato de la cultura pop de los noventa ansiosa por adentrarse en el nuevo milenio y sus nuevos desafíos digitales y un buen puñado de agradecidos cameos hicieron de esta película una macabra obra maestra que incluso 20 años después sigue siendo absolutamente disfrutable y magistralmente única.  Pues ¿acaso alguién ha conseguido a día de hoy retratar el más primogénito y básico de los horrores del ser humano con algo tan simple como un acosador telefónico? la respuesta señores míos claramente es no, porque de no haber sido así, hoy no estaríamos conmemorado como estamos este título que desde aquí os invitamos a recuperar como estímulo cinéfilo para aquellos que como yo aman el buen cine de género y a su padre Wes Craven por encima de todas las cosas.