Paul Verhoeven es parte de esos directores que, sin realizar, en apariencia, grandes maniobras con el peligro de resultar vacuas o excesivas, consigue una complejidad de múltiples capas que, en ocasiones, llegan tan lejos que no son posibles de aprehender sin admitir que algo se perderá o que la categorización resultaría fútil. Showgirls, precisamente, es la película donde Verhoeven parece llevar al extremo esta filosofía sobre la ironía, la cual no se queda en un simple movimiento de satirizar o extremar una serie de elementos para evidenciar su estructura o manifestar una posición.

Al igual que ha sucedido en grandes directores en la historia, encontramos en Showgirls y, en general, en la filmografía de Verhoeven, un constante giro de negación de una tesis para volver a reformarse sin dejar pasar aquello que ya hemos visto, sentido y comprendido. No se trata, obviamente, de una película frívola sobre el mundo del espectáculo. Tampoco se trata de una sátira sobre la frivolidad de este mundo, como si Verhoeven denunciase este hecho y resaltase una parte “oculta” del mundo en el que nos movemos. Tampoco podríamos decir, igualmente, que Verhoeven olvida la frivolidad de ese mundo y la posible sátira a la que puede dar lugar su representación en el filme. Aún así, decide no detenerse aquí, por lo que podríamos ver a Showgirls como una sátira de los propios mecanismos del cine para ilustrar este tipo de mundos, este tipo de experiencias. ¿Pero no sería extraño que Verhoeven mostrase un movimiento meta-cinematográfico, los cuales generalmente resultan muy potentes o, al menos, notorios, poco sutiles, de una manera tan oculta? Verhoeven no olvida cómo impregnar la curiosa sensación de que la película va de algo más de lo que en apariencia trata, por lo que tampoco olvida que esto dará (¿Quizá de forma frívola también, como el propio mundo de la película?) a una sobre-lectura exagerada de sus atributos. En definitiva, Verhoeven, no sin humor, nos sume en su particular broma, donde las lineas de la seriedad, la ironía, el exceso, lo pretencioso, la sutilidad, la simpleza y la complejidad se disipan.

Es aquí donde la película se extiende al infinito de las vueltas narrativas, técnicas y expresivas del cine, al mismo tiempo que se enseña absolutamente autoconsciente de su condición. La escena aquí mostrada viene a exponer los mecanismos estéticos y técnicos que Verhoeven dispone para transmitir esta extensión del propio material fílmico. Sin embargo, es necesario (y recomendado) verla en su totalidad y no negarle sus atributos para acabar de disfrutar de esta particular, compleja e interesante película.