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A la hora de entrar en una película, de interesarme por lo que me quiere contar e involucrarme emocionalmente con ella, he acabado descubriendo que no hay nada más importante que el tono a través del cual fluye el film y la atmósfera que lo envuelve, de lo cual deriva la vital importancia de esa conjunción formada por lo que se cuenta y el cómo se cuenta. En este sentido, David Lynch representa uno de los paradigmas del séptimo arte, por su extraordinaria habilidad para construir y desentrañar ese extraño, singular e inquietante universo en el que suelen desenvolverse sus personajes; un universo que tiende a prescindir de las reglas dictadas por la razón, la lógica y, porque no decirlo, el cine.

Tras haber visto todo el cine de Lynch, encuentro en Mulholland Drive su obra más redonda, suponiendo ésta su narración más fascinante a todos los niveles y, a su vez, la más gratificante. En ella, Lynch hace de algo tan sencillo como un violento desencuentro amoroso todo un estudio onírico y atravesado sobre el sueño de Hollywood, por un lado; y sobre el sueño de ese idílico romance subyacente, por otro.

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De la misma forma en que Diane sueña lo que querría vivir, Lynch da al espectador lo que quiere ver (al menos durante los dos primeros actos), a través de uno de los ejercicios de manipulación narrativa más estimulantes y coherentes que he visto nunca en el cine. Todo comienza con un sospechoso plano subjetivo de alguien despertando de una inquietante pesadilla (esos tipos bailando), que en seguida vuelve a cerrar los ojos; acto seguido comienza la historia de esa aspirante a actriz recién llegada a Hollywood, llena de esperanza y optimismo que pronto conocerá a Rita, una atractiva chica que parece haber perdido la memoria tras un misterioso accidente. Tras esto, Lynch desarrolla a ambos personajes en una apasionante intriga a través de una historia tan emocionante y modélica que roza pretendidamente lo “meta-narrativo” –me encanta ese momento en el que Rita mira el poster de Gilda para decidir su nombre-, derivando finalmente en la catarsis que tiene lugar en ese sombrío teatro llamado Silencio, en el cual Diane se ve forzada a aceptar la realidad: todo ha sido una ilusión, y es hora de despertar. Quiero detenerme en esta secuencia en particular para comentar el auténtico pavor (por llamarlo de alguna forma) que la misma evoca en mí cada vez que la veo, y que me cala hasta los huesos; una indescriptible mezcla de esas emociones primitivas e irracionales que protagonizan aquellos sueños que se encuentran a un palmo de distancia de la pesadilla (algo que de forma muy similar me ocurrió en su día viendo Twin Peaks).

Mulholland Drive es una de esas películas que hay que ver prestando mucha atención, tras la cual es especialmente recomendable un segundo visionado ya que, a pesar de seguir una fingida narración lineal, la misma se mueve entre dos universos aparentemente inconexos pero que al final, si hemos visto y comprendido todo lo que muestra, consigue erigirse ante nuestros ojos como un fascinante y resuelto puzle, que adquiere pleno significado a raíz del subconsciente del personaje de Diane. En primer lugar, y relacionado con lo anterior, Lynch pasa de exponer el mensaje del film a través de un relato explícito y lógico para hacerlo directamente a través de una descripción basada principalmente en alegorías y simbolismos, la cual queda camuflada bajo sus dos primeros actos que, tras llevar ilusoriamente de la mano al espectador durante casi dos horas, lo suelta en un tercer acto absolutamente desolador que nada tiene que ver –aparentemente- con lo visto hasta ese momento.

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Más allá de las posibles lecturas que puedan extraerse tras su visionado, en Mulholland Drive coexisten indudablemente dos películas: Una de ellas se extiende durante sus dos primeras horas de metraje, mientras que la otra no hace acto de presencia hasta los últimos veinticinco minutos. Y una cosa está clara, una es diametralmente opuesta a la otra. Mientras que en la primera observamos cómo evoluciona esa ideal fantasía protagonizada por los alter ego de Diane y Camilla (Betty y Rita), en la segunda los personajes –protagonistas y secundarios- se desdoblan, asumiendo roles totalmente distintos. Por cierto, extraordinaria Naomi Watts, que demuestra su versátil talento interpretándolo todo del blanco al negro, dejando algunos primeros planos sencillamente inolvidables.

Pasando a hablar en plata: Si vemos Mulholland Drive desde una óptica exclusivamente racional, la primera conclusión a la que llegamos es aquella en virtud de la cual se nos han contado dos versiones de una misma historia; o quizás una sola versión con una brutal e improbable elipsis. Sin embargo, esta óptica se me antoja demasiado vaga, no puede ser tan sencillo. Por ello prefiero mirar desde otra perspectiva, o mejor dicho, desde la perspectiva que requiere el cine de Lynch. Nada ocurre porque sí y todo, absolutamente todo, tiene una explicación, incluso si ésta tiene que salir de nuestra interpretación. Yo –y esto ya es a nivel de lectura personal- prefiero quedarme con que realmente no existen tres actos dramáticos propiamente dichos, ya que ese supuesto tercer acto parte de una situación y unos personajes que no son tales. Dicho de otro modo: El último tramo del film recupera la narración en unos términos totalmente distintos –a pesar de aparentar lo contrario-, mediante un in media res en el transcurso de un tercer acto, sí, pero de una historia que no conocemos; De hecho, tal y como yo lo veo, lo que conocemos hasta ese punto no es más que un sueño, aquel que tiene Diane tras contratar al sicario; un sueño cuyas evidencias se pueden encontrar en multitud de detalles, como ese ser horrible que habita tras el callejón (representando el miedo), la caja azul de la cual salen sus tíos (en forma de conciencia) cuya llave es misteriosamente entregada una vez finalizado el encargo, o ese mismo sicario al que todo le sale mal, como deseo subconsciente de que, en última instancia, Camilla logre sobrevivir. Por otro lado, y más allá de la sugerente iconografía que inunda el soñado desengaño de Diane, podemos observar y apreciar que durante esa fantasía todo le sale a pedir de boca: Ese Deus ex machina inicial a modo de accidente en la carretera que da nombre a la película, y que desencadena el que ella y Camilla se vuelvan a conocer en circunstancias idílicas, las cuales se extienden a otros aspectos como la desafortunada vida personal del director del que esta última está enamorada (en la realidad), o el hecho de que Camilla, en la película que iba a protagonizar, sea inmediata e intransigentemente reemplazada por otra actriz –genial el momento “this is the girl”-.

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Definitivamente, creo que Mulholland Drive supone una de las propuestas narrativas más fascinantes e hipnóticas que he visto nunca, consiguiendo despertar en ella una atmósfera tan poderosa que sobrecoge. Recuerdo que hace un tiempo, mientras veía Twin Peaks, llegué a la siguiente conclusión sobre el cine de Lynch: “Es como un estado de ánimo filmado que se mueve constantemente a través de extrañas sutilezas; como un enigmático y perturbador estadio emocional bailando lentamente entre el sueño y la vigilia”. Y después de haber revisado su penúltimo largometraje –hasta la fecha- , no puedo hacer otra cosa que subrayar tal conclusión y preguntarme cómo puede producirse una ilusión así.