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Tras los ataques del once de septiembre el mundo cambió por completo. La mayor potencia del mundo fue herida en su propia corazón, el miedo se apoderó del pueblo, existía una amenaza y nadie estaba a salvo. No era la primera vez que una de las adaptaciones de Tom Clancy se aprovechaba de la situación política actual para salir a flote, pasó lo mismo con La caza del Octubre Rojo, integrada en esa situación en la que había quedado el mundo tras la caída del muro de Berlín. Pánico nuclear era la vuelta de Jack Ryan a la pantalla ocho año después del estreno de Peligro inminente. Y volvía empezando desde cero, para dar pie a una nueva saga de las aventuras del analista de la CIA que no acabó de cuajar pese a que la película volvió a tener un buen desempeño en taquilla. Contaba para ello con un nuevo Jack Ryan, Ben Affleck era el tercer actor en dar vida al personaje. Con la imagen en la cabeza de Harrison Ford como el último Jack Ryan, la elección de Affleck podía parecer extraña. Por edad se ajustaba más al personaje que Ford, estaba más cerca del Ryan de Alec Baldwin. Era ahora un joven analista de la CIA que esperaba su gran oportunidad. Y al que Affleck dio vida con solvencia, demostrando que estaba capacitado para un personaje que dejaba de ser el héroe de Ford, para volver a ser ese cerebrito algo torpe en el campo de batalla pero con ingenio más que de sobra, en la que sin duda es una de las mejores interpretaciones de su carrera.

Como decíamos Pánico nuclear, o más contundente en su título original: La suma de todos los miedos, es una película perfectamente consecuente después del 11-S. Se decidió cambiar de la trama original de la novela a los extremistas islámicos por neo-nazis. No sabemos muy bien si esto fue por intentar no dañar la sensibilidad del respetable, con la cercanía en el tiempo que había respecto al trágico incidente ocurrido en 2001. Pero la decisión es sabia con respecto al alma que presenta la película. Una bomba, que en los años setenta Estados Unidos robó y vendió a Israel es recuperada. Ésta es vendida a un grupo neo-nazi que tiene un propósito, hacerse con el control del mundo. Saben que no tienen demasiada fuerza para plantar cara a Estados Unidos y Rusia. Así que una serie de ataques a ambas naciones, hará poner en pie de guerra a ambas naciones para defenderse y atacarse entre ellas, destruyéndose mutuamente, y dando pie a que este grupo neo-nazi sea capaz de aprovechar la situación. Tan sólo un joven analista de la CIA, que conoce bastante bien al nuevo presidente ruso, será capaz de entender la situación y desenmascararla. Con el mundo alterado, se sumaban todos los miedos, y Pánico nuclear era capaz de aunar a todos los enemigos americanos a lo largo de su historia reciente, los nazis, los rusos, oriente medio y sobre todo, ellos mismos.

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Como decíamos, el Jack Ryan al que interpreta Affleck es menos heroico que el de Harrison Ford, e incluso que el de Alec Baldwin. Tan sólo una vez tendrá que saltar al campo de batalla, y será de una manera completamente torpe, ayudado por su ingenio, y acompañado de un John Clark al que da vida un Liev Schreiber que brilla bastante menos en el personaje de lo que lo hiciera Willem Dafoe. Pero existe un grave problema con el personaje de Jack Ryan en esta entrega. Quizá en su afán por mostrar a un Ryan joven, que aún no conoce demasiado el mundo en el que entra a formar parte, nos presentan a un personaje bastante tonto, que sólo madurará por las enseñanzas aportadas por su mentor, interpretado por Morgan Freeman. La evolución del personaje es evidente, y ya en la segunda parte si nos encontramos al Jack Ryan que conocíamos, pero cuesta demasiado creer que ese tipo simplón y bastante estúpido, sea a la vez un hombre con una capacidad de deducción tan brillante.

Sin embargo, hay un punto en la película, el más vibrante y el más apegado al once de septiembre (y también por ello, el más arriesgado) que la hace subir enteros. Es una escena que empieza sonando con el himno de Estados Unidos cantado por Arnold McCuller, aunque por desgracia, y aunque esté unido a la banda sonora de Jerry Goldmisth, en un trabajo superior al que hiciera James Horner en las dos anteriores entrega de la saga, éste no tiene la fuerza dramática que tenía en el himno soviético de La caza del Octubre Rojo. En esta escena, los neonazis han hecho llegar una bomba nuclear a un estadio de fútbol, haciendo creer que han sido los propios rusos. Jack Ryan trata de llegar, mientras que comunica para dar el aviso de desalojar al presidente. En una espectacular secuencia, con unos notables efectos especiales (aunque vistos doce años después, han envejecido bastante mal, como suele ocurrir con todo lo digital), un hongo se apodera de toda Baltimore dejando una desoladora zona cero a la que los equipos no se pueden ni acercar, y que a buen seguro haya dejado cientos de miles de víctimas mortales.

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Lo mejor de este punto de inflexión a mitad de la película, es que toda la cinta se reconvierte en el espíritu más cercano de las novelas de Tom Clancy. Hasta llegar a este momento nos encontrábamos con un protagonista algo difuso, y una trama que empezaba a construirse a trompicones. Pero desde esta alucinante secuencia de acción, nos encontramos un terrible pulso psicológico entre los presidentes de dos naciones que no quieren ser los primeros en atacar, en un momento hemos vuelto a la Guerra Fría. Mientras que Jack Ryan, esta vez sí, más cercano al Jack Ryan que conocemos, tiene que tratar de desenmascarar toda la verdad antes de que sea demasiado tarde. El elegido para comandar este barco es Phil Alden Robinson, que años antes había destacado con esa ñoñada que era Campo de sueños que inexplicablemente llegó a estar nominada al Oscar. Robinson demuestra ser un director inferior a sus predecesores, pero aún así manejar con solvencia el ritmo y la tensión de la película y hasta entregarnos un bello final en el que suena Nessun Dorma y que inevitablemente acerca a la película a El padrino creando una similitud entre la política y la mafia bastante turbia y arriesgada.

Pánico nuclear era un convincente reinicio de las aventuras de Jack Ryan. Una película muy consecuente del tiempo en el que se estrenó y que supo sacar partido a la situación del mundo actual. Quizá a Affleck le faltaba el carisma suficiente que si tenían Alec Baldwin y Harrison Ford, pero esto se compensaba con la presencia en la película de Morgan Freeman. Su Jack Ryan no era un héroe, ni lo pretendía, y posiblemente ni siquiera tuviera los fuertes valores patrióticos que tenía el de Ford (algo consecuente en una etapa que Estados Unidos se amaba y renegaba de sí misma a partes iguales), pero demostró la solvencia del actor para enfrentarse con un papel de un carácter más dramático a los que había interpretado hasta ese momento. Finalmente el reinicio se quedó en nada, y nos quedamos sin ver más Jack Ryan hasta que este año, por fin, se ha decidido a traerle de vuelta.