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Tras varios meses alejado de los focos, Alan Rickman realiza su particular rentrée para presentarnos A little Chaos, su opera prima como director y un auténtico ejercicio de imperfecta precisión sobre una mujer emprendedora atrapada en la corte de Luis XIV. El guión lo firma el tridente compuesto por Jeremy Brock, Alison Deegan y el propio Rickman, una pieza que bascula sobre varios aspectos de la psique humana en un territorio áspero y hostil hacia la figura, no sólo de la mujer, sino del genio denostado en sí. Algo que se repite a lo largo de la historia de la humanidad; Galileo, Da Vinci, Darwin… son muchos los nombres que engordan una lista de talentos que fueron cuestionados y dilapidados sin tregua en su época. Una constante lucha a la que se somete también Sabine de Barra (Kate Winslet), una joven arquitecta que acude a palacio con la intención de construir un jardín con una estructura hasta la fecha nunca vista. Para llevar a cabo su proyecto, deberá luchar contra vientos y mareas, no sólo contra una corte snob y predispuesta a boicotearla sino también con sus problemas del pasado todavía no resueltos.

Mi adoración hacia Alan Rickman es eterna. Su personalidad, particular y fascinante a partes iguales, es una bocanada de aire fresco a los pulmones de una industria que busca con los brazos abiertos figuras que se escapen de los cánones que ahora rigen el papel couché. Algo que, sinceramente, se agradece. Rickman ha dado vida a personajes inolvidables (Severus Snape, el coronel Brandon, Mesmer…), pero también dispone de una faceta teatral y literaria que despunta en muchas ocasiones a sus cada vez más escasos papeles en la gran pantalla. Hace cuatro años le vimos volver a subirse a un teatro en Broadway para intervenir en Seminar, obra por la que recibió varias nominaciones a mejor actor, y ahora parece mostrarse más selectivo con los papeles que escoge. La edad no perdona. Quizá por ello le pareció estimulante sentarse a dirigir una obra bella y simple sobre el amor de una mujer por su trabajo, su familia y sus principios. Kate Winslet, con la que ya había trabajado en Sentido y Sensibilidad, es la escogida para retratar a una mujer francesa del siglo XVIII que llega a una corte elitista cuyo único leitmotiv es el chismorreo. Un caldo de cultivo ideal para que Winslet encuentre la horma de su zapato en el insulto André Le Notre (Matthias Schoenaerts), un arquitecto bastante hastiado de la vida y que descubre el talento oculto de De Barra. Entre ellos se fragua (rápidamente) una previsible y naíf historia de amor que rara vez produce una vaga satisfacción en el público. ¿Error de principiantes, tal vez? Lo cierto es que Rickman sabe medir perfectamente los tiempos para crear una atmósfera elocuente y eficaz, sobre todo al inicio de la cinta, en la que abre el primer acto con una pomposa puesta en escena en la que presenta a Luis XIV como el rey pedante y fastuoso que era. Una de sus frases más conocidas L’État, cest mi (El estado soy yo), resume perfectamente la esencia de un personaje al que Rickman convierte en inaccesible pero que al final se abre lo suficiente (sobre todo con De Barra) para que podamos ver su corazoncito real.

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Lejos de todo lo mencionado A little Chaos es, y aunque me duela en el alma decirlo, una película mediocre. Pese a contar con una premisa, a primera vista, potente, el guión que el mismo Rickman se encarga de firmar, desemboca en un afluente de corrientes dispersas y descontroladas. No se respetan los tiempos para cada trama, no hay química entre los actores (salvo la natural que ya siempre ha existido entre Rickman y Winslet), en ocasiones la producción se abarata para que nos de la sensación de que estamos ante una TV movie y los diálogos rozan el absurdo, como el intercambio de subtexto entre Rickman y Winslet acerca del nivel de frescura de una rosa. Unos bandazos que podrían ser salvables si no fuera por esa inquietante secuencia final, digna del mismísimo Tim Burton en Alicia en el país de las Maravillas, en la que todos se suman en un quijotesco baile en medio del nuevo jardín. Ridículo. De nada sirve que todos nos comprometamos con Alan a ayudar a sacar la cinta adelante; es imposible. Ni siquiera la figura de Winslet, mal dirigida y terriblemente histriónica, sirve. Tampoco su pasado, metido en la trama con calzador y con el único pretexto de hacer respirar la trama cuando Rickman se embarulla con ella, es lo suficientemente interesante como para que nos lo creamos. El único que aporta un cierto aire de frescura es Stanley Tucci y su performance de un duque homosexual que mantiene relaciones encubiertas con su lacayo.

A little Chaos es lo que podríamos definir como un coitus interruptus. Todos los elementos están ahí, bajo las manos de Rickman para que él opere su magia, pero el inglés no acierta con la posición, el ritmo o la fuerza. Y es una verdadera lástima teniendo en cuenta el despliegue de medios, que ya quisieran la mayoría de directores noveles que filman su primera obra, con el que cuenta y los bonitos escenarios en los que los personajes se desenvuelven, con las entrañas de Versalles como principal telón de fondo. La cinta de Rickman, por la que bien seguro no creo que recuerden, se vuelve un árido al jardín de unas delicias que se nos antojan amargas, pero que todavía conservan ese punto de imaginario tan característico del actor. Las elecciones de estilo, fotografía y arte son la mejor baza que tiene el inglés para seguir probando suerte en el duro campo de la dirección de cine.