Quedarme con tan sólo una escena de A dos metros bajo tierra (Six feet under) es algo prácticamente imposible, es la serie que más me ha aportado, sobre todo, a nivel personal. Y todos aquellos que la hemos visto coincidimos en que es una serie con un estilo característico y eso la hace incomparable, sólo ella trata los temas que trata de la manera que lo hace. Otra de las grandes virtudes de A dos metros bajo tierra es la maravillosa construcción de unos personajes tan complejos  y a la vez tan humanos, tanto los puedes odiar como amar. No existen los “malos” ni los “buenos” y la percepción cambia en cada temporada; el personaje evoluciona y siempre se mantiene fiel a su carácter y a su manera de actuar.

A dos metros bajo tierra es una serie que nunca muere y nunca se agota, y eso se demuestra en cada visionado. Cada vez que vuelves a ella encuentras detalles que quizás te habías perdido, o tal vez en el momento en el que la viste no significaban tanto para ti como lo hacen en ese instante. Te identificas con cosas distintas e incluso cambias de punto de vista y apoyas a un personaje que en el primer visionado ni entendías. Pero es así como se presenta una serie que habla del debate constante entre vida y muerte, a través de situaciones totalmente terrenales. No es casualidad, por supuesto, el lugar en el que se sitúa la acción; una funeraria familiar.

Concretamente me quedo, bueno no es que me “quede” sino que elijo una escena de la segunda temporada. No por nada en especial, sólo para ilustrar que la grandeza de la serie no sólo se encuentra en esos últimos 10 minutos finales (que sí obviamente son una maravilla audiovisual y seguramente el mejor cierre televisivo), pero la serie es mucho más que un final. Porque lamentablemente, algunas veces; al hablar de la serie, se reduce todo a ese gran final. Por eso la escena me sirve para reivindicar que A dos metros bajo tierra es grande – y con mayúsculas- desde un primer momento. Y que este valor inconmensurable también se encuentra en los pequeños detalles que guarda la serie.

En esta escena el personaje de Nate se sumerge en un sueño en el que la vida, la muerte y su padre están jugando una partida de damas chinas. Su padre le recibe diciéndole “Vamos, te he guardado un sitio”, invitándole con total naturalidad a que participe en la partida que ya está iniciada. En particular a mí me fascina esa faceta de la serie de introducirte en los sueños del personaje y, a veces, en la propia imaginación. Creando escenas que a su vez que humanizaban más al personaje en cuestión, te hacían reír o ser más consciente de los miedos de cada personaje; siempre acercándote más y más a la personalidad de cada uno. La escena está rodada casi como una escena de cine negro que nos transporta a un universo en el que nos sentimos totalmente desubicados, Nate; en su sueño, es el personaje a “corromper” y su padre, con la ayuda de Muerte y Vida, el responsable de atraerle a esa partida que es inevitable. Es a partir de aquí que se muestra la obsesión de Nate por la muerte y el pánico que le produce pensar en ella.

De manera muy sutil el sueño de Nate profundiza en el constante contacto entre la vida y la muerte actuando como correlativos necesarios que nunca se separan. En la escena hablan de un juego que ya está empezado y no va a terminar nunca. Es imposible pensar la vida sin la muerte, y pensar la muerte sin la vida. En la escena la muerte reta a la vida, así como la vida intenta evitar la muerte; siempre con un tono muy irónico característico del humor de la serie y, en concreto, de las escenas en las que aparece el padre. El padre siempre sirve como la reflexión familiar más cercana, como confrontación de todos los miedos a los que se someten todos los Fisher. Los personajes Vida y Muerte se presentan en la escena como despreocupados y ríen a carcajadas, casi burlándose de la situación de las personas; siempre jugándoselo todo en una partida (como dicen en la escena, en esta partida es necesario jugárselo todo). No es casualidad que la serie, en cada capítulo, se inicie con una muerte, a veces, natural; y otras totalmente inesperada, mostrando la fragilidad del ser humano y mostrando que se puede perder la partida en cualquier momento, tal y como muestra la escena.

Finalmente, en la escena, la Vida se lanza a Muerte y hacen el amor, llevando ella el control y demostrando e ironizando, otra vez, sobre la proximidad que existe entre ambas. Nate contempla la escena perplejo y luego el plano se centra en él y en su padre. Entonces el padre dice, intentando consolar a Nate: “Todo lo que vive, vive para siempre. Sólo la cáscara, lo que perece, muere. El espíritu no tiene fin. Es eterno. Inmortal”. Esta misma frase resuena en Nate, y más tarde es Brenda quien le desvela que sólo es algo que leyó en su casa y ha permanecido en su subconsciente, siendo la causa principal de la creación de ese sueño. Esta escena, sin duda, es muy representativa de la esencia de la serie y la dualidad con la que trabaja. A parte de esta, son innumerables las escenas que se me ocurren para reflejar la dimensión de la serie y que también merecería la pena prestarles algo más de atención para rendirles homenaje. Y eso, no deja de demostrar que A dos metros bajo tierra es eterna y para mí, esencial.