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El 21 de diciembre de 1970, Elvis Presley ‘The King’ aterrizaba en Washington DC con el objetivo de entrevistarse con el para aquel entonces presidente de los estados Unidos, Richard Nixon. Su pretexto, escrito de manera infantil en una carta de American Airlines, era el de conseguir una placa que le acreditase como agente federal para corregir la corrupción, la violencia y el problema de drogas que imperaba en el país. Es curioso que luego fueran estas últimas las que acabaran con su vida en 1977. Ante tal pretexto y poniendo de manifiesto lo absurdo de intentar asumir las funciones de un cargo que de per se no existe, los encargados de seguridad de la Casa Blanca impidieron la entrada del cantante y su amigo Jerry, carta en mano, al despacho oval aunque si se comprometieron en hacer llegar sus deseos (o al menos, intentarlo) a la consejería presidencial. De lo que finalmente pasó en dicha reunión poco se sabe. A nivel oficial, solo nos queda una famosa imagen pose entre Richard Nixon y Elvis, delante de cuatro grandes banderas nacionales. No obstante, Liza Johnson se aventura a elucubrar en Elvis & Nixon de qué hablaron en el despacho oval dos de los hombres más influyentes del momento.

En muchas ocasiones se ha hablado de las excentricidades de los famosos y aunque algunas parecen sacadas de un relato de leyendas urbanas (Sandra Bullock utiliza crema de hemorroides para preservar su juventud facil, Cameron Díaz no abre las puertas con las manos por motivos higiénicos y Teri Hatcher no solo se bebe el vino tinto sino que también se baña en él), lo cierto es que en esta cinta, dirigida en clave satírica, se convierten en el vehículo principal para empujar una historia que se desarrolla en lo que dura un simple día en la Casa Blanca. Elvis y Nixon, Nixon y Elvis, un mano a mano fallido con un pretexto glorioso que se queda en pañales ante un guión poco práctico y carente de juicio que termina por ahogar la (posible) actuación estelar de dos grandísimos actores como son Michael Shannon y Kevin Spacey, plenamente conscientes de lo ridículo de la empresa y de sus inherentes lagunas.

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El inicio de Elvis & Nixon apunta alto. La voz de Kevin Spacey, que parece interpretar de manera fastuosa a Frank Underwood una y otra vez, nos sitúa en un decorado de lujo: el despacho oval de la Casa Blanca en plenos años 70. Allí, el hombre más importante del mundo (la cinta es un duelo de egos colosal), el presidente Nixon repasa su agenda. Se percibe como un buen hombre, huraño, de altos hombros y mirada penetrante, esclavizado por un sillón que le viene grande pero pone de manifiesto su preocupación por lo que puedan pensar los demás, en especial su familia. En frente, los secretarios interpretados por Colin Hanks y Even Peters se ocupan de que todo vaya según el guión. Una comitiva que media entre el presidente y la vida real. Todo queda estereotipado y bien ridiculizado para que el espectador sea plenamente consciente de que nada de lo que estamos viendo va en serio. Ni el protocolo que debe seguir Elvis ante Nixon, ni el meet up destrangis entre Hanks y Peters con los amigos del cantante para intentar mediar la entrevista con el presidente, ni tampoco la posterior (y ansiada) reunión para conseguir la placa de agente federal. En la cinta de Johnson queda bien reflejado todos los clichés que rodean, sobre todo, a la figura de Elvis: paranoico, amante de las armas y con auténtica pasión por el kárate, se presenta en la Casa Blanca como un portero de un after, engalanado con sus mejores joyas y con un arma conmemorativa de la Segunda Guerra Mundial como regalo para el presidente. La situación es ridícula, pero en algunos instantes despunta madurez. Al fin y al cabo, tanto Elvis como Nixon necesitan algo de esa reunión, elemento central de la cinta, y que luego termina por convertirse en un flop mal intencionado.

Pese a que Elvis & Nixon ha sido descrita como una docu-comedia, hay pocos espacios para su disfrute. La madurez con la que se abordan algunos aspectos de la cinta como son la soledad de Elvis o los problemas de la sociedad del momento, contrastan con el poco tacto y la grosería que caracteriza a ambos personajes. Shannon no posee ni la voz, ni la planta, ni tampoco el tipo de Elvis y Spacey se mete tanto en el papel que a veces no logramos discernir si realmente existe un arco de transformación en su personaje o simplemente ha sido contratado por su facilidad por dar vida a presidentes norteamericanos. Sea como fuere, lo cierto es que la cinta aprovecha bien poco los elementos de crítica social y de contexto, para perderse en el puro slapstick de una tv movie. Las conversaciones entre ambos, lejos de abogar por un discurso trascendental, son una evidencia de las taras del guión, a veces naíf a veces terriblemente aburrido, que lacra el ritmo y la agilidad del montaje.

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De la cinta pues, nos queda extraer su componente de intento de ridiculización del star system americano, que encumbraba a las figuras del entretenimiento como actores y cantantes y las convertía en auténticos dioses. “Me he convertido en una cosa, en un objeto nada diferente de una botella de Coca Cola” afirma Shannon mientras se echa laca en el pelo y se mira frente al espejo, algo desorientado. La vida de El Rey es dura, inútil y vacía, tanto que para darle sentido necesita colgarse una placa de agente federal e “infiltrarse de manera encubierta” como afirma Elvis, en los núcleos más conflictivos y violentos. Elvis & Nixon es eso y nada más. Un chistecillo, un cuentecito que leerle a los niños antes de irse a dormir, que pasa sin pena ni gloria ante los ojos de un espectador ávido de ir más allá, al fin y al cabo, ¿a quién no le gustaría saber de qué diablos hablaron en el despacho oval Elvis Presley y Richard Nixon?

2.5_estrellas

Ficha técnica:

Título original: Elvis & Nixon Director: Liza Johnson Guión: Joey Sagal, Hanala Sagal, Cary Elwes Música: Ed Shearmur Fotografía: Terry Stacey Reparto: Michael Shannon, Kevin Spacey, Evan Peters, Ashley Benson, Alex Pettyfer, Colin Hanks, Johnny Knoxville Distribuidora: Sony Pictures Fecha de estreno:  26/08/2016