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A estas alturas se ha hablado tanto de La La Land, aquí vulgarmente renombrada como La ciudad de las estrellas (título que me niego a nombrar ya que ha robado la dulce sonoridad del título original), que pese al entusiasmo que me provocó el nuevo trabajo de Damien Chazelle, me resulta ligeramente redundante y tedioso hablar de ella. Por eso, más allá de algún punto de visto formal de la película que citaré más adelante, ya que me es imposible obviar por el entusiasmo que me produjo durante su visionado, centraré este texto en la maravillosa unión que se establece entre su anterior trabajo: Whiplash, una de las mejores obras norteamericanas de los últimos años y su nueva película: La La Land.

En Whiplash, la obsesión de Andrew (Miles Teller) por el éxito le llevaba a ir poco a poco perdiendo todo lo que fue su vida anterior. La película estaba narrada con la velocidad explosiva de piezas de jazz como la Whiplash que le daba nombre o Caravan, temas que sonaban durante todo su metraje estableciendo una línea de ritmo entre la imagen y el sonido. Los Sebastián y Mía de La La Land, buscan exactamente lo mismo que el Andrew de Whiplash. Mismos personajes con un telón de fondo distinto. Si el olor a sótano que aparecía siempre en Whiplash invitaba a que el personaje fuera poco a poco alejando de su vida todo lo que tenía alrededor, en La La Land Chazelle permite que sus personajes vivan en los anhelos de esa magia en la que parece vivir sumergido el cine musical.

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Es quizá que por eso el golpe final de La La Land acaba siendo incluso más fuerte que el de Whiplash, porque si Whiplash te golpeaba durante todo su metraje como si de una relación tortuosa se tratase. La La Land te machaca en su epílogo, en el que Chazelle juega a un macabro “what if…” después de sumergir al espectador en un adorable mundo de magia, música y color desde su comienzo, con un espectacular número musical que recuerda a West Side Story y que está rodado en plano secuencia (que no por estar ligeramente trucado deja de ser increíble) y con un viaje a través de la nostalgia con bailes que recuerdan a los de Fred Astaire y Ginger Rogers, un Ryan Gosling que parece un moderno Gene Kelly, y canciones y decorados que recuerdan a los de la Nouvelle Vague y Las señoritas de Rochefort de Demy como presencia más obvia.

Pero donde La La Land acaba poniendo su punto de brillantez a la hora de traer de vuelta el musical clásico de Hollywood es en su propia conciencia de necesidad de renovar el lenguaje para llegar al público actual. En un momento el personaje de John Legend se dirige a Sebastián (Ryan Gosling) y le explica la necesidad de introducir pequeños avances que suenen cercanos a la gente mientras se respeta la fórmula clásica. Esto es básicamente lo que ha hecho Chazelle con su película y ha conseguido que La La Land parezca un musical clásico bajo el lenguaje del cine moderno.

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Pero Chazelle tiene también mucho que agradecer a sus actores. El director comentaba en alguna entrevista que los primeros elegidos para el papel fueron Miles Teller y Emma Watson, y aunque ambos me parecen estupendos actores, el resultado habría sido muy distinto. Me cuesta llegar a ver la química entre Teller y Watson, pero, aunque llegasen a encontrarla, jamás hubieran llegado al punto de compenetración en el que parecen encontrarse sumergidos Stone y Gosling. En su tercera colaboración juntos, la pareja parece entenderse como si llevase toda la vida trabajando juntos. El estupendo trabajo de Ryan Gosling que aprendió a bailar y a tocar el piano para esta película (ya cantaba en su grupo de rock) se ve perfectamente acompañado por la dulce actuación de Emma Stone. Ambos funcionan tan bien en pantalla cuando están juntos que es inevitable no desear que rueden muchas más películas juntos.

La La Land es una obra fabulosa. Si es o no la mejor película del año es lo de menos, pero será uno de los grandes clásicos de Hollywood de esta década. Pero si algo rasco yo por encima de todo en una película tan mágica como ésta, es la continuidad de esa desoladora radiografía social que Chazelle ya hacía en Whiplash, y que muestra a una sociedad obsesionada hasta tal punto con el éxito, que es capaz de dejar todo lo que le importa detrás con el fin de conseguirlo. El golpe final era necesario. Un Hollywood que permite una obra con un final tan amargo como el de La La Land es el principio del fin de los soñadores. ¿Qué quedará cuando ya no quedé lugar para que los locos vayan a soñar?

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Título original: La La Land Director: Damien Chazelle Guión: Damien Chazelle Música: Justin Hurwitz Fotografía: Linus Sandgren Reparto:    Ryan Gosling, Emma Stone, John Legend, Rosemarie De Witt, J.K. Simmons, Finn Wittrock, Sonoya Mizuno, Jessica Rothe, Jason Fuchs Distribuidora: Universal Pictures Fecha de estreno:  13/01/2017